V. UN MAESTRO - UN LIBRO
19.
Huerta de Soto sobre Menger
Jesús Huerta de Soto

EN DICIEMBRE de 1983, es decir, cien años después de su publicación, comencé a leer –y para mí "leer" es sinónimo de estudiar detenidamente– la obra metodológica del gran fundador de la Escuela Austriaca, Carl Menger, que ahora, casi veinticinco años después, acaba de publicarse por primera vez en español. En esa fecha ya había adquirido, de la mano de Friedrich A. Hayek y, sobre todo, de Ludwig von Mises, un conocimiento bastante profundo del abismo metodológico que separaba el enfoque analítico de la Escuela Austriaca de la ingeniería social positivista que constituía el mainstream neoclásico (en sus dos versiones: keynesiana y de la Escuela de Chicago) dominante en nuestra disciplina. En efecto, el trágico siglo XX fue ante todo víctima del "cientismo" entendido, en la terminología hayekiana, como la indebida aplicación del método de las ciencias naturales (donde existen constantes y se pueden efectuar mediciones y experimentos de laboratorio) al ámbito de la economía y de las ciencias sociales (protagonizadas por seres humanos de carne y hueso dotados de una innata capacidad creativa por lo que en él no existen constantes, la experiencia es siempre históricamente contingente y no cabe realizar experimento de laboratorio alguno).
Los errores de la economía positivista me parecían tan obvios, y las consecuencias del enfoque de ingeniería social que se derivaban de la misma tan dañinas para la sociedad en general, y para el futuro desarrollo de la ciencia económica en particular, que consideré prioritario remontarme al estudio de la Methodenstreit o "polémica sobre los métodos", que protagoniza Carl Menger con la Escuela Histórica alemana a lo largo de los últimos veinte años del siglo XIX (años después he descubierto que Menger, en realidad, fue heredero de una tradición mucho más antigua que, pasando por la de los escolásticos del Siglo de Oro español, se remonta incluso hasta los grandes jurisconsultos de la Roma clásica, a los que hoy considero, sin duda alguna, como los primeros teóricos del orden social espontáneo en la historia de la humanidad).
La obra Investigaciones sobre el método de las ciencias sociales con especial referencia a la economía política (Untersuchungen über die Methode der Socialmissenschaften und der politischen Ökonomie insbesondere) comenzó a ser concebida por Carl Menger en 1875, es decir, tan sólo cuatro años después de la publicación de sus revolucionarios Principios de Economía Política (Grundsätze der Volkswirtschaftslehre), con el doble objetivo de: a) restablecer frente al historicismo de la Escuela Ale-mana el carácter necesario y prioritario de la teoría económica (entendida como la teoría de los procesos dinámicos de cooperación social, y no como la teoría estática del equilibrio general o parcial), y b) como corolario, engarzar adecuadamente el ámbito de la teoría con el de la historia, planteando como paradigma fundamental de nuestra disciplina el estudio del surgimiento evolutivo (es decir, "orgánico" en la terminología de Menger) de las instituciones a partir de la acción humana individual (o "atomista" como decía Menger).
En efecto, para Menger, el conocimiento de la realidad social exige de dos disciplinas igualmente importantes pero que, a pesar de su carácter complementario, son radical y epistemológicamente distintas. Por un lado la teoría, que de alguna manera es la "forma" (en sentido aristotélico) que recoge la esencia (das Wesen) de los fenómenos económicos. Esta forma teórica se elabora partiendo de la introspección, es decir, de la experiencia íntima o reflexión interior del investigador, que se hace posible por la afortunada circunstancia de que la economía sea la única ciencia en la que el científico investigador tiene el privilegio de compartir la misma naturaleza de los seres humanos cuyo comportamiento analiza, lo que le proporciona un valiosísimo conocimiento de primera mano (que Mises denomina "evidencias axiomáticas") que de manera lógico deductiva, y dando entrada en cada paso a los "supuestos" que se consideren relevantes, permite elaborar toda la teoría económica.
Distinta de la teoría es la historia, que estaría constituida por la "materia" (en su sentido aristotélico) que se concreta en los hechos empíricos de cada acontecimiento histórico, que tienen un carácter siempre contingente a las coordenadas de tiempo y lugar determinadas en que se producen. Para Menger, ambas disciplinas, teoría e historia, forma y materia, son igualmente necesarias para conocer la realidad, pero niega en todo caso, y enfáticamente, que la teoría pueda extraerse de la historia. Más bien las relaciones entre una y otra son al revés, en el sentido de que la realidad empírica (es decir, la historia) sólo puede interpretarse, ordenarse y hacerse comprensible si es que se dispone de una teoría económica previa.
Como indica Menger (p. 140), "pretender verificar las teorías económicas exactas en la experiencia es un contrasentido metodológico y denota un desconocimiento de los fundamentos y presupuestos de la investigación (...) análogo al del matemático que quisiera legitimar los principios de la geometría mediante la medición de objetos reales". Y que conste que Menger se refiere aquí a una simple analogía con las matemáticas, pues tanto él como sus discípulos de la Escuela Austriaca mantienen una sana posición intermedia entre el hiperrealismo obtuso de los historicistas alemanes y de sus sucesores directos, los institucionalistas americanos, y el hiporrealismo –o mejor, carencia absoluta de realismo– de los teóricos del equilibrio económico (general o parcial), que no sólo son incapaces de recoger con su lenguaje matemático las esencias de los fenómenos económicos, como señalaba Menger en su correspondencia con Walras, sino que además caen en un doble vicio cuando pretenden verificar o falsar su análisis estático recurriendo a la contrastación con una realidad empírica en constante cambio.
Para Menger sólo tiene sentido el historicismo evolucionista de Burke y de la escuela histórica del derecho de Savigny, que, como heredera directa de los grandes jurisconsultos romanos, plantea la que Menger considera que es la cuestión fundamental que debe resolver todo científico social: "¿Cómo pueden formarse instituciones que sirven al bien común y que tan importantes son para su desarrollo sin una voluntad común dirigida a su creación?" (p. 222). La gran aportación teórica de Menger es haber explicado cómo las instituciones sociales más importantes para el ser humano y la civilización (lingüísticas, legales, morales y económicas) son un "producto no intencionado, es decir, un resultado no previsto –unbeabsichtigte resultante– de actividades específicamente individuales de los miembros de una sociedad" (p. 232). Y Menger culmina con pleno éxito, en términos estrictamente teóricos, la explicación del proceso empresarial de interacciones humanas que paso a paso, por etapas y como resultado de la prueba y error de unos pocos cuyo comportamiento terminan aprendiendo y generalizando los demás, da lugar al surgimiento del dinero (pp. 228-232) y al resto de las instituciones sociales.
Por eso, Menger es especialmente crítico del "racionalismo constructivista" –en la terminología hayekiana– de origen cartesiano que se inocula en nuestra ciencia a partir de Adam Smith, que, por su obsesión por explicar los precios a largo plazo en función de los costes y su eliminación de la función empresarial en el análisis, no sólo sirvió en bandeja a Carlos Marx el fundamento de la teoría socialista de la explotación, sino que además inició el paradigma neoclásico del equilibrio que ha lastrado nuestra disciplina hasta hoy. En palabras del propio Menger: "Lo que caracteriza a la doctrina de Adam Smith y de su escuela es el liberalismo racionalista unilateral, la aspiración, a menudo precipitada, a eliminar lo existente, no siempre suficientemente comprendido, y el no menos apresurado impulso a la creación de algo nuevo en el campo de las instituciones políticas, con harta frecuencia sin suficiente conocimiento y experiencia (…), pragmatismo en parte superficial que, contra la intención de sus representantes, conduce inevitablemente al socialismo" (pp. 254-255). Palabras tan plenamente aplicables hace 125 años a Adam Smith como después lo serían a Marshall y Keynes, y hoy, en nuestros propios días, a Friedman y al resto de los teóricos neoclásicos de la Escuela de Chicago.
Sin duda alguna la Methodenstreit se cerró en falso, sobre todo si se interpreta, como erróneamente se ha interpretado hasta ahora, que el triunfo de los teóricos sobre los historicistas supuso el triunfo del análisis económico del equilibrio maximizador y del concepto reduccionista de racionalidad, y no el triunfo del análisis teórico de los procesos dinámicos de cooperación social protagonizados por seres humanos de carne y hueso dotados de una innata capacidad creativa y empresarial, como propugnaban los austriacos. Y, al igual que otras polémicas también cerradas en falso (como las de Hayek con Keynes y Knight), por su plena actualidad es preciso reabrirlas de nuevo pues de ello depende el futuro de nuestra disciplina y el avance de la civilización en el mundo cada vez más globalizado del siglo que acaba de comenzar. Bienvenida sea, por tanto, la publicación, tan tardía como oportuna, de esta primera edición española de la obra metodológica de Carl Menger, que incluye sus opúsculos sobre Los errores del historicismo en la economía alemana y los Elementos de una clasificación de las ciencias económicas, también publicados por primera vez en nuestro país.