II. RESEÑAS
8.
Moral por contrato
Victoriano Martín Martín
No creo que sea exagerado afirmar que el liberalismo se ha convertido con el tiempo en una "ideología" de amplio espectro. Conservadores con ribetes ultramontanos y cínicos que abrazan la ortodoxia católica más fundamentalista se autoproclaman liberales, y aunque defienden la libertad económica, no siempre están dispuestos a defender los derechos individuales, y pasan por alto la necesidad de la cohesión social. Por el lado socialista, muchos se esfuerzan en convertir en socialdemócratas a quienes sí pueden presentar credenciales de liberal, tal vez el caso más paradigmático sea el de Adam Smith, como veremos más abajo, uno de los héroes del libro que estamos comentando.
No se entiende fácilmente el reparo de los presuntos liberales, pero que en el fondo demuestran ser conservadores, a determinados derechos subjetivos que la tolerancia y el pluralismo demandan, y no digamos el individualismo, que forma parte del núcleo duro del pensamiento liberal. La libertad y la estabilidad política parece que se aseguran mejor con cohesión social, necesaria para garantizar los derechos de propiedad y el cumplimiento de los acuerdos. Otro de los supuestos básicos del liberalismo parece ser la respuesta de los individuos a la estructura de incentivos de la sociedad. El caballo de batalla contra las políticas sociales, que liberales tan poco sospechosos como Hayek, Popper y el propio Buchanan justifican en determinadas circunstancias, es que destruyen la responsabilidad personal. Sin embargo, existe un amplio intervalo antes de llegar al punto en que tales políticas se comporten como un obstáculo a la competencia. El campo de discusión parece centrarse en quién tiene que ejecutar las políticas, porque el hecho de que el Estado tenga que garantizar determinados derechos individuales no implica que sea el propio Estado quien deba ser el protagonista de las acciones necesarias para la satisfacción de éstos. Los ejemplos de la educación, la formación continua y ocupacional, y la sanidad podrían ser ejemplos típicos a considerar.
Pues bien, cuando uno escucha a algunos presuntos liberales le asalta la duda y no tiene más remedio que preguntarse acerca de si lo que ahora se denomina liberal no va a ser otra cosa que pura carcunda. Pero, por lo que se refiere a las políticas sociales necesarias para garantizar la cohesión social, parafraseando a Adam Smith, no es necesario que se hagan en aras de la compasión, el amor o el afecto, sino por un sentido de la propia utilidad, tales políticas deben considerarse como un coste necesario en que el Estado debe incurrir para garantizar la estabilidad política y la eficiencia económica, pues, al fin y al cabo, tales políticas cooperan sobremanera a aumentar el capital humano de la sociedad.
Por fortuna, libros como el de Buchanan son más tranquilizadores, pues éste tiene por objeto, una vez más, distinguir sus puntos de vista como liberal clásico de las concepciones de los conservadores, y digo una vez más porque ésta es una tarea a la que Buchanan ha dedicado los últimos treinta años, si bien es verdad que, a pesar de sus esfuerzos, se confunden con facilidad liberales y conservadores. Tal vez las alianzas tácticas con los conservadores expliquen el contagio de las doctrinas. El intento de Buchanan de diferenciarse de los conservadores le conduce a dibujar un liberal clásico que se parece más a un tipo ideal weberiano que un individuo con el que podamos dialogar. De cualquier forma, se trata de un libro de gran interés, capaz de tranquilizarnos y mantener la esperanza en el pensamiento liberal, como toda la obra de Buchanan. Es una colección de doce ensayos, de los cuales sólo dos han sido escritos para la ocasión, el primero y el último; los otros diez fueron escritos en los últimos diez o doce años.
Por lo que se refiere al título, como el propio Buchanan explica en el primer párrafo de la introducción, hace referencia al título del último capítulo de la obra de Hayek The Constitution of Liberty, titulado "Why I am not a conservative". E intenta, por una parte, ser un homenaje a Hayek, pero también poner de manifiesto alguna diferencia. Para Buchanan, la teoría del orden espontáneo del mercado, pero sobre todo del origen espontáneo de las instituciones, dejaría en entredicho la idea de apertura al cambio consensual, idea ésta que abraza nuestro autor y explicaría su simpatía manifiesta por John Rawls. Si bien es verdad que el concepto de "The ethic of reciprocity" también lo acerca a Rawls cuando enfatiza, poniendo por testigo a Adam Smith, la importancia de actitudes y reglas de conducta además de la Ley, como la responsabilidad individual, los buenos modales y un compromiso mutuo con la ética de reciprocidad, parece estar más acorde con el sentimiento de simpatía de La teoría de los sentimientos morales que con los individuos de La riqueza de las naciones, que, movidos por el interés propio, intentan mejorar su propia condición y que, como consecuencia no querida, como si estuvieran movidos por una mano invisible, cooperan al bienestar general de una forma más efectiva que si entrara en sus designios.
Dicho de otra forma, parece que Adam Smith piensa que el factor explicativo del comportamiento humano es el propio interés, que a su vez está mitigado por el sentimiento de simpatía, pero especialmente por el poder coercitivo del Estado a través del cumplimiento de la ley. Al menos esto es lo que pensamos quienes tenemos una concepción más hobbesiana de la naturaleza humana. Pero Buchanan está convencido de que para que "tanto la democracia política efectiva como la economía de mercado funcionen bien, las interacciones de unas personas con otras deben realizarse bajo algún supuesto de reciprocidad". Lo que implica que los desconocidos sean tratados con normas de respeto mutuo. Estas proposiciones vienen sin duda avaladas por el convencimiento de Buchanan, a la manera de nuestro Francisco de Vitoria, de la igualdad sociopolítica de todos los seres humanos. La semejanza de esta idea con el concepto rawlsiano de "justicia como lealtad" explica una vez más la simpatía de Buchanan por Rawls. Además, las posibilidades del contrato permiten perfeccionar el marco institucional a pesar de que haya superado con éxito la evolución cultural. Esto es lo que explica la crítica moderada a los últimos escritos de Hayek, que avanzábamos más arriba. Finalmente, merece la pena resaltar el optimismo de nuestro autor, explicitado en las conclusiones del capítulo siete.
El sistema de libertad natural es susceptible de ser perfeccionado, antes y ahora, pero esto solamente puede hacerse realidad si lo tratamos como potencialmente alcanzable. Perdemos nuestro objeto si permanecemos encerrados dentro del caparazón científico de la realidad observada. Es la realidad imaginada la que nos puede impulsar hacia delante. Debemos mantener firmes la fe en que sólo los seres humanos son capaces de organizarse dentro de estructuras sociales que hacen posibles simultáneamente la libertad, la paz y la prosperidad (Págs. 70-71).