II. RESEÑAS
12.
Identidad y Violencia según Amartya Sen
Joaquín Guzmán Cuevas
CON SÓLO once años de edad, el ahora Premio Nobel de Economía, de origen bengalí, Amartya Sen tuvo la terrible experiencia de ver morir en su regazo a un hombre que había recibido previamente una mortal puñalada en una revuelta callejera. El asesinado era un hombre pobre que había salido de su casa para buscar trabajo, pero probablemente no era suficientemente consciente de un grave pecado que había cometido: ser musulmán.
Esta impactante experiencia personal y la historia de su propio país, India –que en el pasado siglo y desde los tiempos de Gandhi ha tenido que enfrentarse a gravísimos enfrentamientos religiosos y a las consabidas incomprensiones colonialistas–, parecen estar en el origen de este excelente libro que, una vez más, Amartya Sen pone a disposición de un público que va mucho más allá del estricto colectivo de economistas.
Al margen del indudable interés de su contenido, este nuevo libro de Sen viene a ofrecer una oportunidad para reflexionar acerca de problemáticas globales de rabiosa actualidad, tal como son, por ejemplo, las relaciones ("alianza" o "choque") entre civilizaciones, la integración de inmigrantes en los países de destino, la razón de ser del llamado "pensamiento único", los beneficios y costes de la globalización económica, e incluso, a una escala más doméstica, Sen entra en el debate sobre las consecuencias de la educación religiosa en los colegios de los países desarrollados.
Una idea genérica impregna la mayor parte de las páginas del libro a lo largo de sus ocho capítulos: la necesidad de combatir el reduccionismo identitario, especialmente de carácter religioso, con el que se pretende "clasificar" la sociedad-mundo actual. Amartya Sen insiste en subrayar –quizás en excesivas ocasiones– que una persona puede ser, por ejemplo, musulmana, pero al mismo tiempo también puede ser médico, mujer, alta, rubia, hablar inglés y ser aficionada al ajedrez. La asignación (y asunción) de una sola y exclusiva identidad, lleva consigo, explícita o implícitamente, una desmesurada "ilusión" por un destino individual y colectivo. Lógicamente, esa "ilusión" por un destino, limita la libertad del individuo, pudiendo restringir sus relaciones con los demás, así como sus actos, sus creencias y su capacidad de análisis sobre los hechos sociales.
A partir de esta idea general, nuestro autor critica directamente tesis como la de Huntington, pero no sólo por el conocido y particular planteamiento de este politólogo (Huntington, 1996), sino también como parte de un errado "enfoque de civilizaciones". Para Amartya Sen, se pueden señalar tres importantes puntos débiles cuando se hace alusión al término "civilizaciones" tal como se entiende normalmente: a) se establece una línea de segregación por la que no se considera otras identidades de los ciudadanos, b) no tiene en cuenta las diversidades que existen dentro de cada civilización definida, y c) no se tiene en cuenta las relaciones (culturales, económicas, históricas, etc.) que con mucha frecuencia existen entre las civilizaciones que se pretende delimitar. Por consiguiente, el simple hecho de señalar diferentes civilizaciones influye negativamente en una categorización equivocada de la sociedad actual.
Por otra parte, también es necesario desvelar el gran error de creer en la aparente superioridad de Occidente en importantes tradiciones como pueden ser la democracia o la cultura científica. Prolijos son los casos que, en este sentido, pone Amartya Sen como ejemplos ilustrativos. Tales son los casos de la otrora hegemonía de India, China, Japón o la sociedad islámica en descubrimientos y desarrollos matemáticos, físicos o médicos, así como en el funcionamiento democrático y la tolerancia política y religiosa. En concreto, y refiriéndose al actual enfrentamiento –explícito o soterrado– entre Occidente y el Islam, si se pudiera hablar de un cierto complejo de superioridad occidental, ello viene fomentado no sólo por los propios occidentales, sino también por los mismos islamistas, cuyos líderes sociales aprovechan las circunstancias actuales para manipular y reforzar su poder por la vía del agravio comparativo.
Otra idea relevante recogida en el libro es la distinción entre "multiculturalismo" y "monoculturalismo plural". En pleno debate sobre las consecuencias de las inmigraciones (legales o ilegales) en los países desarrollados, Amartya Sen alerta del peligro de desembocar en una especie de "federación de identidades" en la que, aunque conviviviendo y dialogando, persistan los compartimentos estancos. Frente a la integración que representa el mestizaje o "multiculturalismo", el "monoculturalismo", aunque se manifieste en un contexto plural, puede llevar al radicalismo más fanático.
En este sentido, Sen critica abiertamente la confesionalidad de escuelas y colegios –que particularmente viene fomentando el Gobierno de Tony Blair en sus distintas versiones religiosas–, y no sólo por lo señalado anteriormente, sino también porque el adoctrinamiento religioso, especialmente en la población infantil, cercena claramente la libertad de pensamiento que cada persona debe tener para elegir su propia cultura. Teniendo en cuenta la extraordinaria importancia que Sen otorga a la educación como medio para el empoderamiento de las personas, se podría decir que ésta es una de las reflexiones de mayor alcance de las páginas del libro.
Lógicamente, el autor también aborda las causas económicas que subyacen en los actuales enfrentamientos sociales de carácter violento. Y, en este sentido, Amartya Sen dedica el capítulo séptimo a reflexionar sobre la necesidad que el progreso humano tiene de la globalización. Pero, al mismo tiempo, también señala los costes que esa misma globalización, tal como está configurada, presenta en términos de crecientes desigualdades e injusticias, lo cual lleva inexorablemente a una conexión pobreza-violencia que es necesario afrontar.
En el análisis económico de la globalización, Amartya Sen utiliza argumentos que no por conocidos son menos importantes –restricciones a las exportaciones de los países atrasados, comercio de armas, elevados precios de patentes, de productos farmacéuticos, etc.–, muchos de los cuales ya han sido analizados por conocidos economistas (Sachs, 2005; Stiglitz, 2002). No obstante, también se señalan al principio del libro las limitaciones de la teoría económica pura para comprender y analizar la realidad económica global, al hacer completa abstracción de la diversidad en las identidades sociales y considerar, por el contrario, al agente económico como uniformemente universal.
Más allá del diagnóstico, Amartya Sen señala posibles salidas a la actual problemática de la violencia sectaria que necesariamente se insertan en el horizonte del largo plazo. Además del primordial papel que asigna a la educación pluralista como resorte básico de la libertad, Sen apunta la necesidad de conseguir algún día un gobierno democrático universal que regule la convivencia global sobre bases económicas, donde el paradigma de la cooperación tenga un mayor peso específico. Una vez más, la base ética que subyace en las propuestas de Amartya Sen se hace imprescindible para resolver los problemas socioeconómicos más acuciantes de nuestro tiempo.