I. DEBATES
2.
Crítica a la ayuda externa al desarrollo
I.
Vicente Donoso

A WILLIAM EASTERLY no se le puede
negar, entre otras cualidades, una sincera
valentía y mucha competencia profesional.
Lo primero lo dejó claro cuando, en el
capítulo 5º de su libro más conocido, The
Elusive Quest for Growth, se dio el gusto
de decir lo que pensaba acerca de la ayuda
y de la forma en que se repartía y gestionaba
por parte de las instituciones internacionales,
especialmente el Banco
Mundial. Nada de particular si se piensa
en el inicio de un debate franco sobre un
tópico que mueve miles de millones de
euros al año, salvo por el detalle de que
Easterly llevaba dieciseis años trabajando
en la institución aludida, que parece que no
encajó especialmente bien el ejercicio de libertad
científica de su autor. Como ha comentado
con elegancia Romain Wacziarg:
"esta crítica tuvo como principal consecuencia
una reorientación involuntaria de
la trayectoria profesional del autor", que
ahora imparte cursos y másters sobre teoría
del desarrollo, y particularmente sobre
el desarrollo de África, en la Universidad de
Nueva York.
La competencia de Easterly ha quedado
plasmada, antes y después, en libros, artículos,
casos de estudio, informes y documentos
de trabajo diversos. De momento,
su libro más reciente es precisamente el que
motiva este comentario, donde vuelve por
extenso al problema de la ayuda internacional
y de los problemas del desarrollo,
pero ahora aún más libre de cualquier traba
institucional para expresar sus ideas. Esto
que, en principio, es una ventaja para cualquier
trabajo científico, se convierte, en mi
opinión, en uno de sus puntos más vulnerables,
al haber sucumbido el autor a la
tentación –en cuyo filo se mueve todo buen
publicista– de impresionar a sus lectores
con una nutrida salva de pirotecnia crítica.
Y por aquí voy a comenzar mi revisión,
pues no se trata de un problema menor.
El lector ha que tener claro que el libro
que se comenta no es un producto académico,
sino de alta divulgación, con el propósito
de que pueda llegar a, y ser entendida
por, un público más amplio, al menos
en la gran mayoría de sus páginas. Esto lo
sitúa en un género literario donde, a diferencia
de lo que ocurre en las publicaciones
académicas, la voluntad de hacer atractivo
el contenido permite unas licencias de
estilo y forma que son convenientes, e incluso
necesarias. Se trata sin duda de un recurso
legítimo de invitación a la lectura a
un círculo extenso de lectores, pero cuyo
manejo requiere mucho pulso para evitar
que se desboque. A Easterly, consciente o
inconscientemente, le ha faltado ese pulso
en no pocas ocasiones. Hay al menos tres
ejemplos sobresalientes:
– El primero es la distinción que recorre
todas las páginas entre los buscadores
(searchers) y los planificadores (planners):
los primeros serían los "buenos", los eficaces,
los abogados del nuevo enfoque, que
aciertan con la instrumentación de la ayuda;
los segundos serían los "malos", los burócratas,
los abogados del enfoque tradicional,
que se extravían en grandes metas.
Este maniqueísmo, que puede ser del gusto
de cierto público estadounidense, no lo
es ciertamente del autor de esta reseña ni
de otros varios comentaristas que han criticado
abiertamente esta exagerada polarización.
– Un segundo ejemplo está en la alternativa
simplista entre mercado y planes:
"el mejor plan es no tener ningún
plan" (p.5), o "planificadores y gansters"
(p.112), o todavía, "los ricos tienen mercados;
los pobres, burócratas" (p.165).
– Un tercer ejemplo lo constituye la
frecuente contraposición entre los grandes y
costosos proyectos de organismos multilaterales
y gobiernos y los pequeños proyectos
de colectivos de ayuda, ONG y similares,
encaminados a resolver problemas
abarcables y concretos ("el objetivo debería
ser hacer que los individuos estén mejor; no
transformar gobiernos o sociedades", p.368);
una especie de "lo pequeño es hermoso"
cuya punta de verdad no puede ocultar la
ingenuidad que supone su empleo como
receta general.
Pero, una vez que el lector descuenta
este tipo de muletas descriptivas e interpretativas,
muchas veces desafortunadas, y
pasa por alto el tono pretendidamente provocador,
los siete capítulos de la obra ofrecen
al experto y al lector medio interesado
todo un arsenal de enfoques, informaciones
e incluso técnicas que hacen que el libro
sea altamente valioso.
En primer lugar, para los interesados en
el tema de la ayuda es relevante, más allá
del lenguaje en que a veces lo envuelve
Easterly, atender a los argumentos de por
qué la ayuda parece mostrar una eficacia
tan limitada. La realidad de que tenga que
pasar necesariamente a través de los gobiernos,
el hecho de que a veces se entierren
millones en megaproyectos que no funcionarán,
las posibilidades de corrupción y el
apoyo que esto supone para situaciones
incluso antidemocráticas son asuntos a
considerar; por eso, como apunta acertadamente
el autor, el Banco Mundial y el Fondo
buscan ahora interlocución fuera del
gobierno, en la "sociedad civil" (p. 144).
Aparte de otros remedios que se comentarán
más adelante, la propuesta de Easterly
hay que suscribirla (y, de hecho, mejor o
peor, se viene practicando), pues consiste,
entre otras cosas, en introducir mecanismos
de retroalimentación (feedback) entre
proyectos y resultados que permitan su reformulación
en caso de errores, y además
en hacer obligatoria la rendición de cuentas
(accountability) de los responsables, que, en
caso de fracaso, deberán afrontar la sanción
correspondiente bajo la forma de dimisión,
por ejemplo. Estas notas correctoras acercarían
la instrumentación de la ayuda a una
actuación parecida a la del mercado, lo que
a Easterly le parece un planteamiento que
"suena a prometedor" (p.380).
Un tema fundamental es el de los mecanismos
del desarrollo económico; al fin
y al cabo, si la ayuda internacional fracasa (y
ha fracasado en grandísima medida, según
Easterly) ello se debe a que está soportada
por una idea equivocada de la "mecánica
del desarrollo económico", como diría el
Nobel Robert Lucas. Una importante razón
de este fracaso estriba en el carácter "esquivo"
de los mismos fundamentos del desarrollo,
que no se dejan fácilmente aprehender.
Tanto los planteamientos teóricos como
las contrastaciones empíricas están plagados
de problemas. En los enfoques habituales,
sean del tipo más exógeno o más
endógeno, el acento se pone en la inversión,
en los factores tecnológicos, en la cualificación
del trabajo, en factores demográficos,
que serían insuficientes por falta de
ahorro o por otras carencias que configurarían
una auténtica "trampa de la pobreza".
A partir de estos supuestos, los remedios
tienen que ver con propiciar un "gran empujón"
("la terca pervivencia de la leyenda
del Big Push a pesar de su fracaso", p.55),
o con la entrada de ahorro para cerrar las
brechas de la inversión y las importaciones,
o el esfuerzo por el progreso tecnológico...
Este enfoque justificará el gastar ingentes
cantidades de recursos (la ayuda ha
sumado 2,3 billones de dólares en los últimos
cincuenta años) para promover el
desarrollo; pero se olvida que el problema
está en otra parte, y no tiene que ver con
esa pretendida "trampa de la pobreza", sino
con el mal gobierno, la corrupción y la
falta de instituciones democráticas.
Por tanto, quizá la propuesta más decisiva
que veo en el libro –expuesta por Easterly
con cierta modestia y sin elevarla a la
categoría de "receta"– sea el fomento en
los países en desarrollo de instituciones de
gobierno político y económico que deberían
poseer, al menos, dos cualidades: ser
descentralizadas, al estilo del mercado, cuya
coordinación no procede de una autoridad
central, sino de la actuación interesada
de los agentes mediante las señales de
los precios, y construirse de abajo a arriba,
es decir, desde la actuación múltiple y más
bien espontánea de los sujetos antes que
desde los planteamientos con tiralíneas de
la ingeniería social. Naturalmente, la dificultad
fundamental de esta propuesta es
cómo se consigue dicha dinámica creadora
de instituciones en sociedades de las características
de muchos países en desarrollo. En cualquier caso, Easterly rechaza
explícitamente la "causalidad inversa", es
decir, la que iría del desarrollo económico
a la implantación de instituciones democráticas,
que puede que haya estado en el
fondo (y quizá todavía lo esté) de los enfoques
de determinados organismos internacionales.
Por lo que respecta a los contrastes empíricos,
que justifican la pertinencia de estos
enfoques teóricos que a Easterly le parecen
no acertados, hay dos aspectos
criticables: uno primero es la dificultad intrínseca
que presentan dichos estudios por
una variada suerte de razones: falta de datos,
inadecuación de los existentes, problemas
econométricos para establecer relaciones
causales... Pero, además, desde un
punto de vista subjetivo, la aceptación de
los contrastes sufre un "sesgo de confirmación",
es decir, la inclinación de los responsables
de la ayuda a elegir como válidos,
frente a otros, aquellos estudios que corroboran
sus puntos de vista (p.48). Sobre estas
cuestiones, el autor escribe páginas muy
interesantes, sin duda más orientadas a los
especialistas que al gran público, aunque
las conclusiones sean de interés para todos.
A este planteamiento, un tanto desencantado,
se le puede objetar que, no obstante
el reconocimiento de las críticas aducidas,
un balance conjunto ofrece unos resultados
más esperanzadores. Podría enunciarse
así: es posible que los numerosos estudios
no marquen con mucha claridad (o incluso,
a veces, con ninguna claridad) el camino
que lleva al desarrollo, pero lo que sí se
puede afirmar es que nos enseñan con una
alta probabilidad el camino que no lleva al
desarrollo, y eso ya es mucho.
Por último, hay que mencionar, como
se ha hecho por diversos autores, el gran
arsenal de datos empíricos, de proyectos
de desarrollo, de casos y de países comentados
en la obra, que muestran el gran conocimiento
de la realidad que atesora el
autor, y que constituyen parte muy sustancial
de las aportaciones más relevantes
del libro, aunque sean menos impactantes
que las forzadas contraposiciones, las frases
lapidarias o los juicios sumarísimos sobre
ciertas instituciones o incluso sobre
personas y especialistas (por ejemplo,
Jeffrey Sachs, al que critica duramente).
¿Qué queda al final? Mucho y bueno,
no obstante las simplificaciones y exageraciones
casi tan evidentes como sus méritos.
Quedará, sin duda, el Big Push que el
libro ha dado al debate sobre la ayuda al
desarrollo; algo impagable en tiempos en
que recursos y discurso están absorbidos
por luchas globales discutibles. Quedará
un acervo empírico que permitirá a especialistas
y público en general un conocimiento
concreto de la realidad de la ayuda.
Quedará, en la estela de muchos planteamientos
recientes, la necesidad y la urgencia
de fundar el desarrollo, también, aunque
en mi opinión no exclusivamente, en
la introducción y consolidación de instituciones
de gobierno político y económico
de las sociedades; un terreno donde el autor
está bien acompañado por expertos
como Acemoglu, Alesina y Rodrick.
Quedará mucho del competente debate
sobre las teorías y los contrastes empíricos
del desarrollo, donde, sobre todo los
especialistas, encontrarán materia de análisis.
En cambio, según mi opinión, no se
sostendrán algunas simplificaciones, contraposiciones
y exageraciones que se han
comentado en páginas anteriores; tal vez
se reformarán algo las instituciones multilaterales
en el sentido indicado por el autor,
y seguro que seguiremos defendiendo,
quizá a pesar de Easterly, que una encuesta
histórica sobre los caminos del desarrollo
nos lleva a la profunda convicción de
que mercado e intervención pública son
dos caras necesarias de una misma moneda
que por paradójico que pueda sonar, libros
de esta importancia, aunque sesgados
más bien al campo "liberal", ayudan a comprender
y plantear más adecuadamente.
En resumen, una obra que hay que leer y
sobre la que hay mucho que reflexionar y
debatir.
II.
Rafael Dobado González
BUENA parte de este libro pretende demostrar
que Occidente es el gran culpable
de las adversidades del Resto. Su ajuste de
cuentas con el pasado no deja títere con
cabeza: misioneros, cazadores de esclavos,
diplomáticos, militares, funcionarios internacionales,
economistas, expertos en ayuda
al desarrollo, cantantes y otras celebridades,
políticos, etc. Sus acciones en el transcurso
de los siglos conforman el pozo de todos
los males: la "carga del hombre blanco", que
tantas veces –en acepciones distintas, se diría–
aparece a lo largo de las páginas del libro.
De ahí que los principales problemas
contemporáneos del Resto tengan algún
antecedente del que quepa responsabilizar
a Occidente.
Objetivo tan grandioso e improbable
está condenado al fracaso. No por ello el libro
carece de interés. Su autor es un reputado
economista estadounidense con una
larga experiencia en cooperación económica
internacional. Si, siguiendo sus propias
recomendaciones, los "planificadores"
–los defensores del enfoque "tradicional"
en materia de ayuda– se hubieran ocupado
de un objetivo algo más modesto, seguiría
tratándose de un libro de indudable
relevancia respecto a una de las dos "tragedias"
de los "pobres del mundo": la pobreza
extrema y sus consecuencias. Pero señalar
por qué la espectacular suma de 2,3 billones
de dólares gastados por Occidente –¿y
Japón?– en los últimos cincuenta años en
ayuda al Resto no ha conseguido mejores
resultados (“la otra "tragedia") no le ha parecido
a Easterly suficiente. El libro consta,
pues, de dos partes bien diferenciadas. Una
trata de cuestiones que conoce bien y es de
lectura altamente recomendable, aunque no
faltan generalizaciones excesivas, imprecisiones
y propuestas quizá sólo algo menos
utópicas que las de los denostados "planificadores";
tampoco cierta cicatería en el
reconocimiento de los logros de la ayuda
de Occidente al Resto. Los resultados positivos
suelen ser atribuidos a los "buscadores",
inicialmente definidos como los agentes
que propugnan un enfoque alternativo
al de los "planificadores", aunque, en realidad,
resultan ser los "buenos" de la historia,
desde activistas sociales hasta empresarios
exitosos, pasando por unos pocos políticos.
No me extenderé comentando esta
parte del libro. Sí apuntaré que alguien tan
combativo con la "carga del hombre blanco"
debería dedicar algo de esfuerzo a argumentar
sobre la existencia de una obligación
moral de Occidente hacia el Resto. O
a reflexionar sobre los efectos de la ayuda
sobre el crecimiento económico del Resto.
A este respecto, dos breves observaciones:
el propio Easterly señala que, en su mayoría,
los casos de éxito económico reciente son
países que no han recibido mucha ayuda y
que lo contrario ocurre en los de fracaso.
Acerca de la causalidad entre ayuda y crecimiento,
el ganés Yaw Nyargo, un "buscador",
sostiene que la ayuda "distorts incentives"
y "makes people look to others to solve
their problems." (p. 366).
Las numerosas páginas dedicadas por
Easterly a culpar a Occidente de los males
del mundo son prescindibles. O tal vez no,
pues ilustran bien una actitud que ha alcanzado
gran predicamento entre influyentes
sectores de la sociedad occidental.
Esta actitud podría ser una versión actualizada,
postmoderna, del paternalismo y de
la condescendencia hacia el "buen salvaje"
que impregnaban la formulación más tradicional
de la "carga del hombre blanco” y
se percibe con claridad en el tratamiento
del colonialismo por Easterly. Por otra parte,
gracias a algunos trabajos recientes (los
de Acemoglu, Johnson y Robinson, y de
Engerman y Sokoloff, principalmente), la
idea de que las instituciones coloniales explican
la trayectoria económica del Resto
está a punto de pasar, si es que no lo ha hecho
ya, a formar parte del consenso en
economía. Así, me ocuparé de dos discutibles
afirmaciones vertidas en el libro: 1) la
"era imperial", el colonialismo de los siglos
XIX y XX en África y Asia, no facilitó el
desarrollo económico; 2) antes al contrario,
creó las condiciones que explican la aparición
de estados fallidos y mal gobierno.
La primera afirmación debería ser mucho
más matizada para que no resulte contradictoria
con la evidencia empírica disponible.
La segunda establece una causalidad
del tipo post hoc ergo propter hoc, y olvida
la existencia de circunstancias condicionantes
previas.
Algunos historiadores económicos llevamos
tiempo intentando elaborar un análisis
coste-beneficio de los imperios. El
análisis riguroso de las relaciones entre colonialismo
y desarrollo económico ofrece
resultados tan dispares según los casos que
se muestra esquivo a cualquier generalización.
Apunto, de paso, que, probablemente,
nunca se alcance una conclusión válida
para todas las dispares situaciones históricas
concretas que se engloban bajo el término
colonialismo. En cualquier caso, la cuestión
no puede resolverse con un puñado de datos,
algunas anécdotas y buenas dosis de
corrección política.
Una minoría de países africanos con
pasado colonial tienen productos per cápita
que podemos calificar de "europeos pobres".
En algunos de ellos, el período colonial
acabó hace bien poco tiempo y resultó
bastante traumático. En las últimas posiciones
de la ordenación continental, y mundial
figuran también ex-colonias. Pero igualmente
se encuentra un caso excepcional y de
gran interés: Etiopía, uno de los estados con
continuidad histórica más antigua y que
escapó al "reparto de África", pues sólo fue
ocupado por Italia entre 1936 y 1941. Su
independencia secular le convierte en un
buen test para la hipótesis de la "intervención"
occidental. No ha hecho falta ésta para que Etiopia se encuentre hoy entre
los países más pobres del Resto. Tiendo a
pensar que éste bien podría ser el caso de
muchos países africanos colonizados. Sensu
contrario, la trayectoria de Sudáfrica ha sido
muy distinta.
El examen de la historia económica
mundial a muy largo plazo arroja una perspectiva
diferente de la tragedia de África: la
ratio de su producto per cápita respecto al
mundial no ha dejado de caer desde 1500
hasta hoy. Con una significativa excepción:
los años 1913-1950, cuando el retroceso
simplemente se detiene. La divergencia respecto
al mundo se ha incrementado sustancialmente
después de la descolonización.
Se trata, pues, de un problema de larga data
que precede al colonialismo y lo sucede.
El caso de Asia es distinto. Su producto sería
aproximadamente igual al mundial entre
1500 y 1700. Desde entonces hasta 1950 no
hizo sino caer, para recuperarse más tarde,
significativa aunque muy desigualmente.
India ciertamente no crece entre 1820
y 1870, cuando todavía puede discutirse
su condición de colonia británica, pero es
que China, donde las hambrunas y las rebeliones
internas influían mucho más en el
curso de los acontecimientos que las limitadas
"intervenciones" occidentales, retrocede.
Entre 1870 y 1913, en período plenamente
colonial, el crecimiento indio es más
bien modesto a escala internacional, aunque
contrasta con la ligera caída experimentada
entre 1500 y 1820. Además, vuelve a ser
mucho mayor que el casi nulo alcanzado
por China. En esos años, varias colonias
británicas crecen muy por encima de la media
mundial (Canadá) o simplemente la superan
en mayor (Singapur, Hong Kong y
Sudáfrica) o menor medida (Ghana). Easterly
utiliza los casos de Singapur y Hong
Kong como ejemplos exóticos de éxito económico
de ex-colonias. En realidad, el éxito
comenzó en el período colonial. Además,
cabe preguntarse cuál era la diferencia entre
esos "microestados chinos" y la propia
China entre mediados de los siglos XIX y
XX excepto las posibilidades de crecimiento
debidas a su pertenencia al Imperio de Su
Graciosa Majestad. ¿Cómo explicar de otra
forma una diferencia de producto per cápita
a su favor casi nula en 1820, del 30%
en 1870, de más del doble en 1913 y de
un factor cinco en 1950? En dicho capítulo,
el autor también encomia los resultados
económicos sin "carga del hombre blanco"
de Japón, pasando por alto dos engorrosas
circunstancias: 1) la "intervención" de su
compatriota el comodoro Perry y sus "barcos negros" forzando la apertura al exterior
de Japón en 1854 y la adopción de tecnología
e instituciones occidentales durante
el período Meiji; 2) el imperialismo japonés
en Asia de las últimas décadas del siglo
XIX y primeras del XX.
El comentario sobre Turquía no tiene
desperdicio. Una de las razones de su éxito
económico en el siglo XX sería permanecer
al margen de la "carga del hombre blanco".
Por supuesto, fue el Imperio Otomano el
que invadió Europa Oriental y Central hasta
las puertas de Viena, así como Oriente
Medio y el Norte de África, para quedarse
durante no poco tiempo. El producto per
cápita relativo de Turquía respecto a los
países europeos occidentales prácticamente
no ha variado entre la Primera Guerra
Mundial y la actualidad. Durante la segunda
mitad del siglo XIX, Turquía estuvo repetidamente
"intervenida" por Occidente
en forma de préstamos exteriores, cuya acumulación
llevaría a la bancarrota del Estado
otomano y al subsiguiente programa de refinanciación
de la deuda. Turquía no ha dejado
de recurrir recientemente al FMI, uno
de los más claros ejemplos, según Easterly,
de "intervención" occidental en el Resto.
Retornando a la India, se nos oculta que
su incapacidad para crecer entre 1913 y la
independencia (1947) es el resultado de
crecer hasta 1929 y de lo contrario más tarde.
Tampoco nos dice que el producto per
cápita alcanzado en 1929 no sería superado
hasta 1960, ni que otras colonias británicas
o japonesas en Asia crecieron rápidamente
antes de la crisis de los treinta y la
Segunda Guerra Mundial.
Para determinar si el colonialismo fue
bueno o malo en términos económicos necesitaríamos
un contrafactual riguroso que
responda a la pregunta de qué habría ocurrido
sin "intervención" occidental, y que,
con alta probabilidad, sería intratable por
su complejidad técnica. Además habría
que distinguir entre los efectos del propio
colonialismo mientras dura y los de la "herencia
colonial". Mientras tanto, los pronunciamientos
deberían ser menos enfáticos.
Sí parece conforme a la evidencia
disponible la idea de que muchos países
del Resto distaban de estar en la senda del
crecimiento económico moderno mucho
antes de que se iniciase el colonialismo y
que nada induce a pensar que, en ausencia
de "intervención" occidental, hubiesen logrado
situarse en ella.
Paso a continuación a la segunda de las
afirmaciones de Easterly sobre el colonialismo,
la relativa al "mapa del mundo" resultante del colonialismo, y la descolonización. Su inclinación por la causalidad basada en la sucesión temporal le lleva a pasar por alto episodios históricos decisivos: "The West’s drunken parallelograms did not give nations to some existing ethnic nationalities (e.g., the Kurds) while creating other nationalities (e.g. the Iraqis) where none existed before." (p.290).
El "problema kurdo" se origina siglos antes de que existiese EE.UU. y en él tienen mucho que ver tanto las rivalidades intrakurdas, en forma de conflictos fratricidas, como la intervención de potencias tan discutiblemente occidentales como el imperio otomano, la Turquía que crea Attaturk, o la dinastía Safavida iraní. En cuanto a Irak, la complejidad de su historia se resiste a cualquier esbozo. Me limitaré a señalar que Bagdad fue durante siglos (762- 1258) la capital del Califato Abasida, en el que no faltaron conflictos entre sunitas y chiitas, y que la potencia colonial en la zona desde mediados del siglo XVI hasta la Primera Guerra Mundial fue el Imperio Otomano. La presencia británica duró 15 años: de 1917 a 1932. Dada la fragmentación étnico-religiosa de Irak, que no tiene divisiones territoriales claras, ¿cómo se divide "naturalmente" sin limpieza étnica previa?
Si el colonialismo fue malo, la descolonización, una nueva utopía de los "planificadores", no fue mucho mejor. La proliferación de nuevos estados en África y Asia sería consecuencia exclusiva de decisiones unilaterales de Occidente, a quien cabría, por tanto, culpabilizar de los conflictos internos y externos subsiguientes y de sus adversos efectos sobre el desarrollo. Así, resultaría que los movimientos independentistas no habrían desempeñado ningún papel en la descolonización. Tampoco las élites autóctonas. Una historia, pues, sin protagonistas del Resto. En realidad, la descolonización tuvo muy poco de planificación por Occidente. El grueso de los procesos de descolonización tuvo lugar en un plazo históricamente tan breve como es el que media entre las independencias de la India (1947) y de Argelia (1962). La presencia británica en la Península Indostánica merecerá los adjetivos que se le deban razonablemente atribuir, pero la configuración actual del antiguo Raj, sin excluir las tres guerras entre India y Pakistán (1947- 1948, 1965 y 1971), tiene más que ver con los problemas de convivencia entre hindúes y musulmanes que con el diseño de utópicos planificadores británicos. Esos problemas no habían necesitado a los británicos para aflorar recurrentemente desde la Edad Media y tampoco su marcha ha impedido que se repitan después. ¿Cómo podría Gran Bretaña contrarrestar la falta de voluntad de convivencia entre partes suficientemente grandes de las dos comunidades? Aunque siempre habrá un público dispuesto a jalear una conclusión tan sofisticada como: "Pakistan survives in spite of Western bungling." (p. 301).
Toda desmembración de un imperio es conflictiva per se. Y ello tanto en el Resto como en la propia Europa. África dista de constituir una excepción. El proceso de independencia de la América española vino seguido de varias décadas de guerras civiles e internacionales. El mapa de la Europa central que resulta de la derrota del Imperio Austro-húngaro en la Primera Guerra Mundial es conflictivo todavía hoy. La partición del Imperio Otomano habría sido suficientemente complicada también sin la intervención occidental en Oriente Medio (guerra turco-griega de 1919-1922). La división de Irlanda tuvo duraderas y sangrientas consecuencias. ¿Ha sido pacífica la disolución del imperio soviético en el Cáucaso? ¿Hubo algo de planificación en ella?
Occidente podría haberlo hecho mal en lo que se refiere al reparto territorial entre los nuevos estados independientes. Pero hay un hecho incontestable: en África se hablan unas 2.000 lenguas. Otro hecho no menos presente, antes y después del colonialismo, es la extrema diversidad étnica de África. Las cifras varían desde unos pocos de cientos hasta alrededor de un millar de grupos étnicos más o menos claramente diferenciados. Así, en la República Democrática del Congo, un país especialmente agitado en los últimos tiempos, existen más de 200 grupos étnicos. Se superan los 250 en Nigeria. En estas condiciones, ¿cómo se crean estados viables "naturalmente"? Por otra parte, si las fronteras de la descolonización son "artificiales", ¿por qué no se han trazado otras "naturales" 30, 40 ó 50 años después? Easterly haría bien en sugerir alguna forma de remediar los problemas creados por la descolonización a este respecto. En cualquier caso, la gran diversidad étnica y sus consecuencias son anteriores al colonialismo.
En resumen, o los pueblos del Resto no tienen historia previa al colonialismo digna de mención o, cuando ésta es tenida en cuenta, parecería que ha carecido de aspectos negativos para el desarrollo. Por no citar a la geografía, factor éste que, como bien demuestra el caso de la malaria, no desempeñaría ningún efecto en las adversidades cotidianas de muchos habitantes del Resto.
Sirva el interesante –y ameno– libro de Easterly como ejemplo a evitar de pretensiones moralizantes excesivas y de dudosa relevancia en el tratamiento de un asunto tan trascendente y dramático como el de la pobreza del Resto y acerca del cual su autor no deja de pronunciarse pertinente y agudamente.