Libros de Economía y Empresa - Fundación Caja Duero

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I.   DEBATES

1.
Sobre la crisis económica

I. En busca de un nuevo paradigma financiero

Guillermo de la Dehesa

Foto: de La crisis económica

Conozco a George Soros desde 1989, en su faceta de filántropo a través de su fundación Open Society (llamada así en homenaje a su profesor Karl Popper), que considero que es muy importante, generosa y atrevida. En dicho año me pidió que formase parte de un grupo de economistas internacionales que, juntamente con otros locales de cada país, preparásemos un programa económico para el nuevo gobierno democrático que saliese elegido de las primeras elecciones libres en Hungría, su patria, y acto seguido, en Polonia. Posteriormente, intentamos hacer algo parecido, sin éxito, en Rusia. Fue una experiencia muy interesante y creo que resultó eficaz.

Libro: El nuevo paradigma de los mercados financieros

Soros es uno de esos raros financieros que, en lugar de pasar por una escuela de negocios, han estudiado filosofía y economía antes de dedicarse a los mercados financieros. Este libro que comento es uno de los nueve libros que ha escrito sobre aspectos diferenciados del mundo financiero y económico, y no será el último, ya que es muy prolífico. Aquí, intenta reivindicar sus ideas filosóficas, y especialmente la de la “reflexividad”, para explicar esta nueva crisis financiera, la primera del siglo XXI y la más grave desde la Gran Depresión.

Lo primero que hay que resaltar es que su formación económica y sus ideas filosóficas y económicas sobre los mercados financieros le han servido para acertar muy a menudo en sus apuestas inversoras desde que creó y gestionó, junto con Stan Druckenmiller, uno de los primeros y mayores hedge funds que se crearon en la década de los noventa, el Soros Quantum Fund, lo que le ha permitido hacer una gran fortuna. Por ejemplo, en 2007, su fondo consiguió un retorno del 32% y en 2008 sólo perdió un 7% y eso que, desde el año 2000, ya no hace apuestas arriesgadas sino que, como él dice, “ahora más que un hedge fund agresivo es un ‘fondo de beneficencia’, que sólo intenta preservar su capital”.

Estos impresionantes resultados son muy poco usuales entre expertos financieros, y menos aún entre economistas. Pero no sólo ha acertado en sus apuestas financieras, sino también en las políticas. Por un lado, se enfrentó abiertamente al presidente Bush, con todas sus arriesgadas consecuencias y, al mismo tiempo, apostó desde el principio por Obama, al que ayudó y financió tanto en su campaña para ser senador como para más tarde ser Presidente, cuando Hilary Clinton era la candidata más obvia.

En esta primera idea sobre cómo su bagaje intelectual le ha ayudado a tomar decisiones financieras acertadas, sólo existe una duda, que él mismo no esconde en el libro cuando reconoce, citando a su hijo Robert, que éste más bien piensa que su padre es una persona con una enorme intuición emocional y temperamental para tomar decisiones, a menudo acertadas, en momentos de incertidumbre que luego trata de racionalizar, intelectualmente, para demostrar que responden a un análisis profundo de la situación y a una estrategia predeterminada.

Según su hijo Robert, cuando a su padre empezaba a dolerle la espalda, ya que sufría espasmos repentinos mirando la evolución de los mercados financieros, era cuando cambiaba su posición en el mercado, y a menudo con acierto, para luego, intentar racionalizar, con el soporte de sus ideas y teorías, su intuitiva acción emocional. Soros padre ha llegado a reconocer públicamente que es una persona muy emocional, que es tan voluble como el mismo mercado y que básicamente es un maníaco depresivo que sufre de males psicosomáticos, como sus espasmos de espalda, que son lo que le ayudan a hacer apuestas financieras exitosas.

Su teoría principal, en la que lleva trabajando muchos años, a través de varios libros publicados y que aquí desarrolla con ejemplos concretos, es la de la “reflexividad”. Ésta la define como una interacción de ida y vuelta entre lo que piensan los agentes en el mercado y lo que ocurre realmente en éste. Los agentes económicos y financieros no basan sus decisiones en la situación actual a la que se enfrentan, sino en su percepción o interpretación de dicha situación. Sus decisiones hacen que la situación cambie y estos cambios hacen que su percepción sobre ella cambie, de nuevo.

Rechaza la idea de la competencia perfecta y del conocimiento perfecto. Los participantes en el mercado de acciones, por ejemplo, donde se compran y venden acciones en anticipación de sus precios futuros, que a su vez dependen de las expectativas de los inversores. Luego no pueden basar sus decisiones exclusivamente en su conocimiento, ya que lo hacen basándose en sus expectativas, que no son conocimiento. Para ello, tienen que introducir un elemento de juicio o de sesgo en sus decisiones con lo que los resultados tienden a divergir de las expectativas, lo que influye en sus precios y, a su vez, en los fundamentos que esos precios supuestamente reflejan.

Cada participante tiene una función dual. Por un lado, los participantes intentan entender la situación, lo que llama función cognitiva. Por otro, intentan cambiarla, lo que llama función manipulativa. Ambas funciones actúan en direcciones opuestas y, bajo ciertas circunstancias, interfieren una con la otra, con lo que los mercados nunca alcanzan el equilibrio postulado por la teoría económica.

Foto: George C. Soros

Su teoría es una reivindicación de la necesidad de estar modificando frecuente o permanentemente nuestros propios supuestos e interpretaciones sobre las situaciones con las que nos enfrentamos, y de tratar de percibir y explotar los momentos de mayor incertidumbre o de grandes cambios que es cuando las percepciones de lo que ocurre en cada situación y esta misma interaccionan con mayor virulencia, dando lugar a mayores oportunidades de ganar más de forma anticonvencional.

Para ello, parte de la absoluta falsedad de la teoría tanto sobre la eficiencia de los mercados financieros como sobre las expectativas racionales de los agentes basadas en el conocimiento disponible de la situación, o sobre la autocorrección y equilibrio de los mercados, que son las que han tenido un mayor auge en la década de los ochenta y que han dominado el pensamiento económico de políticos como Reagan, Thatcher y Bush, con su “fundamentalismo de mercado”, y de banqueros centrales como Greenspan, lo que ha permitido una regulación mínima de los mercados, dando lugar a esta crisis financiera tan desproporcionada.

Los mercados financieros, según Soros, han demostrado, una vez más, en esta grave crisis que no reflejan ninguna realidad o ninguna verdad objetivas, sino que son sólo las creencias de los agentes que participan en ellas los que crean una nueva realidad que tiende a ser falsa. En este caso, sus creencias eran que los precios de la vivienda iban a continuar subiendo indefinidamente y que un instrumento financiero arcano, basado en hipotecas de alto riesgo, podía tener una clasificación triple A.

El problema es que la idea de que los mercados financieros se autorregulan y tienden al equilibrio sigue siendo el paradigma prevaleciente en el que se siguen basando todos los modelos de valoración de los activos y de elaboración de los nuevos instrumentos y productos financieros sintéticos (y también “tóxicos”). Vivimos, por lo tanto, en un paradigma dominante, pero falso, que hay que reemplazar con urgencia. La “reflexividad” hace que no puedan crearse teorías que expliquen y predigan el comportamiento de los mercados financieros del mismo modo que los científicos pueden predecir los fenómenos naturales.

La verdad es que el libro es de enorme interés por su profunda experiencia en los mercados financieros y su interesante análisis de la crisis actual, pero creo que no dice nada que no sea ya conocido, aunque lo diga basándose en las teorías de la reflexividad y de la falsabilidad (es un palabro derivado del inglés falsability), ya que tanto la teoría económica como la evidencia empírica han ido demostrando que los mercados no son eficientes y que sus partícipes no son racionales.

Conviene aquí recordar que se han concedido varios premios Nobel de economía, muy merecidos, por haberlo demostrado, además de muchos otros economistas que aún no han alcanzado el Nobel. Me refiero a Joseph Stiglitz, George Akerloff y Michael Spence en 2001 y a Daniel Kahnemann y a Vernon Smith en 2002, sin olvidar a Herbert Simon en 1978.


II. Los debates de hace setenta años, de nuevo actuales

Juan Velarde Fuertes

Libro: Causas y remedios de las crisis económicas. El debate económico Hayek-Keynes, 70 años después

Aún recuerdo con deleite la pelea de hayekianos y keynesianos, en su versión española, desarrollada entre Luis de Olariaga, que nos llamaba la atención –infructuosamente, por supuesto– a los alevines de economistas de la recién nacida Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid ante las seductoras doctrinas de Keynes, incitándonos a leer, entre otras cosas, el libro de Hayek Monetary Theory and the Trade Cycle (La teoría monetaria y el ciclo económico, publicada en España por Espasa Calpe, 1936, con prólogo del propio Olariaga), que todavía se encontraba a la venta en la Casa del Libro, en la Gran Vía. Olariaga había publicado sobre esta obra un artículo, “La teoría económica del ciclo económico del profesor Hayek”, en Economía Española, enero 1936. Manuel de Torres, por el contrario, clarísimo keynesiano, consideraba que haríamos muy bien en archivar esos mensajes de la IV generación de la Escuela Austriaca. La revolución keynesiana había liquidado las crisis económicas, y los intentos de retornar al pasado carecían de sentido.

En relación con esta polémica que ahora se esclarece con este libro, creo deber señalar que la citada Monetary Theory and the Trade Cycle tiene una primera versión alemana Geldtheorie und Konjunturtheorie aparecida en 1929. Queda así rectificada la bibliografía aparentemente definitiva en sus referencias a la obra de Hayek, de W. Garrison e Israel M. Kirzner, en la pág. 612 del volumen 2 de The New Palgrave. A Dictionary of Economics. Pero quedo con la duda de la fecha de la primera versión de otra obra, esa al par apasionante y deliciosa que es Prices and Production. Schumpeter, en su Historia del análisis económico, da la de 1931, pero Garrison y Kirzner ofrecen reiteradamente la de 1935. Feito coincide con Schumpeter. Podrá parecer esto de poca monta, pero estas fechas, en relación con la Gran Depresión, tienen su importancia. Por supuesto, si Feito estuviese equivocado siguiendo a Schumpeter, eso no empaña para nada el interés y actualidad de su libro.

Fotos: de La crisis económica

Porque en él resplandecen, y ya se observó cuando se publicó la segunda parte de este ensayo –que ahora se reproduce exactamente– en 1999, por el Círculo de Empresarios, dos cosas. Por una parte, una exposición analítica depurada del debate entre keynesianos y hayekianos de los años 30 del siglo XX. Pero, por otra, es admirable su esfuerzo para hallar una síntesis que supere los fallos que unos y otros tuvieron hace ya setenta años. Quizá se perciba esto en este párrafo de la pág. 39: “La política financiera expansiva, incluyendo la inyección de liquidez que sea necesaria para impedir una cadena de quiebras financieras, es imprescindible para impedir la insolvencia del sistema financiero y eludir una crisis devastadora. Pero cuando se ha permitido la acumulación de abultados desequilibrios estas intervenciones no podrán evitar en ningún caso bruscos ajustes de empleo y producción. Para que estos ajustes sean lo más eficientes posible, para que la crisis sea menos intensa y la recuperación más vigorosa, tiene sentido prestar atención a las admoniciones de Hayek. Una vez asegurada la solvencia del mecanismo de pagos de la economía, la flexibilidad de los mercados de bienes y de factores productivos es esencial para reasignar lo más rápidamente posible los recursos productivos y asentar sólidamente las bases de una ulterior recuperación”. Ante la que parece en España ser la creencia básica para una recuperación, apelar al modelo keynesiano, no está de más reflexionar en torno a esta frase.

Caricatura de Keynes y Hayek

Pero la obra tiene otras muchas finuras. Por ejemplo, una, en las págs. 17-18, es la referencia a la posibilidad de que la intervención estatal en el sistema financiero dé lugar a “una suerte de ley de Gresham, de manera que los bancos más ineficientes desplacen a los más eficientes”. Otra reflexión, muy valiosa para el caso de España, es la referencia a la rectificación de Hayek en su artículo de 1969, “Three elucidation of the Ricardo effect”, publicado en el Journal of Political Economy, cuando así llama la atención de los actuales dirigentes de la política económica española (pág. 86): “Un auge alimentado con inflación será, antes o después, interrumpido por una caída de la inversión. Mi teoría nunca pretendió ir más allá de explicar el punto de inflexión entre al auge y el comienzo de la fase recesiva en un ciclo típico... El proceso acumulativo de recesión que se suele poner en marcha a partir del aumento del paro en las industrias de la construcción y de bienes de equipo es otra cuestión que ha de ser analizada por medios convencionales”, o sea, por los defendidos por Keynes. Había abandonado, pues, Hayek, su “nihilismo terapéutico”, como lo califica con justeza Feito.

No me quedo tranquilo si no subrayo que el planteamiento que se hace de la polémica Hayek-Keynes es, además de acertado, más que pedagógico. ¡Lo bien que nos hubiera venido en el curso 1945-1946 disponer de esta síntesis a quienes contemplábamos el combate a partir de sus campeones españoles!


III. La filosofía de las finanzas

Fernando Méndez Ibisate

Libro: El nuevo paradigma de los mercados financieros

Nada nuevo bajo el sol que ilumina al financiero e inversor más famoso del mundo, George Soros. En El nuevo paradigma de los mercados financieros, Soros nos propone un keynesianismo basado en las más puras raíces de la Teoría General (1936) antes que en sus adaptaciones discipulares, aunque con sensación para el lector de arrepentimiento o disculpas.

Porque la impresión que lleva dando Soros desde que se hizo inmensamente rico (en una sola jornada llegó a ganar 1.000 millones de dólares) especulando en 1992- 1993 contra el Mecanismo Europeo de Tipos de Cambio, previo a la adopción del euro –a finales de octubre de 1990 la libra esterlina se había incorporado al Sistema Monetario Europeo, aunque terminó abandonándolo tras aquellos sucesos–, es como si debiera purgar por tal pecado, tan políticamente incorrecto a la hora de presentarse en sociedad y poder lanzar sus ideas.

Cada cual es libre en sus creencias, responsable de sus actos y soberano para decidir qué debe o quiere hacer con su propiedad; pero, por muy rico que sea, Soros no puede seguir castigándonos con su continuado discurso bienintencionado o sus fundaciones –que, seguro, hacen mucho bien y resultan muy útiles para muchas personas– a fin de limpiar su imagen de broker o especulador financiero, como si dicha actividad fuese deshonrosa o ganar dinero una perversidad. Muy aristotélico ello, por cierto.

Porque ni la especulación es estafa (puede serlo, como puede serlo cualquier actividad o acto humano), ni el enriquecimiento es vil per se, salvo que vileza, engaño, trampa, coacción, ilegalidad… hayan sido sus formas o métodos de obtención. Soros sabrá; porque, siguiendo su argumentación, que no es extraña a la teoría económica como pretende, en todos los mercados (incluidos los financieros) la información es imperfecta y borrosa, y a veces, sin llegar al delito, los actores (también autoridades y vigilantes) disfrutan de situaciones privilegiadas. Eso sucede en todo mercado y actividad, incluida la política y el Estado, la familia o la empresa, que no se basan necesariamente en reglas de mercado. Pero Soros se obsesiona con los mercados financieros por su conocimiento y experiencia.

El lector se topará con la mala conciencia del autor, y contradicciones (posiblemente “reflexivas”) en sus continuas críticas al capitalismo o al mercado, sistema que considera lleva dentro la semilla no tanto de la autodestrucción cuanto del desequilibrio (si es que en su sistema analítico puede hablarse propiamente del concepto de equilibrio, aunque, negándolo, él lo hace continuamente), la incertidumbre y la inestabilidad explosiva. Pero también insiste (las ideas se repiten tanto que al libro le sobran páginas) en que los totalitarismos de cualquier tipo (comunismo, nazismo, fascismo o socialismo) han sido sobradamente apartados como sistemas filosóficos o pretendidamente científicos para entender, explicar o resolver la realidad. Cita aquí a su maestro Popper, aunque Soros considera que, en varios aspectos, aquél se queda corto y que su propuesta alternativa –no me atrevo a llamarlo teoría, pues resulta más una tautología (pág. 118), o al menos no sería científica, como reconoce el propio autor (pág. 114)– supera o completa la del filósofo científico.

Foto: Broker

No obstante, y esto es inmoral, sitúa reiteradamente al mismo nivel conceptual de esos totalitarismos lo que denomina “fundamentalismo de mercado”, que no es una posición extrema o defensa irracional del modelo de competencia perfecta de los manuales o una interpretación concreta, como pueda ser la de expectativas racionales (aunque a primera impresión parezca que se refiere a eso), sino, según manifiesta, es el sistema económico tal como se entiende y utiliza actualmente por los economistas, de forma aparente o falsamente científica, que utiliza conceptos como oferta y demanda, las variables y sus relaciones funcionales, los mercados como sistemas de equilibrio y, en definitiva, esa visión o percepción unidireccional1 y que distingue o separa el pensamiento de la realidad, todo ello como si fuesen hechos, actos o conceptos independientes, cuando en realidad –dice Soros– no lo son (su teoría de la reflexividad). Este error sería común a todas las corrientes de pensamiento, por diversas u opuestas que fuesen. Aunque –nueva contradicción– dirige sus inquinas hacia los neoclásicos o nuevos neoclásicos y, mediante el manejo de sus conceptos de incertidumbre, falibilidad y reflexividad, salva las ideas keynesianas e intervencionistas.

En general, el libro es una mezcla de verdades a medias y contradicciones sobre su percepción tanto de la economía como de su sistema de análisis basado en la reflexividad, la incertidumbre y la falibilidad. Puede que a Soros le haya dado buenos resultados aplicándolo en sus negocios financieros, impulsados, como en Keynes, según sus dolores de espalda (pág. 55), lo que por cierto él mismo descarta en diversos párrafos, porque, como señala, “la característica principal de mi teoría es que no produce predicciones firmes” (pág. 53). Pero el discurso ignora o desprecia muchas aportaciones económicas de los últimos 140 años, incluidos los procesos de ajuste del equilibrio de Edgeworth, distintos de aquellos walrasianos en los que centra sus críticas, pasando por los desarrollos sobre información, incertidumbre o riesgo, hasta las aportaciones de Coase que alteran la percepción de los denominados fallos de mercado, contemplados como costes de transacción y problemas institucionales.

Soros reconoce que lo más importante del libro, incluso más que la correcta interpretación de la crisis financiera (pág. 59), es su visión filosófico-científica, que permite obtener una explicación global de la causa, e incluso del mecanismo, que conduce a la economía (más claramente en su lado financiero) a errar de forma sistemática y casi predestinada, produciendo situaciones permanentes de inestabilidad, en donde inestabilidades más moderadas (burbujas), y que incluso en ocasiones desaparecen (no es que se corrijan, pero unas se autodestruyen y otras “se abortan a lo largo del camino”), se engloban en otras inestabilidades más vastas y de carácter histórico (superburbujas). Un argumento basado en errores de predicción sistemáticos de la banca ha sido utilizado por Phelps en un artículo del Financial Times, el 4 de noviembre de 2008, donde realiza una interpretación keynesiana de la crisis.

Entre intrincados razonamientos y conceptos que retuerce en su interés (propone una nueva interpretación, más completa, de la “sociedad abierta” popperiana, págs. 81, 82 y 88), Soros plantea tesis y políticas económicas muy similares a las trazadas por Keynes en la Teoría General. Los participantes en los mercados no pueden basar sus decisiones en el conocimiento o la racionalidad, y mucho menos en los cálculos, pues en un ámbito reflexivo, donde no existe correspondencia entre la percepción que tengan o puedan tener (por otra parte incompleta, distorsionada, incierta y falible) y la realidad, son imposibles. Tal impedimento en los agentes sólo puede superarse interviniendo más los mercados, aunque, a diferencia de Keynes, las autoridades y los reguladores son igualmente falibles y víctimas de los bucles de comprensión-participación. Sin embargo, para Soros, las autoridades monetarias (bancos centrales) parecen salir indemnes de responsabilidades en el origen y expansión de una crisis inherente al sistema, salvo por los errores cometidos en su creencia de que el mercado tendería a reequilibrarse.

Foto: Kurt Gödel (1906-1978)

Para Soros, los problemas de auto-referencia o generación de bucles que conducen a situaciones sin límite ni solución (como en la paradoja del mentiroso), tanto en el plano de las proposiciones como en el de los hechos económicos, implican que no podemos conocer ni predecir los acontecimientos, la realidad que nos rodea. Pese a lo cual, propone incongruentemente la búsqueda y comprensión de la realidad, incluso a pesar de la manipulación, que ejemplifica con el Gobierno Bush y el mercado. Lo chocante es que Soros olvide la demostración de Gödel sobre la imposibilidad de existencia de sistemas completos y cerrados capaces de explicarlo todo; es decir, el descubrimiento y prueba de que existen afirmaciones verdaderas en un sistema lógico que no pueden ser probadas dentro del sistema, y que cualquier sistema lógico construido en forma de axiomas o a partir de postulados es incompleto.

1 Contradictoriamente, Soros también considera como un proceso unidireccional a su teoría alternativa de la reflexividad (pág. 112).