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I.   DEBATES

2.
El ciclo político en Estados Unidos según Krugman

El ciclo político en Estados Unidos


I. ¿La conciencia de un liberal?

Pedro Fraile Balbín

Como todo el mundo que se acerca a los sesenta años, Paul Krugman se está haciendo mayor. El controvertido profesor de Princeton acaba de añadir a su larga lista de publicaciones una reflexión política cargada de nostalgia. The Conscience of a Liberal (La conciencia de un progresista) es una evocación del largo periodo keynesiano en la política económica estadounidense desde el recuerdo dulce de la posguerra, el New Deal prolongado, el progreso social para todos, y la reducción en las diferencias de clase, es decir, desde el “paraíso perdido” de su infancia (p.3). Si no fuese por esta visión personalista, y sobre todo por la oportunidad de la aparición del libro en medio del debate económico preelectoral en los Estados Unidos, el ensayo tendría poco atractivo. Sin embargo, su argumentación, aunque poco creíble, es oportuna porque pone de relieve las posiciones clave que en materia económica mantiene la izquierda de Estados Unidos, y porque además deja entrever el nuevo radicalismo, podríamos decir revanchismo, con el que los neo-keynesianos quieren quitarse la espina de las políticas que puso en marcha la administración Reagan (con Paul Volcker al frente de la Fed) hace ya casi tres décadas.

Libro: The Conscience of a Liberal

En la introducción de The Conscience of a Liberal Krugman relata cómo era la economía estadounidense que surgió de la Segunda Guerra Mundial, y como se creó una clase media a partir de políticas redistributivas que igualaron sustancialmente el reparto de la renta. Expone también aquí Krugman su hipótesis central sobre cómo y por qué acabó la Gran Compresión, es decir, la época keynesiana e igualitaria: a partir de los años cincuenta un conciliábulo de fuerzas reaccionarias y para-fascistas empezó a ganar fuerza alrededor de instituciones como la National Review. Usando el racismo latente y la obsesión anticomunista en la sociedad estadounidense, este pequeño grupo fue ganando ventajas políticas y posiciones de fuerza con el apoyo de las grandes empresas, hasta producir el vuelco total republicano de los años ochenta de la mano de Ronald Reagan. A continuación, el autor detalla en ocho capítulos la génesis y decadencia de las políticas redistributivas keynesianas: las conocidas en la historiografía de Estados Unidos como la Gilded Age, a partir de la Guerra Civil, y la Progressive Era, que arranca de la administración de Theodore Roosevelt (1901) y se prolonga hasta el New Deal. A pesar de los avances en políticas sociales, para Krugman este largo periodo fue una época de dominio conservador, con una muy dispar distribución de la renta, ausencia de poder sindical, obstáculos a la extensión del voto, racismo y extrema pobreza. Tras un breve análisis de los avances bajo el New Deal, el autor examina (caps. 3-5) las razones por las que, tras la Segunda Guerra Mundial, se mantuvieron las políticas keynesianas. Fueron fundamentalmente las posiciones ideológicas tanto de demócratas como de republicanos –Harry Truman, Dwight Eisenhower– las que mantuvieron e incrementaron lo que, usando la imagen de Claudia Goldin, el autor denomina The Great Compression, es decir, el estrechamiento en la brecha de ingresos entre ricos y pobres y la aparición de una clase media próspera favorecida por un rápido incremento en la progresividad fiscal, la actividad sindical, la aparición de Medicare y Medicaid, y toda la batería de medidas sociales de los años cincuenta, sesenta y parte de los setenta.

Sin embargo, a partir de la misma década de los cincuenta (caps. 5-7) reaparece el germen ultraconservador de la mano de, por una parte, políticos como Joseph McCarthy, Barry Goldwater y el recientemente desaparecido William F. Buckley, fundador de la ultraderechista National Review (1955) y promotor de la causa del General Franco en los Estados Unidos, y por otra de académicos de extrema derecha, siempre según Krugman, como el economista Milton Friedman –más tarde también N. Gregory Mankiw– o el sociólogo Irving Kristol. Estos “nuevos” conservadores extienden sus ideas a través de una red de instituciones y think tanks como el American Enterprise Institute, la Heritage Foundation, el Cato Institute o publicaciones –todas de extrema derecha, según el autor– tales como The Public Interest, The American Spectator o el Wall Street Journal, que cuentan además con el apoyo creciente, pero siempre secreto, de una conspiración de intereses de grandes empresas y grupos financieros. Explica Krugman cómo a través de la paranoia anticomunista, la manipulación de los prejuicios raciales y el embaucamiento de la opinión pública, estos radicales de derecha, dejan de ser un núcleo aislado y logran establecer una base popular y convertir sus ideas ultra-radicales en un amplio frente organizado (movement conservatism). Así, esta “vasta conspiración” (cap. 8) logra “distraer” y embaucar a la opinión pública, además, con la manipulación de asuntos religiosos y morales (cap. 9) hasta lograr el poder durante la administración Reagan y poner en marcha la Gran Divergencia, es decir, la apertura, una vez más, de la brecha entre ricos y pobres y el empobrecimiento progresivo que el autor detecta en la mayoría de la población estadounidense en los últimos treinta años. La parte final del libro está dedicada a la agenda intervencionista que, en opinión de Krugman, puede cerrar de nuevo la brecha entre ricos y pobres y restaurar la prosperidad perdida para la mayoría. La reforma sanitaria (cap.11) ocupa un lugar primordial en la agenda, pero también la revitalización de los sindicatos, el aumento de la presión impositiva y el gasto público, y la consecución incondicional de más igualdad en la distribución de la renta son expuestas en el programa (caps. 12 y 13).

Más allá de la nostalgia y los recuerdos personales, The Conscience of a Liberal no es un ensayo convincente. El relato político está plagado de inexactitudes y extremismos, y la interpretación económica no se sostiene. Paul Krugman trata de convencer al lector de que los éxitos electorales –arrolladores en el caso de Ronald Reagan– del partido Republicano son simplemente el resultado de una obnubilación general de la opinión pública producida por la manipulación y la propaganda de un pequeño grupo experto en el embaucamiento de las gentes, y que el hartazgo de los votantes con los altísimos niveles de impuestos no tuvieron nada que ver en el vuelco electoral a partir de 1980. Asimismo, el autor presenta el miedo al comunismo soviético de ayer y al terrorismo islamista de hoy como simples paranoias sin base real, y niega tanto las raíces morales del aumento de la criminalidad como la eficacia que ha supuesto la lucha contra ella sobre nuevos supuestos. Acusa gratuitamente de extremismo político a todos los conservadores, pero no tiene en cuenta la radicalidad, e incluso la violencia, de muchos movimientos políticos de Estados Unidos que durante años dominaron la escena política de la izquierda. No se menciona por ejemplo a la American New Left ni a los Black Panthers, ni a Reclaim the Streets, ni el Green Movement, ni a los Students for a Democratic Society, ni tampoco a figuras como David Horowitz, Angela Davis, Herbert Marcuse, Malcolm X, Perry Anderson, Noam Chomsky, Bill Mandel, Murray Bookchin y Carl Oglesby, por mencionar tan sólo a algunos. Denuncia a las instituciones, publicaciones y think tanks que apoyan a los conservadores, pero pasa por alto la extensa red de centros ecologistas, feministas, eco-feministas, antiglobalizadores, sindicalistas, indigenistas, pacifistas, anarquistas, religiosos radicales, municipalistas libertarios y biocentristas, y la larga lista de centros académicos dominados por ideologías radicales de izquierda que han influido desde siempre en la opinión pública.

Foto de Ronald Reagan

Pero el carácter casi panfletario en el tratamiento de los aspectos políticos no es el punto más débil del libro. Peor es su análisis económico. Krugman parece obsesionado con los mecanismos redistributivos como fuerza única del progreso. Desde el principio “los ricos” aparecen como el principal obstáculo. Se trata a toda costa de desposeerlos a través de altos impuestos –sin consideración a los incentivos, ni a los derechos de propiedad, ni al impacto sobre las tasas de ahorro e inversión, y por lo tanto el crecimiento– para poder favorecer así a “los pobres”. Como buen keynesiano radical, Krugman ni siquiera menciona los problemas de precios planteados por el gasto público y las políticas acomodaticias de la Fed. Tampoco presta atención al papel de las expectativas y la quiebra de la relación de la curva de Phillips entre empleo y precios durante los años setenta. Su diagnóstico del fracaso keynesiano en los Estados Unidos (como en todas partes) tiene poco que ver con fallos en la oferta por la desaceleración de la productividad, sino con la falta de dinamismo de la demanda agregada que se retrae porque el sector público no interviene suficientemente en la economía, sobre todo transfiriendo rentas vía impuestos de “los ricos” a “los pobres”.

Foto de Theodore Roosevelt y Franklin Delano Roosevelt

A pesar de que los gastos en educación han crecido un 165% y los gastos para combatir la pobreza un 41 entre 2000 y 2006, la descripción catastrofista de la economía estadounidense de los últimos años hace hincapié en las políticas “pro-ricos” y “anti-pobres” de las últimas décadas, y a la hora de explicar los nuevos patrones laborales y la diferenciación de salarios según conocimientos y habilidades, rechaza frontalmente el cambio técnico como condicionante de la demanda de nuevo y más sofisticado capital humano, y se centra en la pérdida de poder sindical –naturalmente, inducida y forzada por la derecha radical– que abre las puertas a la explotación salvaje de los trabajadores no cualificados por parte de las empresas.

En resumen, este es un libro que, como muchos otros ensayos de Paul Krugman, el lector no necesita de manera perentoria. Para un conocimiento cabal de la realidad estadounidense de hoy y de sus antecedentes existen muchos otros enfoques y ensayos, pero si se quiere ser testigo de la radicalidad y la desmesura (y quizá las ganas de desquite) de la izquierda estadounidense, éste, como algunos trabajos del mismo autor, puede resultar entretenido y pintoresco.


II. Desigualdad social y política conservadora: claves del republicanismo estadounidense

José Antonio Alonso

El nombre de Paul Krugman aparece inevitablemente vinculado a uno de los esfuerzos más ingeniosos e influyentes de renovación de la doctrina económica en el ámbito del comercio internacional de los últimos veinte años. Siendo todavía muy joven produjo alguno de los artículos más referenciados sobre los que se sustenta la llamada “nueva teoría del comercio”: un esfuerzo por situar la explicación de los intercambios comerciales en el ámbito más realista y complejo de la competencia imperfecta. Más adelante, Krugman aportó una mirada igualmente innovadora sobre el papel de la geografía en el desarrollo económico, dando lugar a una colección de ensayos e investigaciones que, de nuevo, se convirtieron en referencias obligadas en el estudio de la integración comercial y de la localización económica. A sus aportaciones académicas siempre les ha caracterizado una infrecuente combinación de irreverente espíritu crítico, envidiable facilidad para la construcción de modelos convincentes y dominio del lenguaje directo y polemista. En los momentos de más intensa actividad creadora de Krugman, pocos dudaban de que se trataba de uno de los economistas de mayor proyección de la última generación, llamado a recibir –tarde o temprano– el reconocimiento del Nobel de Economía.

No obstante, la trayectoria de Krugman experimentó una perceptible inflexión con el final de los años noventa. Sin abandonar su actividad académica, aunque disminuida en su intensidad, Krugman se introdujo en el debate político, participando como columnista en un medio de notable prestigio como es el New York Times. Desde hace un tiempo, Krugman escribe dos colaboraciones semanales en este diario, analizando no sólo los temas económicos del momento, sino también la situación política nacional e internacional. Desde su colaboración periodística, Krugman se ha convertido en uno de los críticos más agudos e incansables de la Administración Bush. Aunque el medio demanda otro tipo de lenguaje, en sus artículos de prensa es también posible identificar aquellas cualidades de capacidad analítica y mordiente estilo literario que caracterizaron al mejor Krugman.

El libro que ahora se presenta, The Conscience of a Liberal, es un producto de este “segundo perfil” de Krugman, como analista político y comentarista ilustrado de la actualidad. El punto de partida del libro es la manifiesta incomodidad que a Krugman le produce la evolución de la sociedad estadounidense, fragmentada por un abismo de desigualdades acrecentado como consecuencia de las políticas aplicadas por la Administración Bush. Es esta conexión entre desigualdad social y opción política conservadora lo que estará en el centro de su mirada crítica. No obstante, la tesis de partida del libro es original, incluso diría que atrevida, sugiriendo un cambio en la dirección de la causalidad que normalmente se le presupone al fenómeno. No es tanto que el incremento de la desigualdad social haya conducido al triunfo de las opciones conservadoras, cuanto que el acceso al poder de un sector extremo del republicanismo y su radicalización de la vida política ha terminado por conducir al país a un nivel de desigualdad social extremo. Dicho de otro modo, la relación no va tanto de la economía a la política como de la política a la economía: es “este cambio político en la forma de una creciente polarización lo que ha sido causa principal en el crecimiento de la desigualdad”, dirá Krugman.

Foto de Paul Krugman

Para demostrar esta tesis, el autor realiza un apasionante recorrido por la historia política y social de Estados Unidos a lo largo del siglo XX. Parte Krugman de reconocer que caracterizaron a la sociedad industrial de Estados Unidos en sus orígenes unos notables niveles de desigualdad social, a los que acompañaban fenómenos de manifiesta discriminación racial, especialmente en el Sur. Esta sociedad de extremos, de familias enormemente ricas y poderosas junto a sectores sociales miserables y empobrecidos, dominó buena parte de la llamada Edad Dorada del capitalismo estadounidense de comienzos del siglo XX. La situación, sin embargo, va a experimentar un profundo cambio en el entorno que media entre la crisis de 1929 y el final de la Segunda Guerra Mundial, al ponerse en marcha el New Deal, que se erige sobre un nuevo pacto social y una voluntad reformadora manifiesta.

A través de esa iniciativa, Estados Unidos se aparejó a otros países europeos, inaugurando los mecanismos propios de un naciente Estado del bienestar. Aunque el impulso no llegó al de otros países occidentales, sería suficiente no sólo para corregir las desigualdades sociales preexistentes, sino también para alimentar la generación de una muy amplia clase media, que actuó como factor de moderación entre las opciones políticas en curso. Es el período que Krugman denomina de la Gran Compresión. Lo relevante es que ese cambio se produjo en un período limitado de tiempo y como consecuencia de una acción política deliberada, liderada por Franklin D. Roosevelt. Lo que sugiere que “instituciones, normas y el clima político importan mucho más –y las fuerzas impersonales del mercado mucho menos– de lo que la Economía 101 (como Krugman llama a las enseñanzas ritualizadas de la economía) podría conducir a pensar”.

Estos niveles atenuados de desigualdad se mantendrán virtualmente inalterados hasta comienzos de la década de los ochenta. Los gobiernos republicanos de esta época aceptaron el modelo social derivado de la postguerra como un punto de partida incuestionable de su acción política. La actitud del republicanismo va a cambiar, sin embargo, como consecuencia del desplazamiento que de este viejo republicanismo hará el grupo ideológico que lleva al poder a Ronald Reagan, que es en esencia el mismo que conducirá posteriormente al triunfo de ambos Bush, padre e hijo. Un grupo de alta carga ideológica e ideas profundamente reaccionarias, que pretende poner en cuestión los logros sociales asociados al New Deal. En palabras de Krugman, “el pequeño movimiento entonces conocido como los “nuevos conservadores” fueron, en gran medida, una reacción frente a la decisión de Dwight Eisenhower y otros líderes republicanos de hacer la paz con el legado de FDR (Franklin Delano Roosevelt)”.

En el acceso de este grupo al poder del partido Republicano colaboraron muy diversos factores, entre los que conviene subrayar tres. En primer lugar –y es una de las tesis más vigorosas del libro–, la reacción de los blancos conservadores frente a las conquistas que la comunidad negra obtuvo tras los sesenta. Es este racismo subyacente de la sociedad estadounidense el que provocará unas resistencias poderosas entre determinados sectores a los nuevos avances en materia social. “El legado de la esclavitud, el pecado original de América –dirá Krugman– es la razón de que seamos la única economía avanzada que no garantiza el cuidado de la salud a sus ciudadanos”. En segundo lugar, influyó también el respaldo que ciertos intereses económicos prestaron a este grupo, a través de la promoción de fundaciones y centros de opinión (los think tank conservadores), que operaron como una red de generación de argumentos y de influencia en beneficio de esta visión extrema del republicanismo. Por último, ayudó a su triunfo un manejo inescrupuloso y poco honesto de la acción política de alguno de sus líderes, empezando por el propio Ronald Reagan, en el que se combinan –en opinión de Krugman– las medias verdades con las mentiras manifiestas, la explotación del miedo racial y de los prejuicios sociales con los errores de los sectores progresistas, todo ello al servicio de una causa que ha terminado por beneficiar a un grupo muy reducido de la sociedad.

De alguna manera, el grupo republicano en el poder extremó el debate, desplazó al partido Republicano hacia la derecha y radicalizó la vida política estadounidense, poniendo en cuestión buena parte de la arquitectura previa de acuerdos sociales. Es en ese marco en el que se ponen en marcha políticas dirigidas a anular la capacidad del sistema fiscal para atenuar las desigualdades sociales, tanto desde el punto de vista de los ingresos, eliminando los contenidos de progresividad del sistema impositivo, como del gasto, minando la ya limitada capacidad de cobertura de su sistema de protección social. Las consecuencias de esta política son manifiestas: una rápida acentuación de las desigualdades sociales que, unida al fenómeno de la inmigración masiva, sólo en parte regularizada, ha hecho retroceder los parámetros de equidad de Estados Unidos a los niveles previos al New Deal. Es el periodo de la Gran Divergencia, como lo ha denominado Krugman. Un resultado, pues, que no es producto de la espontánea y gradual operativa de las fuerzas del mercado, sino consecuencia de una acción política deliberada, que, además, se ha desplegado en un marco temporal de apenas cinco lustros.

Foto de George W. Bush

A lo largo de los trece capítulos del libro, Krugman va construyendo la argumentación que da soporte a esta tesis. Para ello apela a una combinación inteligente de información empírica, referencias históricas e interpretación del discurso político. Con una prosa limpia y directa, Krugman va aportando las razones sobre las que sustenta su interpretación. Habrá quien juzgue su análisis como parcial y, en algunos casos, maniqueo. Tal vez sea inevitable en un texto que nace teñido de una manifiesta voluntad militante. Pero nadie podrá negar la valentía de su denuncia, la inteligencia de su argumentación y la claridad de sus posiciones. Quedan muchos interrogantes por responder, pero la tesis de Krugman constituye una interpretación plausible, aunque tal vez parcial, de un período de la historia de Estados Unidos. Un período que parece llamado a su fin, si se atiende a los resultados de los sondeos de opinión y, lo que es más importante, a los cambios en las corrientes sociales del país.