VI. DOCUMENTOS
17.
Reseñas de La Teoría General de Keynes
Henry Calvert Simons y Charles Oscar Hardy
La publicación de un tratado general sobre el dinero por el economista más famoso de nuestro tiempo es, desde luego, un importante acontecimiento. Mr. G. D. H. Cole ha anunciado –tan rápida e imprudentemente como hizo Sir Josiah Stamp al reseñar el Treatise of Money anterior de Mr. Keynes– que marca una nueva era en el progreso del pensamiento económico; y el libro ha recibido una atención seria y respetuosa en los círculos en los que su contenido se considera como una parábola, como lo es el manifiesto comunista. Popularmente se considera a Mr. Keynes como uno de los auténticos genios de su generación; y a pesar de su advertencia de que está escribiendo para especialistas, el libro podrá ser disfrutado tanto en los círculos académicos como en los no académicos. Por consiguiente, es una publicación que también puede ser leída por profanos que cultivan la reputación de ser lectores serios y brillantes conversadores.
El libro es en gran medida una revisión (si no un rechazo) del primer volumen del Treatise of Money y, como dicha obra, está repleto de brillantes observaciones y, en ocasiones, de críticas devastadoras hacia otros autores. Sin embargo, como tratado general sobre el dinero adolece de forma y estructura y simplemente es una colección de interesantes proposiciones, expuestas con torpeza y presentadas con poca o nula indicación sobre los supuestos generales y postulados en los que se basa para demostrar su posible validez o relevancia. En pocas ocasiones se definen explícitamente los términos extraños y originales del análisis; y aquellos supuestos necesarios que el autor reconoce (por ejemplo, el de la rigidez de los salarios) son insinuados de forma poco clara. Es más, en ninguna parte se puede descubrir, y ni siquiera se insinúa, la naturaleza del sistema monetario que presupone en su argumentación. Por tanto, el autor nos proporciona una teoría del empleo, el interés y el dinero que alcanza la generalidad por no referirse a nada en absoluto.

El principal punto de Mr. Keynes es que nuestro sistema económico ha estado expuesto y sujeto excesivamente a presiones deflacionistas –que los ahorros individuales están casi condenados a mantenerse atesorados, en vez de fluir para financiar la producción de los activos de inversión. Con este juicio, el autor de esta reseña se inclina a estar absolutamente de acuerdo. No obstante, si la totalidad del libro pudiera simplemente interpretarse como una valoración crítica del patrón oro tradicional, instrumentalizado mediante las operaciones del banco central, nuestra valoración de sus principales ideas podría ser sumamente favorable. Sin embargo, el autor no nos invita a dicha interpretación. Es más, si el libro es bueno como crítica de los acuerdos monetarios del pasado, sin duda alguna no resulta recomendable por sus sugerencias e implicaciones respecto a los acuerdos deseables para el futuro.
Al anunciar una teoría general, Mr. Keynes proporciona simplemente una colección de generalizaciones y juicios prácticos que tienen gran validez respecto a las condiciones particulares de la Inglaterra de posguerra y de otros países desde 1930. La renuncia simbólica a emplear proposiciones prácticas sirve únicamente para mantenerlas de forma oscura y ambigua. Sin embargo, claramente sus propuestas de solución funcionan ahora gracias a una gran y curiosa variedad de recursos –en términos de un tipo de interferencia política muy difusa. Los pasajes analíticos indican, a menudo de forma instructiva, cómo las perturbaciones monetarias se manifiestan en diferentes aspectos del comportamiento económico y en distintas fases del proceso económico; y parece que tratan de demostrar que una política gubernamental acertada debe ocuparse directamente de muchas relaciones concretas. Por tanto, el Estado debería emplear la imposición para reducir el ahorro privado; debería complementar el consumo privado y la inversión con su propio gasto, y debería hacer bajar y mantener bajo el tipo de interés para fomentar la creación de nuevas empresas. En ocasiones, el autor parece sugerir que el Gobierno tiene que fijar completamente el volumen de inversión y el tipo de interés.
En ninguna parte Mr. Keynes propone que sea necesario para la economía que se lleven a cabo los tipos de interferencia gubernamental; y parece hacer caso omiso de, o subestimar de forma escandalosa, las posibilidades de controlar todas las variables que su análisis enfatiza simplemente mediante el control de la cantidad de dinero –por ejemplo, mediante el manejo de la práctica fiscal (gasto, imposición, endeudamiento y emisión de moneda) en términos de política monetaria prudente. Él pasa por alto la necesidad (sugerida sin lugar a dudas por su propio análisis) de minimizar las incertidumbres monetarias y la consecución de un sistema monetario basado en reglas definitivas y estables. Por tanto, aunque expresa una indudable preferencia por un sistema económico de libre empresa, no considera seriamente qué acuerdos monetarios o qué actuaciones de política monetaria son más o menos compatibles con ese sistema.
Mr. Keynes presenta su tratado como un ataque frontal a la teoría económica tradicional. Los economistas ortodoxos están bastante indefensos respecto a las malas aplicaciones que se pueden hacer de su análisis de precios relativos –de aplicar sin la debida atención un análisis que se abstrae de las perturbaciones monetarias en la discusión de cuestiones prácticas para las que los problemas monetarios son de crucial importancia. (La habitual conferencia académica o el capítulo del libro de texto sobre comercio extranjero y política arancelaria es el caso llamativo a señalar). Sin embargo, el autor ataca no las malas aplicaciones de la teoría tradicional, sino la propia teoría –con resultados que sólo impresionarán al incompetente.
No sólo el ataque a la ortodoxia está mal dirigido, sino que también es indiscreto. No contento con señalar los defectos de las posturas tradicionales, Mr. Keynes procede a adoptar la causa de un ejército de maniáticos y de herejes sobre la base simplemente de que sus proyectos o ideas han supuesto o sugerido por casualidad un alivio de las tendencias deflacionistas en la economía. La afición por una teoría del valor trabajo puede perdonarse como mero diletantismo intelectual; pero el autor podría haber criticado a los economistas de una forma apropiada por su negligencia respecto a los problemas monetarios sin respaldar el mercantilismo, la autarquía, el crédito social, la moneda acuñada, el exagerado gasto público, el impuesto único, las teorías del subconsumo y las leyes de usura. El autor de la reseña no está más inclinado a ser más generoso respecto a la ortodoxia monetaria que lo que es Mr. Keynes. Pero la sofisticada tomadura de pelo académica que comete en este volumen, aunque encantadora y divertida en su propio contexto, no debería hacerse pública en momentos como este, al menos por personas con la reputación de Mr. Keynes.
Se debe advertir a los lectores respecto al atrevimiento del autor, que ha evitado apoyarse en recursos prácticos en favor de una investigación analítica objetiva, y avisarles de no aceptar de forma apresurada y crédula el análisis, argumentos y juicios críticos que son siempre muy sofisticados y a menudo meramente sofísticos. Los lectores críticos encontrarán razones para desconfiar, ya que o Mr. Keynes ha llegado a ser demasiado sensible a sus propias y hábiles convicciones o teniendo pocos laureles más que ganar como economista, ahora aspira también a ser recordado como una persona muy ingeniosa. Sin embargo, intentar ser malicioso e irritar saludablemente a sus iguales sólo puede convertirle en el ídolo de nuestros peores maniáticos y charlatanes –por no mencionar las posibilidades del libro como biblia económica de un movimiento fascista.
Muchos economistas, incluyendo al autor de la reseña, darán la bienvenida a la oportunidad de defender a Mr. Keynes contra todos los defensores de políticas monetarias reaccionarias, y contra quienes creen poder hablar con sentido de nuestros problemas económicos urgentes aunque se abstraigan de las perturbaciones monetarias. Pero sólo una clase de destino le depara la aprobación que den los tontos a su obra.

Este volumen recoge un examen crítico de la teoría clásica de las relaciones entre los factores monetarios y no monetarios que determinan el flujo de renta monetaria, el volumen de empleo, el tipo de interés y los niveles de consumo e inversión, junto con un análisis detallado de las interrelaciones de estos factores en unas líneas que difieren marcadamente de la aportación clásica. En general, la doctrina de Keynes como se esboza aquí es una elaboración de conceptos que fueron imaginados por Malthus y Karl Marx; pero su estructura conceptual es en gran medida nueva. La ruptura con la teoría aceptada es drástica; la nueva doctrina rechaza: a) que el precio de la demanda del producto industrial en su totalidad tenga que ser igual al precio de la oferta; b) que el tipo de interés sea el precio que equilibra la oferta de ahorro con el tipo de inversión; c) que el desempleo se deba simplemente a perturbaciones friccionales y a la falta de inclinación a trabajar al tipo salarial imperante; d) que la reducción de los salarios monetarios tienda a incrementar el volumen de empleo y de output; e) la teoría cuantitativa del dinero. También supone una aceptación autorizada de la posición mercantilista respecto a la balanza de pagos extranjeros.
Resulta imposible en la extensión de una breve reseña resumir la cadena argumental en la que Mr. Keynes apoya sus conclusiones, y menos aún discutir su validez. El principal interés del libro reside en sus secciones puramente teóricas, que por regla general son nuevas, coherentes y consistentes. No existe intento para la verificación estadística, y los datos concretos son utilizados por motivos de ilustración y sólo de un modo muy incompleto. La crítica de las posturas rivales dista mucho de ser exhaustiva, y a veces es desdeñosa. Las conclusiones, como, por ejemplo, las referentes a la política social, no están satisfactoriamente integradas en la teoría. Sin embargo, todas estas cosas tienen una importancia secundaria, si, como creo, el libro supone un avance en el análisis teórico.
Aunque supongo que Mr. Keynes no la aceptaría como una exposición adecuada de sus más importantes descubrimientos, la teoría puede esbozarse como sigue:
1) Se desestima considerar el tipo de interés como un precio que equilibra la demanda y la oferta de ahorro, porque los ahorradores tienen que elegir entre mantener sus ahorros en efectivo y ponerlos a disposición del mercado de inversión. Por lo tanto, el tipo de interés no equilibra la demanda de capital líquido con la oferta de ahorro, sino más bien con la de "no atesorar". La cantidad ahorrada es una función de la renta y de la propensión a consumir, mientras que la cantidad prestada es una función de la demanda de dinero y de la fortaleza de la "preferencia por la liquidez". La demanda de fondos por parte de los inversores depende de la eficiencia marginal del capital, pero no se refiere a la productividad marginal del capital real, sino a la anticipada. Normalmente, un incremento de la renta conduce a una mayor disposición y capacidad para ahorrar, pero también a un deseo mayor de saldos líquidos. Con una renta incrementada, la absorción de ahorros a través del intento de los ahorradores de aumentar los saldos líquidos conduce a una disminución del total de flujos de fondos mediante los canales de inversión y consumo combinados, y por lo tanto, a una disminución de la renta. Los individuos intentan ahorrar más de lo que invierten (de manera diferente a la de los saldos de caja), pero el ahorro total no supera la inversión total porque la retirada de fondos de circulación en un punto obliga o al desahorro o a reducir la renta y reducir el ahorro en cualquier otro punto.
2) Un decremento en el volumen de fondos que fluyen a través de los mercados necesita o una reducción en el volumen de empleo o una caída en la tasa salarial. Una caída en la tasa salarial, que devolvería el equilibrio al mercado de trabajo si la renta se mantuviera constante, no consigue el equilibrio porque tiende a causar un decremento adicional de la renta y una disminución adicional de la cantidad de inversión más consumo. El sistema de precios no puede equilibrar el mercado de trabajo.
3) Un incremento en la cantidad de dinero tiende a remediar la situación por dos vías: a) porque a través de tipos de interés menores se tiende a equilibrar la eficiencia marginal del capital y la tasa de rendimiento necesaria para motivar a los ahorradores a no atesorar, y b) porque oferta medios adicionales para satisfacer la preferencia por la liquidez. Pero existe el peligro de que el proceso de incrementar la cantidad de dinero pueda perjudicar la confianza empresarial y estimular la preferencia por la liquidez. Hay una mayor esperanza de solución mediante el estímulo directo de la inversión, o del consumo, a través de la acción estatal.

La contribución esencial del libro, tal como el autor de la reseña lo lee, reside en el enorme énfasis que Keynes otorga a la preferencia por la liquidez como un elemento perturbador a la hora de equilibrar el mercado. Pero la preferencia por la liquidez necesita de un estudio más profundo. No supone meramente elecciones entre saldos de caja y préstamos, sino también entre las formas de préstamo. Es más, la inversión de fondos prestados supone una pérdida de liquidez tanto para el prestatario como para el prestamista, por lo que un incremento general de la preferencia por la liquidez significa una disminución en la demanda, así como en la oferta, de fondos susceptibles de préstamo. Un incremento en la preferencia por la liquidez sin un cambio en la oferta monetaria realmente reducirá el tipo de interés del mercado de los instrumentos (como las letras a corto plazo) que requieren un mínimo sacrificio de liquidez para los prestamistas y el máximo sacrificio para los prestatarios, mientras que hace caros o no disponibles los fondos para préstamos no líquidos. Un cambio en la preferencia por la liquidez no cambia simplemente el tipo de interés, sino que mueve totalmente una escala de tipos. El análisis de las páginas 180-181 se viene abajo porque el supuesto de un incremento de la inversión sin un cambio en la preferencia por la liquidez es imposible. Un aumento en la buena disposición a invertir es un cambio en la preferencia por la liquidez. Es más, la oferta monetaria está afectada directamente por cambios en las preferencias por la liquidez de los banqueros y prestatarios bancarios. El descuido de estos factores ha involucrado a Keynes en dificultades comparables a aquellas que, como señala categóricamente (pág. 179), surgen del supuesto de que la curva de demanda de capital puede desplazarse sin un cambio en la renta total.
También se puede exceptuar gran parte del argumento de Keynes respecto al efecto de los cortes salariales tendentes a reducir la renta total y, por tanto, el volumen de empleo (págs. 262-264), aunque la conclusión puede ser correcta. La transferencia de renta de los perceptores de salarios a otros factores es probable que sea para disminuir la propensión a consumir, y de ahí aumentar el volumen de ahorro; pero el punto esencial no es la cantidad de ahorro, sino la cantidad utilizada para satisfacer la preferencia por la liquidez. ¿Los trabajadores atesoran una proporción mayor o menor de sus ahorros que otros ahorradores? El punto de que si una reducción de los salarios lleva a la expectativa de una reducción salarial adicional tendrá el efecto, a corto plazo, de desanimar la inversión, es igualmente aplicable a las reducciones de los tipos de interés, que Keynes considera totalmente favorables. El punto de que la reducción en las nóminas disminuirá la necesidad de saldos de caja para propósitos de renta y de negocios es válido bajo el supuesto de que la renta total se reducirá, que es precisamente el punto que hay que demostrar. El punto final de Keynes –en concreto, "que la influencia desalentadora que tiene una mayor carga de deuda sobre los empresarios puede parcialmente contrarrestar cualesquiera reacciones alegres debidas a la reducción de los salarios"– es también circular. Las reducciones de precios no incrementan la carga de la deuda si son el mero reflejo de las reducciones de coste. Ni se aumenta la carga real de una deuda nacional simplemente porque los precios y los salarios sean menores, a menos que la renta total sea menor. Por tanto, el argumento supone la conclusión.