Libros de Economía y Empresa - Fundación Caja Duero

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II.   RESEÑAS

12.
La instauración del buen orden económico

Salvador Giner

Libro: Nueva Economía Institucional

La prosperidad de un país o región, es decir, su crecimiento económico y el camino que emprenda para alcanzar un lugar en la zona rica y avanzada del mundo, es la idea nuclear de la ciencia económica del siglo XXI. Lamentablemente, dicha ciencia no ha logrado aún dar cuenta y razón satisfactorias del asunto. Eso sí, abundan las interpretaciones que intentan explicar la inmensa diferencia entre países ricos y pobres, y suministrar las recetas para que los segundos pasen a unirse a los primeros. Ninguna de ellas ha logrado convencer a todos. Algunas son ‘culturalistas’, otras son variedades de la reciente y aún no periclitada ‘teoría de la dependencia’, mientras que unas terceras se refugian en modos formales de análisis económico cuya vinculación con la realidad suele ser evanescente.

Así las cosas, el renacimiento de la ciencia económica institucional tiene que ser bienvenido. Como bien recuerda desde el principio la profesora Nieves San Emeterio, la Economía Instucional llama la atención inmediatamente sobre la estructura del cuerpo económico, en vez de hacerlo sobre la producción, el consumo y la distribución de bienes. Tengo para mí que fue el mismísimo Adam Smith quien, en su afán por la abolición de la red institucional semifeudal, impuso sobre la economía su inclinación a prestar toda su atención a los flujos de bienes, a su demanda y oferta. Que el origen de tal actitud proviniera ya de los mercantilistas, y no naciera con Smith, es harina de otro costal en la historia de las ideas económicas. Ésta muestra menos rupturas históricas de lo que algunos suponen (como ha puesto de relieve el maestro mismo de Nieves San Emeterio, Victoriano Martín, en sus diversos estudios de historia del pensamiento económico.) Es interesante constatar que otras ciencias sociales –la sociología, pero también la historia– están libres de haber cometido el olvido de lo institucional. De hecho, la distinción fundamental de Auguste Comte entre ‘estática’ y ‘dinámica’ sociales –trasnochada en cuando a vocabulario, pues hoy preferimos decir ‘estructrura’ y ‘cambio’– suponía ya en el siglo XIX aquello que la ciencia económica tardaría aún algún tiempo en reconocer.

Fue una lástima, en cierto modo, que el descubrimeinto del factor institucional cayera en manos de un gran economista, lamentablemente marginado, como fuera Thorstein Veblen (junto a John Commons). No sorprende, dado el carácter pugnaz, entusiasta y justiciero de su obra, que Veblen convirtiera a principios del siglo XX su enfoque institucional en movimiento intelectual, pero tampoco sorprende que su sabia mezcla de elementos filosóficos, sociológicos y morales (sobre todo estos últimos) junto a los propiamente económicos aislara su obra y la arrinconara por excéntrica por parte de no pocos economistas posteriores, quienes, eso sí, se aprovecharon de ella y de su extraordinaria originalidad, no siempre citándola.

Nueva Economía Institucional cumple con la deuda que tenemos con Veblen y los otros fundadores del institucionalismo, pero, comprensiblemente, parte de Ronald Coase y de quienes le han dado recientemente un nuevo impulso. El esfuerzo para superar la mera atención a los flujos y el mercado para centrar el análisis en la red institucional en cuyo marco ocurren lleva ya algunos decenios. Por eso un libro tan equilibrado e informativo como éste era manifiestamente necesario. (Y no sólo en castellano: el libro clama por su traducción a otras lenguas por lo menos como introducción sistemática, ecuánime y clara a la cada vez menos nueva ciencia económica institucional.)

La mayor virtud de la Economía Institucional (la de siempre y la nueva) es su realismo: su deseo de enfrentarse con el mundo tal cual. En cada país hay unas leyes (son también instituciones en el lenguaje de la ciencia social), unos tribunales de justicia, determinados partidos políticos, un sistema escolar, universidades, ejércitos, y así sucesivamente. Los países tienen un tamaño, una posición geopolítica; sus estados se llevan ciertas partes de la renta nacional, y tienen, o no, capacidad de reinversión productiva. La economía institucional, como ha señalado Douglass North, se fija en las reglas del juego para luego observar cómo se aplican en cada caso y lugar. De ahí su apertura congénita a las otras disciplinas de las ciencias sociales. El mismo Roland Coase, en un artículo de 1978, que nos recuerda la autora, sobre ‘La economía y sus disciplinas contiguas’, llamó la atención sobre la necesidad ineludible de usar los hallazgos de la ciencia política, la sociologia, la demografía y otros campos para alcanzar una visión más eficaz de la economía misma. La actual retórica sobre la necesaria multidisciplinaridad de cada especialidad suena a hueco cuando comprobamos que quienes suelen practicarla se quedan en la proclama y no pasan a cumplir con su propia prédica. No ocurre así, en general, con quienes cultivan la Economía Institucional. Sigue siendo la espléndida excepción en el panorama.

Imagen de Thorstein Bunde Veblen

El enfoque de Nieves San Emeterio, si de algo adolece, es de su sola concentración en la red estructural propia de los países occidentales avanzados. Como experta que es en la teoría de la propiedad –su libro Sobre la propiedad (Madrid, Tecnos, 2003)lo atestigua–, la autora atiende a su presencia en los lugares en los que tal red está entronizada dentro del capitalismo occidental, así como en aquellos en los que la ideología democrática moderna de redistribución y solidaridad obliga a la instauración de sistemas impositivos relativamente igualitaristas y a un aparato público asistencial potente. La problemática que surge de la corrupción generalizada en partes inmensas del mundo, el coste económico de las tiranías y dictaduras, así como de los regímenes cleptocráticos que asolan gran parte de las economías del mundo, amén de las peculiares relaciones de corrupción que se establecen entre ciertos grupos y clases de los países avanzados y prósperos y los regímenes despóticos de la periferia, no entran de lleno en su análisis. Hay una referencia al importante debate –que dura ya dos decenios como mínimo– de las relaciones que existen entre democracia y desarrollo económico –a través, en su caso, de Amartya Sen– y que continúa inconcluso. Mas este asunto, eminentemente institucional, no es explorado por este excelente trabajo, cuyo objetivo es presentar las aportaciones de la nueva Economía Institucional en el ámbito de los países avanzados.

El inmenso y rápido desarrollo de China hoy, sin embargo, en el marco de un partido único de corte stalinista, que preside la transformación capitalista e industrial y el alcance de una posición mundial de hegemonía compartida, representa un campo muy vasto de indagación para los economistas institucionales. Es evidente que allí los conceptos de responsabilidad civil y los de responsabilidad social de la empresa, por ejemplo, que condicionan en gran medida la vida económica de las democracias liberales occidentales, no son válidos. ¿Puede ignorarlos la nueva Economía Institucional? En todo caso, antes de entrar en ello, bien haría cualquiera en documentarse primero sobre los entresijos institucionales de toda economía moderna leyendo con atención la Nueva Economía Institucional de Nieves San Emeterio.