Libros de Economía y Empresa - Fundación Caja Duero

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II.   RESEÑAS

10.
Familia y negocios. Una historia de éxito

José María Ortiz-Villajos López

Libro: Dinastías. Fortunas y desdichas de las grandes familias de negocios

Hace ya más de medio siglo, David Landes (1949) llegó a asociar el lento desarrollo económico francés al predominio de la empresa familiar, por considerarla menos dinámica que las modernas formas empresariales. Ahora, en cambio, presenta una visión mucho más optimista del papel de las organizaciones familiares. Para ello, se apoya en el análisis de una serie de dinastías que han sido capaces de construir y mantener durante largo tiempo auténticos emporios empresariales, y cuyas aportaciones "van más allá de un contexto local e incluso nacional, y han sido fundamentales para la creación de un entorno comercial global" (pág. XVIII).

Para Landes, una dinastía es "una sucesión de al menos tres generaciones de negocio familiar, marcado por una continuidad de identidades e intereses" (pág. 323). Sagas de este tipo ha habido en muchas épocas y lugares, aunque con una gran variedad en su forma de actuar. Esta diversidad se explica, sobre todo, por dos factores: la naturaleza de la actividad empresarial y la manera en que el entorno social ha valorado la actividad económica. El análisis de la influencia de estos factores en las estrategias empresariales es uno de los núcleos del libro. Pero el autor no ha pretendido hacer un estudio exhaustivo: se ha centrado en unos pocos casos y, fundamentalmente, en la época contemporánea. A pesar de estas limitaciones, los casos estudiados son lo suficientemente importantes y variados como para que las conclusiones puedan considerarse significativas.

Las dinastías seleccionadas han sido once: tres del mundo de la banca (Baring, Rothschild y Morgan); cuatro de la automoción (Ford, Agnelli, Peugeot y Toyoda) y cuatro del minero-metalúrgico (Rockefeller, Guggenheim, Schlumberger y Wendel). A partir de fuentes secundarias, Landes resume la evolución, éxitos y fracasos de cada saga desde sus orígenes hasta hoy. Se fija especialmente en los factores que hicieron que estas familias se convirtieran en dinastías empresariales, en los problemas y aportaciones de cada generación al negocio familiar, en el diverso papel desempeñado por los directivos contratados en las empresas, y en las influencias del entorno social, religión y aspectos personales en la historia de cada una. Aunque son pocos, los casos reflejan una notable diversidad en cuanto a los orígenes, actividades, caracteres, circunstancias sociopolíticas y creencias religiosas de los fundadores y herederos de estas famosas dinastías.

Imagen: Villa Rothschild (Cannes).

El libro no se detiene en clasificar ni en cuantificar el influjo de estos aspectos en los respectivos negocios. Sin embargo, los datos que aporta permiten hacer algunas clasificaciones de interés para los estudiosos de la historia de la empresa. Así, según la actividad económica de partida, nos encontramos con que los Baring, Peugeot, Toyoda, Schlumberger y Wendel comenzaron como artesanos; los Rothschild como cambistas-prestamistas; los Morgan y Ford como agricultores; los Agnelli como terratenientes y los Rockefeller y Guggenheim como comerciantes. En cuatro de ellas (Rothschild, Ford, Agnelli y Rockefeller), los fundadores fueron empresarios hechos a sí mismos, mientras que en las siete restantes (Baring, Morgan, Peugeot, Toyoda, Guggenheim, Schlumberger y Wendel) la tradición familiar fue más importante. Los orígenes religiosos también fueron diversos, pues hubo desde judíos (Rothschild y Guggenheim) y protestantes (Baring, Morgan, Ford, Rockefeller y Schlumberger), hasta católicos (Agnelli, Peugeot y Wendel) y budistas (Toyoda). Los países de origen fueron siete: Gran Bretaña (Baring), Alemania (Rothschild), Estados Unidos (Morgan, Ford y Rockefeller), Italia (Agnelli), Francia (Peugeot, Schlumberger y Wendel), Japón (Toyoda) y Suiza (Guggenheim). Por último, si nos fijamos en el tipo de educación del miembro más destacado de la dinastía, se advierte que en la mayor parte de los casos (Baring, Rothschild, Ford, Peugeot, Guggenheim, Schlumberger y Rockefeller) bastó una formación práctica; sólo tres tuvieron formación universitaria (Morgan, Toyoda y Wendel), y uno, militar (Agnelli).

Aunque esta clasificación es seguramente mejorable, es útil para advertir que los intentos de explicar el éxito empresarial a partir de un solo factor –geografía, genética, religión, educación, etcétera– son insostenibles. Los determinantes son múltiples y complejos y, por tanto, requieren investigaciones amplias y apoyadas en análisis cuantitativos. Aunque es claro que la visión de Landes sobre esta cuestión no es simplista, su objetivo no es analizar los determinantes del éxito empresarial en términos generales. De lo que realmente se ocupa es de describir los diversos caminos o modelos seguidos por las familias señaladas para llegar a convertirse en grandes empresas dinásticas. Sin salir de este plano, el estudio pone de manifiesto que, a pesar de su gran diversidad, todas compartieron algunos elementos comunes que fueron la clave de su éxito: la voluntad de crear, engrandecer o mantener la empresa familiar; una visión genial para los negocios por parte de alguno o algunos de los miembros de la saga; la decisión, temeridad o valentía para explorar caminos no transitados; el empeño y habilidad para vencer obstáculos y problemas de gran calibre. Estos aspectos, que explican el éxito y perdurabilidad de estas sagas, los alcanzaron de modos diversos y apoyándose en indistintos factores. No obstante, el ambiente social favorable o desfavorable hacia los negocios influyó decididamente en su mayor o menor efectividad. En cualquier caso, Landes subraya que el carácter familiar ha tenido más fuerza que el gerencial a la hora de superar ambientes adversos. Por eso –señala–, las compañías familiares se han comportado en general mejor que las gerenciales; y por eso también son las formas de empresa que los actuales países en vías de desarrollo, cuyo ambiente social es menos proclive a la actividad empresarial, necesitan promover para salir del atraso. He aquí las principales conclusiones del libro que, según mi parecer, no están suficientemente demostradas.

La afirmación de que los países en vías de desarrollo "necesitan un capitalismo de empresa familiar" (pág. XVIII) para salir de su atraso es sugerente y quizá cierta, pero –aparte de que Landes sólo la plantea en el prefacio y en los pensamientos finales, sin aportar evidencias que la sostengan– el problema de esos países está en un plano previo: para que puedan desarrollar un capitalismo de empresa familiar han de acometer primero sus déficit educativos, culturales, institucionales y de otro tipo. Una vez solucionados estos problemas, podrán desarrollar un capitalismo familiar o, ¿por qué no?, gerencial.

La segunda conclusión, la superioridad de la empresa familiar sobre la gerencial, es más discutible. De hecho, el propio Landes acaba matizándola al final. De cualquier modo, éste es el argumento central del libro, que, en este caso sí, aporta gran cantidad de información al respecto. El autor no oculta su desacuerdo con la tesis de Alfred Chandler (1977) sobre el inevitable declive de la empresa familiar en favor de la gerencial a medida que aumenta de tamaño. Se apoya para ello en los extraordinarios logros de las dinastías reseñadas, mostrando que fueron capaces de acometer enormes retos sin perder su carácter familiar. No cabe duda de que los Ford, Rockefeller, Guggenheim, Wendel y compañía crearon empresas de gran tamaño manteniendo durante mucho tiempo no sólo la propiedad, sino también el control casi absoluto de la empresa. Desde este punto de vista, es indudable que el carácter familiar no impidió que crecieran y se modernizaran, contradiciendo así la tesis chandleriana.

Imagen: Entrada del Rockefeller Centre (Nueva York)

Sin embargo, muchos de los datos aportados por el propio Landes indican que la cosa no está tan clara. Efectivamente, en todos los casos estudiados se observa que, a medida que las empresas crecían, se vieron en la necesidad de ir contratando directivos profesionales que ayudaran en la gestión. Es decir, con el paso del tiempo, las dinastías familiares han ido teniendo un componente gerencial cada vez más importante. Además, en bastantes casos, especialmente cuando los sucesores no han dado la talla, han sido directivos contratados los que se han hecho con el control efectivo de la empresa, aunque las familias hayan seguido ostentando la propiedad. En realidad, la mayor parte de estas sagas, por no decir todas –sin contar la de los Baring, la única que ha desaparecido–, se han acabado transformando de hecho en empresas gerenciales en las que las familias o se han convertido en meras receptoras de dividendos o se han visto en la necesidad u obligación de compartir el poder con directivos y/o capitalistas ajenos al entorno familiar. A la vista de los hechos, no parece que Chandler anduviera muy descaminado. Pero no cabe duda de que estas dinastías han mantenido durante largo tiempo un marcado carácter familiar y que éste sigue teniendo un peso no desdeñable en muchas de ellas, por lo que no se puede decir que sean propiamente gerenciales. Incluso en alguna de ellas, como la de los Rothschild, el componente familiar sigue siendo predominante, aunque también hay que señalar que se trata de la que menos ha crecido.

Parece, pues, que el tamaño de las empresas es inversamente proporcional al carácter familiar y directamente al gerencial. Lo cual no quiere decir, como Landes ha mostrado brillantemente, que una familia no pueda crear y controlar grandes empresas (aunque es más difícil que pueda con las muy grandes). Tampoco quiere decir que la compañía familiar esté obsoleta. Basta advertir que la mayor parte de las empresas actuales y pasadas han sido familiares, que éstas proporcionan la mayor parte del empleo, y que muchas grandes innovaciones han surgido en su seno. Tampoco puede olvidarse que gran parte de las grandes empresas gerenciales han sido previamente familiares. En fin, la historia muestra que la coexistencia de empresas familiares y gerenciales es esencial al capitalismo moderno. Evitemos, pues, confrontaciones simplistas y demos la bienvenida a esta nueva gran aportación de David Landes, que demuestra, a través de un conjunto de apasionantes historias, el papel insustituible y siempre actual de la empresa familiar en el desarrollo económico.