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III.   ESTADO DE LA CUESTIÓN

13.
Los estudios de filosofía, política y economía de Hayek

María Blanco González

Foto de Hayek y libro: Nuevos estudios de filosofía, política, economía e historia de las ideas

El presente volumen es una selección, realizada por el propio Hayek, de ensayos especialmente representativos escritos entre los años 1966 y 1978. Es el segundo libro con estas características. En el primero, Estudios de filosofía, política y economía (Unión Editorial, 2007), Hayek explora también diferentes temas de disciplinas diversas como el pensamiento político, la economía y la filosofía.

La novedad de esta nueva recopilación es que incluye dos ensayos muy importantes en el conjunto de su obra que anteriormente sólo se habían publicado en alemán: «Los errores del constructivismo» (capítulo I) y «La competencia como método de descubrimiento» (capítulo XII). El propio Hayek destaca también la relevancia de los temas de historia de las ideas, que aquí constituyen una parte específica, la Cuarta, en vez de quedar reducidos a un apéndice, como en el volumen anterior.

Los aspectos que abarca esta obra son variopintos a primera vista: los errores del racionalismo constructivista, los fundamentos teóricos del liberalismo, el «mito» de la justicia social, la competencia como método de descubrimiento, las raíces históricas de la concepción de la sociedad como orden espontáneo o los errores de la política económica de Keynes. Sin embargo, y a pesar de que una de las críticas hacia el autor es que en sus escritos sólo encontramos una serie de episodios desconectados en los que se tratan cuestiones de diferentes disciplinas en distintas ocasiones históricas, más que un programa de investigación coherente, hay cierta ligazón en las ideas que Hayek propone. Las posiciones que defiende, y que abarcan una amplia gama de disciplinas, están informadas y unificadas por un pequeño número de concepciones filosóficas fundamentales. En particular, su estudio de la estructura de la mente, de la naturaleza y límites del conocimiento humano, impregnan sus escritos hasta los últimos detalles. La genialidad del autor se manifiesta en la actualidad de sus conclusiones al cabo de tanto tiempo.

Como bien advierte Hayek en la breve introducción, alguno de los ensayos de la primera parte (dedicada a la filosofía) bien pudieran englobarse dentro de un tratado de psicología. En ella, además de algunos ensayos, se incluyen algunas conferencias, la más conocida de las cuales es, probablemente, “La pretensión de conocimiento”, por ser el discurso pronunciado en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Economía en 1974. En él, Hayek denuncia el error metodológico de la ciencia económica ortodoxa: emular a las ciencias físicas en su método para lograr un mayor reconocimiento y mayores logros teóricos. Este error es especialmente grave por las consecuencias a que da lugar desde el punto de vista de la política económica. Esta idea está presente y se fundamenta en otros ensayos como “Los errores del constructivismo” y “La primacía de lo abstracto”.

Imágenes de Hayek en la infancia y en la madurez y un pasquín en el que se anuncia una intervención de Hayek en UCLA (California)

Básicamente, Hayek defiende que los fenómenos que estudian las ciencias sociales son de naturaleza compleja, de manera que cualquier intento de planificación “desde arriba” chocará de manera inevitable con problemas de información. Frente a este tipo de planificación, Hayek propone la existencia de un orden espontáneo en las organizaciones sociales complejas, fruto de la evolución y de la tradición.

La segunda parte la constituyen básicamente algunos bocetos de lo que después sería su libro Derecho, legislación y libertad (Unión Editorial, 2006). Destaca su preocupación por los términos que comúnmente se emplean en los tratados y discusiones políticas. Este tema es estudiado claramente en el capítulo VI, “La confusión del lenguaje en el pensamiento político”, contrastando pares de conceptos: catalaxia y economía, democracia y demarquía, cosmos y taxis, etc. Pero también hace hincapié en ello en pasajes como La concepción liberal de la libertad, del capítulo IX, “Liberalismo”.

Las ideas expuestas en la primera parte y, algo menos, las de la segunda parte, están en relación directa con la dedicada a la economía. En ella, Hayek explica cómo una observación cuidadosa de las economías de mercado sugiere que están caracterizadas por un orden complejo y complicado. Más complejo del que se puede explicar en términos de esfuerzo deliberado para conseguir coordinación entre las actividades individuales. Mientras que las economías de mercado están mejor coordinadas que las de planificación central, nunca estarán coordinadas por completo, de ahí el problema de la planificación económica.

Este conflicto ha llevado a muchos economistas a refugiarse en recetas intervencionistas keynesianas (recordemos que Hayek escribe en plena efervescencia keynesiana de los años 70, aunque por desgracia es aplicable también a nuestros días). Y ése es el eje principal de las dos últimas secciones (partes tercera y cuarta).

Foto de Arriba, retrato de Hayek en 1974, año en el que se le concedió el Premio Nobel de Economía. Debajo, saludando a Ronald Reagan y, a la derecha, en el acto de entrega del Nobel.

La contribución clave del sistema de precios al bienestar social, tal y como demostró Hayek, es la capacidad del sistema para transmitir información desde una parte del mercado a la otra. En su tratamiento del uso del conocimiento en la sociedad, Hayek distingue entre dos clases de conocimiento: el científico, o teórico, y el particular, referido a las circunstancias espacio-temporales.

La consideración por Hayek del mercado como un proceso de descubrimiento es precisamente lo que más ha contribuido al resurgimiento contemporáneo de un interés hacia la teoría económica austriaca, dadas las circunstancias de la actual crisis en ciernes. Desde este punto de vista, hay que distinguir la contribución austriaca de las teorías formalizadas matemáticamente, por su énfasis en el papel del descubrimiento empresarial en los procesos sistemáticos de mercado de los que dependemos, siempre en un mundo de ignorancia y desequilibrio, debido a que hace posible la tendencia hacia una coordinación natural entre los participantes en dicho mercado.

La crítica de Hayek a la teoría y la política keynesianas se sigue directamente de sus teorías del capital y el dinero. Hayek argumenta que, al ignorar la estructura intertemporal de la producción y, la complementariedad intertemporal de las etapas de la producción, Keynes no consiguió identificar el proceso de mercado que podía llevar a la coordinación intertemporal.

Y, al trasladar el foco del análisis del dinero como medio de cambio al dinero como activo líquido, Keynes no consiguió ver el daño que podían ocasionar las políticas de inyección de dinero nuevo mediante los mercados de créditos o mediante el gasto en proyectos públicos.

La compensación a corto plazo entre inflación y desempleo era tratada en el contexto político y en algunos círculos académicos como un menú del que los gobernantes votados y los votantes podían elegir. Así, las desviaciones de la economía del ideal de pleno empleo o de una pauta de crecimiento a largo plazo fueron interpretados como mandatos para que el banco central implementara políticas de ajuste en cooperación con las autoridades fiscales.

Como Hayek reconoció en su crítica a Keynes, la explotación política de estos argumentos lleva consigo un sesgo inflacionista. El dinero nuevo creado podía utilizarse para estimular la economía, pero desencadenando un boom económico artificial. Los efectos indeseables de la oferta inflacionista de dinero, el eventual colapso de este crecimiento económico artificial y el aumento general del nivel de precios no se asociarían en el tiempo con los efectos políticos inicialmente deseables ni sería fácil identificar a los autores.

A medida que continúa el proceso político, esos gestores públicos se enfrentan con el dilema de la pasividad política que permitiría al mercado sufrir los dolorosos ajustes a las inyecciones monetarias previas frente a subsiguientes inyecciones que reproducirían los efectos deseables a corto plazo y posponer eventualmente el ajuste. El mismo dilema al que se enfrentan nuestros gestores.