Libros de Economía y Empresa - Fundación Caja Duero

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II.   RESEÑAS

10.
Economía del conflicto colombiano: cuantificando la violencia

Thomas Baumert

Libro: Las cifras del conflicto colombiano

La reciente desarticulación de la cúpula dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), junto a las noticias acerca de la posibilidad de que este grupo haya mantenido contactos con la banda terrorista ETA, han vuelto a recordarnos el conflicto que desde hace cerca de cinco décadas viene asolando Colombia. Sin embargo, la lucha del Gobierno colombiano contra la guerrilla ya se había convertido en un objetivo de estudio entre los académicos dedicados al estudio del terrorismo desde hace algunos años. Ha sido en este ámbito –y en el de la política internacional– en el que el caso colombiano se consideró pronto un ejemplo paradigmático de “Estado embrión” (Loreta Napoleoni) del que se podrían derivar lecciones importantes acerca de cómo combatir grupos terroristas y de insurgencia que cuentan con el control de facto de un área relativamente extensa de un territorio nacional. Y estas lecciones resultaban de especial relevancia para el Gobierno de Estados Unidos –también Afganistán y el Irak post-Hussein contaban con “Estados embriones”–, quien a su vez transformó en 2002 el Plan Colombia, diseñado originalmente como un programa de lucha contra el narcotráfico, en un plan de acción contra la guerrilla.

Es en este contexto, en el que distintas instituciones, tanto colombianas como de ámbito internacional, han venido publicando un número destacado de monografías que recogen información estadística referida al conflicto colombiano y a sus consecuencias. No obstante lo cual, gran parte de esta información se hallaba muy dispersa y resultaba de difícil acceso.

En consecuencia, debemos celebrar la publicación del libro de Diego Otero Prada, quien ha sabido culminar con éxito la laboriosa tarea de compilar, a partir de estas fuentes, más de cuarenta indicadores referidos a este conflicto, confrontando, en aquellos casos en los que ha sido posible, dos o más fuentes para una misma variable. El libro se divide en treinta capítulos, que, en función de los indicadores tratados, pudieran agruparse en cuatro categorías: cifras referidas a los actores del conflicto, datos acerca de las víctimas de éste, información referente al número y características de los atentados y acciones armadas, e indicadores referentes a la economía del conflicto.

Los apartados dedicados a las víctimas y al tipo de acciones ocupan el grueso del libro, y en ellos se describe de forma exhaustiva el número de desaparecidos, desplazamientos, homicidios, víctimas civiles, secuestros, torturas, masacres, violaciones… Sin embargo, quisiera centrar, a lo largo de los siguientes párrafos, la atención sobre la última sección, a saber, la vertiente económica del conflicto, tanto por resultar la más novedosa –obliga a revisar algunas de las afirmaciones que, sin demasiadas evidencias empíricas, se venían repitiendo en la literatura especializada– como por ser la que mejor refleja una de las debilidades del libro: un cierto sesgo del autor a la hora de interpretar los datos y de extraer de ellos conclusiones políticas.

Y es precisamente esta última vertiente –la económica– la que resulta más novedosa por corregir algunos aspectos que se han venido repitiendo en la literatura especializada sin haber contado con el correspondiente sustrato empírico.

Resultan reveladores los datos presentados por el autor con respecto al impacto económico del conflicto: de acuerdo con las fuentes citadas, a lo largo del período comprendido entre 1990 y 2004, el coste directo causado por las guerrillas habría oscilado en torno al 0,3% del PIB, alcanzando su máximo en 2002 (0,46%), momento a partir del cual vuelve a descender hasta situarse en el 0,27%. Baste recordar, a modo de comparación, que el coste directo estimado de los atentados del 11-S se situó precisamente en el 0,46% del PIB, en tanto que los atentados de Madrid y Londres apenas causaron daños equivalentes al 0,03 y 0,02% del PIB respectivamente. Por lo tanto, todo apunta a que, a pesar de tratarse de un conflicto continuado y prolongado, su coste presenta una intensidad relativamente baja.

Cuestión distinta es en qué medida esta violencia repercute sobre el crecimiento económico. A este respecto, el propio autor señala la dificultad que entraña tratar de medir el impacto –en términos de la merma del crecimiento económico– más allá de los costes directos. Pues los costes indirectos –como, por ejemplo, un aumento de los gastos de seguridad y defensa– pueden, como política expansiva, tener un efecto positivo (si bien difícil de cuantificar) sobre el crecimiento económico.

Pero, quizá, de lo que más se resiente el libro sea de la premisa de la que parte el autor: a saber, que el conflicto colombiano es un conflicto político (p. 35) cuyo única solución es el diálogo, por lo que cualquier intento esencialmente militar de resolverlo –como la línea seguida por el presidente Álvaro Uribe– estaría irremediablemente condenada al fracaso (p. 345). Este argumento se repite a lo largo de todo el libro, obligando en ocasiones al autor a complicar en exceso las interpretaciones de los datos para hacerlos encajar con sus postulados. Aunque la limitación espacial de una reseña no permite una discusión más amplia, baste señalar lo poco acertado que resulta comparar los costes de los atentados con los gastos de seguridad y defensa, pues los primeros son impuestos a la población, en tanto que los segundos son fruto de una elección libre –expresada en las urnas– de los electores a favor de la seguridad. Y todo apunta que, en la práctica, el estrangulamiento económico unido a la presión militar están resultando efectivos: así al menos lo ha reconocido la guerrillera Karina, al constatar el “resquebrajamiento de las FARC”.

Guerrilleros menores de edad reclutados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)

No obstante, el libro presenta también otras debilidades que deben ser tomadas en consideración. En primer lugar conviene advertir sobre la exactitud de algunos datos: el propio autor aclara que “en muchas ocasiones se tuvo que acudir a supuestos” a fin de completar las series. Conviene recordarlo a la hora de emplear estas cifras en ulteriores estudios.

En segundo lugar, cabe señalar que el libro padece de cierto descuido en su revisión y edición final –la fe de erratas adjunta corrige únicamente aquellas referidas a los títulos de los cuadros–, lo que se hace notar especialmente en el aparato bibliográfico. Limitémonos a señalar tan sólo tres ejemplos: Carlos Medina Gallego figura unas veces como “Medina Gallego, Carlos” y otras como “Medina, Gallego”, lo que conlleva que sus artículos no figuren como entradas consecutivas. A su vez, del trabajo recogido de Robert Kirk no consta más información que el título, por lo que queda en manos del lector interesado averiguar los datos restantes; por el contrario, otras obras citadas en el texto –valga como botón de muestra Auge y caída de las grandes potencias, de Paul Kennedy– no aparecen reflejadas en la bibliografía.

En definitiva, podemos concluir que el libro de Diego Otero, al margen de las limitaciones señaladas, resulta útil como recopilación de datos, en tanto que su vertiente analítica, al menos para quien escribe esta reseña, queda algo más en entredicho, al resentirse de cierto “sesgo ideológico” que limita las interpretaciones y conclusiones alcanzadas por el autor. Pero consolémonos con las palabras que Schumpeter dirigiera a los miembros de la American Economic Association en su sesión plenaria de 1948: “Pero esto no es ninguna desgracia […] Pues si bien es cierto que avanzamos despacio [en el conocimiento económico] a causa de nuestras ideologías, quizás no avanzaríamos nada sin ellas”.