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I.   DEBATES

2.
Crítica a la ayuda externa al desarrollo

I.

Vicente Donoso

Libro: The White Man’s Burden: Why the West’s Efforts to Aid the Rest Have Done So Much Ill and so Little Good

A WILLIAM EASTERLY no se le puede negar, entre otras cualidades, una sincera valentía y mucha competencia profesional. Lo primero lo dejó claro cuando, en el capítulo 5º de su libro más conocido, The Elusive Quest for Growth, se dio el gusto de decir lo que pensaba acerca de la ayuda y de la forma en que se repartía y gestionaba por parte de las instituciones internacionales, especialmente el Banco Mundial. Nada de particular si se piensa en el inicio de un debate franco sobre un tópico que mueve miles de millones de euros al año, salvo por el detalle de que Easterly llevaba dieciseis años trabajando en la institución aludida, que parece que no encajó especialmente bien el ejercicio de libertad científica de su autor. Como ha comentado con elegancia Romain Wacziarg: "esta crítica tuvo como principal consecuencia una reorientación involuntaria de la trayectoria profesional del autor", que ahora imparte cursos y másters sobre teoría del desarrollo, y particularmente sobre el desarrollo de África, en la Universidad de Nueva York.

La competencia de Easterly ha quedado plasmada, antes y después, en libros, artículos, casos de estudio, informes y documentos de trabajo diversos. De momento, su libro más reciente es precisamente el que motiva este comentario, donde vuelve por extenso al problema de la ayuda internacional y de los problemas del desarrollo, pero ahora aún más libre de cualquier traba institucional para expresar sus ideas. Esto que, en principio, es una ventaja para cualquier trabajo científico, se convierte, en mi opinión, en uno de sus puntos más vulnerables, al haber sucumbido el autor a la tentación –en cuyo filo se mueve todo buen publicista– de impresionar a sus lectores con una nutrida salva de pirotecnia crítica. Y por aquí voy a comenzar mi revisión, pues no se trata de un problema menor.

El lector ha que tener claro que el libro que se comenta no es un producto académico, sino de alta divulgación, con el propósito de que pueda llegar a, y ser entendida por, un público más amplio, al menos en la gran mayoría de sus páginas. Esto lo sitúa en un género literario donde, a diferencia de lo que ocurre en las publicaciones académicas, la voluntad de hacer atractivo el contenido permite unas licencias de estilo y forma que son convenientes, e incluso necesarias. Se trata sin duda de un recurso legítimo de invitación a la lectura a un círculo extenso de lectores, pero cuyo manejo requiere mucho pulso para evitar que se desboque. A Easterly, consciente o inconscientemente, le ha faltado ese pulso en no pocas ocasiones. Hay al menos tres ejemplos sobresalientes:

– El primero es la distinción que recorre todas las páginas entre los buscadores (searchers) y los planificadores (planners): los primeros serían los "buenos", los eficaces, los abogados del nuevo enfoque, que aciertan con la instrumentación de la ayuda; los segundos serían los "malos", los burócratas, los abogados del enfoque tradicional, que se extravían en grandes metas. Este maniqueísmo, que puede ser del gusto de cierto público estadounidense, no lo es ciertamente del autor de esta reseña ni de otros varios comentaristas que han criticado abiertamente esta exagerada polarización.

– Un segundo ejemplo está en la alternativa simplista entre mercado y planes: "el mejor plan es no tener ningún plan" (p.5), o "planificadores y gansters" (p.112), o todavía, "los ricos tienen mercados; los pobres, burócratas" (p.165).

– Un tercer ejemplo lo constituye la frecuente contraposición entre los grandes y costosos proyectos de organismos multilaterales y gobiernos y los pequeños proyectos de colectivos de ayuda, ONG y similares, encaminados a resolver problemas abarcables y concretos ("el objetivo debería ser hacer que los individuos estén mejor; no transformar gobiernos o sociedades", p.368); una especie de "lo pequeño es hermoso" cuya punta de verdad no puede ocultar la ingenuidad que supone su empleo como receta general.

Pero, una vez que el lector descuenta este tipo de muletas descriptivas e interpretativas, muchas veces desafortunadas, y pasa por alto el tono pretendidamente provocador, los siete capítulos de la obra ofrecen al experto y al lector medio interesado todo un arsenal de enfoques, informaciones e incluso técnicas que hacen que el libro sea altamente valioso.

En primer lugar, para los interesados en el tema de la ayuda es relevante, más allá del lenguaje en que a veces lo envuelve Easterly, atender a los argumentos de por qué la ayuda parece mostrar una eficacia tan limitada. La realidad de que tenga que pasar necesariamente a través de los gobiernos, el hecho de que a veces se entierren millones en megaproyectos que no funcionarán, las posibilidades de corrupción y el apoyo que esto supone para situaciones incluso antidemocráticas son asuntos a considerar; por eso, como apunta acertadamente el autor, el Banco Mundial y el Fondo buscan ahora interlocución fuera del gobierno, en la "sociedad civil" (p. 144). Aparte de otros remedios que se comentarán más adelante, la propuesta de Easterly hay que suscribirla (y, de hecho, mejor o peor, se viene practicando), pues consiste, entre otras cosas, en introducir mecanismos de retroalimentación (feedback) entre proyectos y resultados que permitan su reformulación en caso de errores, y además en hacer obligatoria la rendición de cuentas (accountability) de los responsables, que, en caso de fracaso, deberán afrontar la sanción correspondiente bajo la forma de dimisión, por ejemplo. Estas notas correctoras acercarían la instrumentación de la ayuda a una actuación parecida a la del mercado, lo que a Easterly le parece un planteamiento que "suena a prometedor" (p.380).

Un tema fundamental es el de los mecanismos del desarrollo económico; al fin y al cabo, si la ayuda internacional fracasa (y ha fracasado en grandísima medida, según Easterly) ello se debe a que está soportada por una idea equivocada de la "mecánica del desarrollo económico", como diría el Nobel Robert Lucas. Una importante razón de este fracaso estriba en el carácter "esquivo" de los mismos fundamentos del desarrollo, que no se dejan fácilmente aprehender. Tanto los planteamientos teóricos como las contrastaciones empíricas están plagados de problemas. En los enfoques habituales, sean del tipo más exógeno o más endógeno, el acento se pone en la inversión, en los factores tecnológicos, en la cualificación del trabajo, en factores demográficos, que serían insuficientes por falta de ahorro o por otras carencias que configurarían una auténtica "trampa de la pobreza". A partir de estos supuestos, los remedios tienen que ver con propiciar un "gran empujón" ("la terca pervivencia de la leyenda del Big Push a pesar de su fracaso", p.55), o con la entrada de ahorro para cerrar las brechas de la inversión y las importaciones, o el esfuerzo por el progreso tecnológico... Este enfoque justificará el gastar ingentes cantidades de recursos (la ayuda ha sumado 2,3 billones de dólares en los últimos cincuenta años) para promover el desarrollo; pero se olvida que el problema está en otra parte, y no tiene que ver con esa pretendida "trampa de la pobreza", sino con el mal gobierno, la corrupción y la falta de instituciones democráticas.

Por tanto, quizá la propuesta más decisiva que veo en el libro –expuesta por Easterly con cierta modestia y sin elevarla a la categoría de "receta"– sea el fomento en los países en desarrollo de instituciones de gobierno político y económico que deberían poseer, al menos, dos cualidades: ser descentralizadas, al estilo del mercado, cuya coordinación no procede de una autoridad central, sino de la actuación interesada de los agentes mediante las señales de los precios, y construirse de abajo a arriba, es decir, desde la actuación múltiple y más bien espontánea de los sujetos antes que desde los planteamientos con tiralíneas de la ingeniería social. Naturalmente, la dificultad fundamental de esta propuesta es cómo se consigue dicha dinámica creadora de instituciones en sociedades de las características de muchos países en desarrollo. En cualquier caso, Easterly rechaza explícitamente la "causalidad inversa", es decir, la que iría del desarrollo económico a la implantación de instituciones democráticas, que puede que haya estado en el fondo (y quizá todavía lo esté) de los enfoques de determinados organismos internacionales.

Por lo que respecta a los contrastes empíricos, que justifican la pertinencia de estos enfoques teóricos que a Easterly le parecen no acertados, hay dos aspectos criticables: uno primero es la dificultad intrínseca que presentan dichos estudios por una variada suerte de razones: falta de datos, inadecuación de los existentes, problemas econométricos para establecer relaciones causales... Pero, además, desde un punto de vista subjetivo, la aceptación de los contrastes sufre un "sesgo de confirmación", es decir, la inclinación de los responsables de la ayuda a elegir como válidos, frente a otros, aquellos estudios que corroboran sus puntos de vista (p.48). Sobre estas cuestiones, el autor escribe páginas muy interesantes, sin duda más orientadas a los especialistas que al gran público, aunque las conclusiones sean de interés para todos. A este planteamiento, un tanto desencantado, se le puede objetar que, no obstante el reconocimiento de las críticas aducidas, un balance conjunto ofrece unos resultados más esperanzadores. Podría enunciarse así: es posible que los numerosos estudios no marquen con mucha claridad (o incluso, a veces, con ninguna claridad) el camino que lleva al desarrollo, pero lo que sí se puede afirmar es que nos enseñan con una alta probabilidad el camino que no lleva al desarrollo, y eso ya es mucho.

Por último, hay que mencionar, como se ha hecho por diversos autores, el gran arsenal de datos empíricos, de proyectos de desarrollo, de casos y de países comentados en la obra, que muestran el gran conocimiento de la realidad que atesora el autor, y que constituyen parte muy sustancial de las aportaciones más relevantes del libro, aunque sean menos impactantes que las forzadas contraposiciones, las frases lapidarias o los juicios sumarísimos sobre ciertas instituciones o incluso sobre personas y especialistas (por ejemplo, Jeffrey Sachs, al que critica duramente).

¿Qué queda al final? Mucho y bueno, no obstante las simplificaciones y exageraciones casi tan evidentes como sus méritos. Quedará, sin duda, el Big Push que el libro ha dado al debate sobre la ayuda al desarrollo; algo impagable en tiempos en que recursos y discurso están absorbidos por luchas globales discutibles. Quedará un acervo empírico que permitirá a especialistas y público en general un conocimiento concreto de la realidad de la ayuda. Quedará, en la estela de muchos planteamientos recientes, la necesidad y la urgencia de fundar el desarrollo, también, aunque en mi opinión no exclusivamente, en la introducción y consolidación de instituciones de gobierno político y económico de las sociedades; un terreno donde el autor está bien acompañado por expertos como Acemoglu, Alesina y Rodrick.

Quedará mucho del competente debate sobre las teorías y los contrastes empíricos del desarrollo, donde, sobre todo los especialistas, encontrarán materia de análisis. En cambio, según mi opinión, no se sostendrán algunas simplificaciones, contraposiciones y exageraciones que se han comentado en páginas anteriores; tal vez se reformarán algo las instituciones multilaterales en el sentido indicado por el autor, y seguro que seguiremos defendiendo, quizá a pesar de Easterly, que una encuesta histórica sobre los caminos del desarrollo nos lleva a la profunda convicción de que mercado e intervención pública son dos caras necesarias de una misma moneda que por paradójico que pueda sonar, libros de esta importancia, aunque sesgados más bien al campo "liberal", ayudan a comprender y plantear más adecuadamente. En resumen, una obra que hay que leer y sobre la que hay mucho que reflexionar y debatir.


II.

Rafael Dobado González

William Easterly

BUENA parte de este libro pretende demostrar que Occidente es el gran culpable de las adversidades del Resto. Su ajuste de cuentas con el pasado no deja títere con cabeza: misioneros, cazadores de esclavos, diplomáticos, militares, funcionarios internacionales, economistas, expertos en ayuda al desarrollo, cantantes y otras celebridades, políticos, etc. Sus acciones en el transcurso de los siglos conforman el pozo de todos los males: la "carga del hombre blanco", que tantas veces –en acepciones distintas, se diría– aparece a lo largo de las páginas del libro. De ahí que los principales problemas contemporáneos del Resto tengan algún antecedente del que quepa responsabilizar a Occidente.

Objetivo tan grandioso e improbable está condenado al fracaso. No por ello el libro carece de interés. Su autor es un reputado economista estadounidense con una larga experiencia en cooperación económica internacional. Si, siguiendo sus propias recomendaciones, los "planificadores" –los defensores del enfoque "tradicional" en materia de ayuda– se hubieran ocupado de un objetivo algo más modesto, seguiría tratándose de un libro de indudable relevancia respecto a una de las dos "tragedias" de los "pobres del mundo": la pobreza extrema y sus consecuencias. Pero señalar por qué la espectacular suma de 2,3 billones de dólares gastados por Occidente –¿y Japón?– en los últimos cincuenta años en ayuda al Resto no ha conseguido mejores resultados (“la otra "tragedia") no le ha parecido a Easterly suficiente. El libro consta, pues, de dos partes bien diferenciadas. Una trata de cuestiones que conoce bien y es de lectura altamente recomendable, aunque no faltan generalizaciones excesivas, imprecisiones y propuestas quizá sólo algo menos utópicas que las de los denostados "planificadores"; tampoco cierta cicatería en el reconocimiento de los logros de la ayuda de Occidente al Resto. Los resultados positivos suelen ser atribuidos a los "buscadores", inicialmente definidos como los agentes que propugnan un enfoque alternativo al de los "planificadores", aunque, en realidad, resultan ser los "buenos" de la historia, desde activistas sociales hasta empresarios exitosos, pasando por unos pocos políticos.

No me extenderé comentando esta parte del libro. Sí apuntaré que alguien tan combativo con la "carga del hombre blanco" debería dedicar algo de esfuerzo a argumentar sobre la existencia de una obligación moral de Occidente hacia el Resto. O a reflexionar sobre los efectos de la ayuda sobre el crecimiento económico del Resto. A este respecto, dos breves observaciones: el propio Easterly señala que, en su mayoría, los casos de éxito económico reciente son países que no han recibido mucha ayuda y que lo contrario ocurre en los de fracaso. Acerca de la causalidad entre ayuda y crecimiento, el ganés Yaw Nyargo, un "buscador", sostiene que la ayuda "distorts incentives" y "makes people look to others to solve their problems." (p. 366).

Las numerosas páginas dedicadas por Easterly a culpar a Occidente de los males del mundo son prescindibles. O tal vez no, pues ilustran bien una actitud que ha alcanzado gran predicamento entre influyentes sectores de la sociedad occidental. Esta actitud podría ser una versión actualizada, postmoderna, del paternalismo y de la condescendencia hacia el "buen salvaje" que impregnaban la formulación más tradicional de la "carga del hombre blanco” y se percibe con claridad en el tratamiento del colonialismo por Easterly. Por otra parte, gracias a algunos trabajos recientes (los de Acemoglu, Johnson y Robinson, y de Engerman y Sokoloff, principalmente), la idea de que las instituciones coloniales explican la trayectoria económica del Resto está a punto de pasar, si es que no lo ha hecho ya, a formar parte del consenso en economía. Así, me ocuparé de dos discutibles afirmaciones vertidas en el libro: 1) la "era imperial", el colonialismo de los siglos XIX y XX en África y Asia, no facilitó el desarrollo económico; 2) antes al contrario, creó las condiciones que explican la aparición de estados fallidos y mal gobierno.

La primera afirmación debería ser mucho más matizada para que no resulte contradictoria con la evidencia empírica disponible. La segunda establece una causalidad del tipo post hoc ergo propter hoc, y olvida la existencia de circunstancias condicionantes previas.

Algunos historiadores económicos llevamos tiempo intentando elaborar un análisis coste-beneficio de los imperios. El análisis riguroso de las relaciones entre colonialismo y desarrollo económico ofrece resultados tan dispares según los casos que se muestra esquivo a cualquier generalización. Apunto, de paso, que, probablemente, nunca se alcance una conclusión válida para todas las dispares situaciones históricas concretas que se engloban bajo el término colonialismo. En cualquier caso, la cuestión no puede resolverse con un puñado de datos, algunas anécdotas y buenas dosis de corrección política.

Una minoría de países africanos con pasado colonial tienen productos per cápita que podemos calificar de "europeos pobres". En algunos de ellos, el período colonial acabó hace bien poco tiempo y resultó bastante traumático. En las últimas posiciones de la ordenación continental, y mundial figuran también ex-colonias. Pero igualmente se encuentra un caso excepcional y de gran interés: Etiopía, uno de los estados con continuidad histórica más antigua y que escapó al "reparto de África", pues sólo fue ocupado por Italia entre 1936 y 1941. Su independencia secular le convierte en un buen test para la hipótesis de la "intervención" occidental. No ha hecho falta ésta para que Etiopia se encuentre hoy entre los países más pobres del Resto. Tiendo a pensar que éste bien podría ser el caso de muchos países africanos colonizados. Sensu contrario, la trayectoria de Sudáfrica ha sido muy distinta.

El examen de la historia económica mundial a muy largo plazo arroja una perspectiva diferente de la tragedia de África: la ratio de su producto per cápita respecto al mundial no ha dejado de caer desde 1500 hasta hoy. Con una significativa excepción: los años 1913-1950, cuando el retroceso simplemente se detiene. La divergencia respecto al mundo se ha incrementado sustancialmente después de la descolonización. Se trata, pues, de un problema de larga data que precede al colonialismo y lo sucede. El caso de Asia es distinto. Su producto sería aproximadamente igual al mundial entre 1500 y 1700. Desde entonces hasta 1950 no hizo sino caer, para recuperarse más tarde, significativa aunque muy desigualmente.

India ciertamente no crece entre 1820 y 1870, cuando todavía puede discutirse su condición de colonia británica, pero es que China, donde las hambrunas y las rebeliones internas influían mucho más en el curso de los acontecimientos que las limitadas "intervenciones" occidentales, retrocede. Entre 1870 y 1913, en período plenamente colonial, el crecimiento indio es más bien modesto a escala internacional, aunque contrasta con la ligera caída experimentada entre 1500 y 1820. Además, vuelve a ser mucho mayor que el casi nulo alcanzado por China. En esos años, varias colonias británicas crecen muy por encima de la media mundial (Canadá) o simplemente la superan en mayor (Singapur, Hong Kong y Sudáfrica) o menor medida (Ghana). Easterly utiliza los casos de Singapur y Hong Kong como ejemplos exóticos de éxito económico de ex-colonias. En realidad, el éxito comenzó en el período colonial. Además, cabe preguntarse cuál era la diferencia entre esos "microestados chinos" y la propia China entre mediados de los siglos XIX y XX excepto las posibilidades de crecimiento debidas a su pertenencia al Imperio de Su Graciosa Majestad. ¿Cómo explicar de otra forma una diferencia de producto per cápita a su favor casi nula en 1820, del 30% en 1870, de más del doble en 1913 y de un factor cinco en 1950? En dicho capítulo, el autor también encomia los resultados económicos sin "carga del hombre blanco" de Japón, pasando por alto dos engorrosas circunstancias: 1) la "intervención" de su compatriota el comodoro Perry y sus "barcos negros" forzando la apertura al exterior de Japón en 1854 y la adopción de tecnología e instituciones occidentales durante el período Meiji; 2) el imperialismo japonés en Asia de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX.

El comentario sobre Turquía no tiene desperdicio. Una de las razones de su éxito económico en el siglo XX sería permanecer al margen de la "carga del hombre blanco". Por supuesto, fue el Imperio Otomano el que invadió Europa Oriental y Central hasta las puertas de Viena, así como Oriente Medio y el Norte de África, para quedarse durante no poco tiempo. El producto per cápita relativo de Turquía respecto a los países europeos occidentales prácticamente no ha variado entre la Primera Guerra Mundial y la actualidad. Durante la segunda mitad del siglo XIX, Turquía estuvo repetidamente "intervenida" por Occidente en forma de préstamos exteriores, cuya acumulación llevaría a la bancarrota del Estado otomano y al subsiguiente programa de refinanciación de la deuda. Turquía no ha dejado de recurrir recientemente al FMI, uno de los más claros ejemplos, según Easterly, de "intervención" occidental en el Resto.

Retornando a la India, se nos oculta que su incapacidad para crecer entre 1913 y la independencia (1947) es el resultado de crecer hasta 1929 y de lo contrario más tarde. Tampoco nos dice que el producto per cápita alcanzado en 1929 no sería superado hasta 1960, ni que otras colonias británicas o japonesas en Asia crecieron rápidamente antes de la crisis de los treinta y la Segunda Guerra Mundial.

Para determinar si el colonialismo fue bueno o malo en términos económicos necesitaríamos un contrafactual riguroso que responda a la pregunta de qué habría ocurrido sin "intervención" occidental, y que, con alta probabilidad, sería intratable por su complejidad técnica. Además habría que distinguir entre los efectos del propio colonialismo mientras dura y los de la "herencia colonial". Mientras tanto, los pronunciamientos deberían ser menos enfáticos. Sí parece conforme a la evidencia disponible la idea de que muchos países del Resto distaban de estar en la senda del crecimiento económico moderno mucho antes de que se iniciase el colonialismo y que nada induce a pensar que, en ausencia de "intervención" occidental, hubiesen logrado situarse en ella.

Paso a continuación a la segunda de las afirmaciones de Easterly sobre el colonialismo, la relativa al "mapa del mundo" resultante del colonialismo, y la descolonización. Su inclinación por la causalidad basada en la sucesión temporal le lleva a pasar por alto episodios históricos decisivos: "The West’s drunken parallelograms did not give nations to some existing ethnic nationalities (e.g., the Kurds) while creating other nationalities (e.g. the Iraqis) where none existed before." (p.290).

El "problema kurdo" se origina siglos antes de que existiese EE.UU. y en él tienen mucho que ver tanto las rivalidades intrakurdas, en forma de conflictos fratricidas, como la intervención de potencias tan discutiblemente occidentales como el imperio otomano, la Turquía que crea Attaturk, o la dinastía Safavida iraní. En cuanto a Irak, la complejidad de su historia se resiste a cualquier esbozo. Me limitaré a señalar que Bagdad fue durante siglos (762- 1258) la capital del Califato Abasida, en el que no faltaron conflictos entre sunitas y chiitas, y que la potencia colonial en la zona desde mediados del siglo XVI hasta la Primera Guerra Mundial fue el Imperio Otomano. La presencia británica duró 15 años: de 1917 a 1932. Dada la fragmentación étnico-religiosa de Irak, que no tiene divisiones territoriales claras, ¿cómo se divide "naturalmente" sin limpieza étnica previa?

Si el colonialismo fue malo, la descolonización, una nueva utopía de los "planificadores", no fue mucho mejor. La proliferación de nuevos estados en África y Asia sería consecuencia exclusiva de decisiones unilaterales de Occidente, a quien cabría, por tanto, culpabilizar de los conflictos internos y externos subsiguientes y de sus adversos efectos sobre el desarrollo. Así, resultaría que los movimientos independentistas no habrían desempeñado ningún papel en la descolonización. Tampoco las élites autóctonas. Una historia, pues, sin protagonistas del Resto. En realidad, la descolonización tuvo muy poco de planificación por Occidente. El grueso de los procesos de descolonización tuvo lugar en un plazo históricamente tan breve como es el que media entre las independencias de la India (1947) y de Argelia (1962). La presencia británica en la Península Indostánica merecerá los adjetivos que se le deban razonablemente atribuir, pero la configuración actual del antiguo Raj, sin excluir las tres guerras entre India y Pakistán (1947- 1948, 1965 y 1971), tiene más que ver con los problemas de convivencia entre hindúes y musulmanes que con el diseño de utópicos planificadores británicos. Esos problemas no habían necesitado a los británicos para aflorar recurrentemente desde la Edad Media y tampoco su marcha ha impedido que se repitan después. ¿Cómo podría Gran Bretaña contrarrestar la falta de voluntad de convivencia entre partes suficientemente grandes de las dos comunidades? Aunque siempre habrá un público dispuesto a jalear una conclusión tan sofisticada como: "Pakistan survives in spite of Western bungling." (p. 301).

Toda desmembración de un imperio es conflictiva per se. Y ello tanto en el Resto como en la propia Europa. África dista de constituir una excepción. El proceso de independencia de la América española vino seguido de varias décadas de guerras civiles e internacionales. El mapa de la Europa central que resulta de la derrota del Imperio Austro-húngaro en la Primera Guerra Mundial es conflictivo todavía hoy. La partición del Imperio Otomano habría sido suficientemente complicada también sin la intervención occidental en Oriente Medio (guerra turco-griega de 1919-1922). La división de Irlanda tuvo duraderas y sangrientas consecuencias. ¿Ha sido pacífica la disolución del imperio soviético en el Cáucaso? ¿Hubo algo de planificación en ella?

Occidente podría haberlo hecho mal en lo que se refiere al reparto territorial entre los nuevos estados independientes. Pero hay un hecho incontestable: en África se hablan unas 2.000 lenguas. Otro hecho no menos presente, antes y después del colonialismo, es la extrema diversidad étnica de África. Las cifras varían desde unos pocos de cientos hasta alrededor de un millar de grupos étnicos más o menos claramente diferenciados. Así, en la República Democrática del Congo, un país especialmente agitado en los últimos tiempos, existen más de 200 grupos étnicos. Se superan los 250 en Nigeria. En estas condiciones, ¿cómo se crean estados viables "naturalmente"? Por otra parte, si las fronteras de la descolonización son "artificiales", ¿por qué no se han trazado otras "naturales" 30, 40 ó 50 años después? Easterly haría bien en sugerir alguna forma de remediar los problemas creados por la descolonización a este respecto. En cualquier caso, la gran diversidad étnica y sus consecuencias son anteriores al colonialismo.

En resumen, o los pueblos del Resto no tienen historia previa al colonialismo digna de mención o, cuando ésta es tenida en cuenta, parecería que ha carecido de aspectos negativos para el desarrollo. Por no citar a la geografía, factor éste que, como bien demuestra el caso de la malaria, no desempeñaría ningún efecto en las adversidades cotidianas de muchos habitantes del Resto.

Sirva el interesante –y ameno– libro de Easterly como ejemplo a evitar de pretensiones moralizantes excesivas y de dudosa relevancia en el tratamiento de un asunto tan trascendente y dramático como el de la pobreza del Resto y acerca del cual su autor no deja de pronunciarse pertinente y agudamente.