Libros de Economía y Empresa - Fundación Caja Duero

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II.   RESEÑAS

8.
La educación: responsabilidad pública o privada

Cristoph Langer

La educación: responsabilidad pública o privada

Los resultados del más reciente Informe Pisa (2006) permiten identificar las diferencias en materia educativa entre los distintos países desarrollados (todos son miembros de la OCDE) y reconocer los errores más manifiestos en sus sistemas y sus políticas educativas. Según este Informe, los resultados alcanzados por Alemania y España son particularmente preocupantes. Este libro aporta varias alternativas que, de llevarse a cabo, podrían contribuir a mejorar los indicadores en donde los cambios son más apremiantes.

El punto de partida es el de reconocer que la materia educativa no sólo es competencia de profesores y alumnos, sino que implica que la sociedad en su conjunto (el gobierno, los empresarios y los sindicatos de trabajadores, entre otros) debe asumir un compromiso más amplio. Las metas alcanzadas darán como resultado que los países estén en mejores condiciones para enfrentar la competitividad entre empresas, pero también entre países.

Libro: Bildungsökonomie und Bildungspolitik

El libro señala que la formación más temprana de los niños ha tendido a recaer en los padres, no en los profesores de los parvularios. Esta cuestión es precisamente el origen de muchos de los problemas de los estudiantes universitarios, que llevan a cuestas problemas que fueron inculcados (en el peor sentido del término) desde la más tierna infancia. Hoy en día los niños empiezan a estudiar a los seis o siete años de edad, lo que significa que los padres (y eventualmente los abuelos y canguros de escasa cualificación) han sido los primeros maestros. Con el interés de evitar los efectos perniciosos derivados de la “educación familiar”, Pechar sugiere que los niños inicien su escolarización a más temprana edad.

En este tenor de ideas, sugiere que para mejorar el sistema escolar de Alemania y Austria se deben eliminar los sistemas paralelos, que consisten en tres tipos de colegios con diferentes niveles. Propone la creación de una sola escuela para todos los niveles, lo que equivaldrá a la igualdad de posibilidades para todos los alumnos. Los resultados de Pisa y las buenas experiencias derivadas del sistema educativo de Finlandia confirman el buen funcionamiento de este sistema escolar, cuya mayor virtud consiste en que permite reaccionar más rápidamente a los problemas eventuales. Asimismo, para mejorar el desequilibro educativo sugiere la implantación de escuelas de jornada completa. Indica que los alumnos de las escuelas de media jornada solamente reciben clases por las mañanas, pero por las tardes suelen hacer sus deberes en casa; dependiendo del nivel socieconómico de las familias, los niños hacen los deberes con mayor o con menor regularidad, dada la falta de apoyo de parte de los padres. En el caso de las escuelas de jornada completa se neutralizan las diferencias sociales porque todos los alumnos tiene que hacer los deberes al mismo tiempo.

En tiempos pasados, los sectores productivos de los países precisaban de trabajadores físicamente bien dotados, pero de una pobre cualificación. Los trabajadores pertenecían generalmente a las clases socioeconómicas más bajas y, por ende, menos educadas. Por otro lado, los puestos de decisión eran ocupados por las personas que habían tenido acceso a una mejor educación, y que incluso habían accedido a la Universidad. En el actual modelo de globalización las cosas han cambiado. Cuando ha sido posible, los trabajos que son físicamente más exigentes se han externalizado al extranjero, mientras que los trabajadores altamente capacitados son altamente apreciados, si bien son escasos. En este escenario, el profesor Pechar reconoce que las personas con escasa cualificación corren el riesgo de quedar desempleadas con mucha facilidad, mientras que aquellas que poseen una alta cualificación, que hablan idiomas, que se manejan con solvencia frente a un ordenador, que han desarrollado una alta capacidad de empatía con las diversas culturas, y en general que están plenamente conectados a los intensos cambios que se registran en la actual sociedad de la información y el conocimiento, se han convertido en recursos extremadamente bien valorados.

Foto de Hans Pechar

En este contexto, el libro plantea tres cuestiones: 1) ¿las personas estudian porque el conocimiento les resulta interesante y les motiva?; 2) ¿estudian porque han comprendido que para destacar es prioritario comprender las reglas que ha marcado la economía?, y 3) ¿la educación es el objetivo final o solamente es un medio para alcanzar los objetivos definitivos?

En su interés por darles plena respuesta, parte de reconocer el papel que desempeña el Estado en la cuestión de la educación. Para ello, señala que en materia educativa existen dos sectores claramente diferenciados: el público y el privado. La educación a cargo de las universidades públicas depende de los gobiernos de los países y de sus ministerios especializados, mientras que las escuelas y las universidades privadas dependen de asociaciones, órdenes religiosas, instituciones empresariales y organismos independientes con o sin ánimo de lucro.

Desde su origen, las universidades privadas han priorizado la consolidación de valores que la sociedad suele tomar en cuenta, tales como la calidad de los docentes, de sus investigaciones y de sus instalaciones. Pero las escuelas y universidades públicas, lejos de preocuparse por mejorar, han descuidado la imagen que proyectan a la sociedad. Viejas universidades que fueron fundadas hace cien, doscientos, trescientos o más años (como ejemplo de su antigüedad en el caso español, la Universidad de Salamanca, fundada en 1218, o la Complutense, en 1293) son ajenas a las oscilaciones que marca el mercado, porque confían en que nunca dejarán de recibir alumnos.

Pero las cosas deberían cambiar. Este libro argumenta que las universidades públicas están obligadas a asumir que no pueden seguir funcionando como lo hacen los monopolios. Cierto es que las universidades no son empresas ni los alumnos clientes, pero no menos cierto es que en el pasado muchas universidades se han conformado con brindar el servicio para el que fueron creadas, pero sus esfuerzos han tendido a ralentizarse en la medida en que no han visto peligrar su posición dominante, hagan lo que hagan o dejen de hacer lo que dejen de hacer.

En realidad, la indolencia de las universidades públicas las está condenando a que con el tiempo sufran un descrédito que puede llegar incluso a ser irreparable. Los alumnos cada vez son más conscientes de que no se pueden permitir perder el tiempo en las universidades porque, si lo hacen, tarde o temprano lo pagarán caro, dado que las empresas no estarán dispuestas a contratar a alumnos cuyos títulos universitarios fueron adquiridos en universidades que no se han preocupado en hacer bien las cosas.

Generalmente, las universidades públicas han argumentado que están imposibilitadas para hacer mejoras porque el presupuesto del que disponen siempre es insuficiente. Para Pechar, este no es un argumento válido. La financiación de los entes educativos en modo alguno debe estar limitada (o mayoritariamente concentrada) en los recursos de los que los dotan los gobiernos. De hecho, los alumnos deberían estar obligados a asumir un precio más elevado por la educación que reciben. Por tanto, el camino es que los alumnos paguen más por cada crédito cursado.

Niño escribiendo en un cuaderno

El libro argumenta que los estudios empíricos revelan que los estudiantes provenientes de familias acomodadas son mejores que los de familias más modestas. A partir de este hecho, sugiere que para mejorar el desequilibro existente es necesario conceder becas de estudios y/o créditos sin intereses a los estudiantes que más lo necesiten. En realidad, el sistema que propone es el que ha imperado en Estados Unidos desde hace mucho tiempo. Este consiste en que los estudiantes puedan cursar toda su formación sin pagar prácticamente nada; al término de sus estudios será cuando tengan que reembolsar su deuda. Los pagos mensuales que hagan servirán, a su vez, para financiar a otros estudiantes que estén empezando su formación universitaria.

En lo referente al ámbito de la investigación, este autor es drástico en señalar que la investigación básica universitaria debería pasar al sector privado. Reconoce que la gran ventaja de la investigación pública es el libre intercambio de los resultados, lo cual provoca una socialización más rápida y eficiente del conocimiento, pero, salvo contadas excepciones, las universidades europeas han sido capaces de establecer inercias duraderas con los sectores productivos, de las que se han derivado proyectos rentables. Lo cierto es que las empresas y los laboratorios privados han probado ser más eficientes que las universidades públicas.

Por consiguiente, pone el acento en que es necesario que las estructuras universitarias se orienten a un sistema de management profesional. Para ello, la Universidad está obligada a actuar como una empresa, cuya principal labor es la de maximizar la calidad de la educación, pero buscando reducir el coste agregado. La obra concluye con una enumeración detallada de los errores más recurrentes en materia educativa en los países europeos, para cuya solución propugna una postura netamente liberal. Asume que la posición de partida de todos los estudiantes debería ser la misma, pero que sea el esfuerzo y la dedicación individual lo que determine el éxito o el fracaso de cada uno.