I. DEBATES
1.
Tres libros clave sobre la productividad en España
Guillermo de la Dehesa Romero
1. Coincidencias
LOS tres libros llegan a la misma conclusión:
las ventajas relativas obtenidas
por la economía española por su adhesión
a la Unión Europea (UE) y al área euro
(EA), que le han permitido una mayor estabilidad
macroeconómica, un menor riesgo
y, por consiguiente, un menor coste del
capital, unas mayores transferencias externas
netas, unas mejoras obligadas en su regulación
y, gracias a todo ello, aumentar
notablemente su crecimiento y, convergencia
real con otros países más desarrollados,
están agotadas.
En adelante, sólo podrá obtener mejoras
de su competitividad y su convergencia
si consigue aumentar sustancialmente
tanto su bajo nivel relativo y estancado de
productividad del trabajo (PT), compatible
con una mayor utilización de éste (que
todavía es baja a pesar del empleo creado),
como su todavía más bajo nivel relativo
de la productividad total de los factores
(PTF).
"La productividad no lo es todo, pero a
largo plazo lo es casi todo. La capacidad
de un país para mejorar su nivel de vida
en el transcurso del tiempo depende casi
enteramente de su capacidad para elevar
la producción por trabajador", frase lapidaria
de Paul Krugman que nos recuerdan
Maroto y Cuadrado en el primer capítulo
de su libro. Aquella conclusión y esta frase
están refrendadas por la Organización
para la Cooperación y el Desarrollo
Económico (OCDE). Cada dos o tres
años, esta institución analiza la diferencia
de PIB por habitante, en paridades de poder
de compra, existente entre sus países
miembros respecto al país que representa
la "frontera tecnológica" mundial, es decir,
Estados Unidos.
En el estudio que realizó dicha institución
hace un par de años, siendo este último
país=100, España alcanzaba sólo 43, es
decir, 57 puntos porcentuales menos que
Estados Unidos, de los cuales un tercio de
dicha diferencia (19 puntos) se debía a su
menor utilización relativa del trabajo (calculada
por el número de horas trabajadas
dividido por la población total), y dos tercios
(38 puntos) a su menor nivel relativo
de productividad por hora trabajada (calculada
por el PIB dividido por el número
total de horas trabajadas)
Alwyn Young hizo un ejercicio de contabilidad
del crecimiento sobre los tigres
asiáticos en el que demostraba que éstoshabían crecido con gran rapidez exclusivamente
mediante la acumulación de factores
de producción (trabajo y capital), pero no a
través de su de eficiencia conjunta (productividad),
y que dicho crecimiento siempre
tiene un límite a partir del cual la mera acumulación
empieza a tener rendimientos
crecientes hasta que deja de generar crecimiento
a menos que aumente la productividad.
Paul Krugman comparó y aplicó este
análisis posteriormente al caso de la Unión
Soviética y de China. La historia les dio en
parte la razón al desatarse la crisis asiática
en 1997.
Traigo a colación este análisis porque
creo que, dado que España es un país de
extremos en muchas cosas, puede ser aplicable
al crecimiento español de los últimos
años. Estuvimos creciendo largo tiempo a
través de una fuerte acumulación de capital
sustitutivo del trabajo y del consiguiente
aumento de la productividad, pero también
del aumento del desempleo, hasta la
fuerte recesión de 1993; desde entonces,
llevamos creciendo una década fundamentalmente
por la mayor acumulación de trabajo,
creando millones de puestos de trabajo,
y también de capital, pero éste centrado
en la construcción y no en los bienes de
equipo y la tecnología (salvo en los dos últimos
años), mientras que el crecimiento
de la productividad ha sido nulo.
Reducir las diferencias relativas de los
niveles de productividad es el gran reto de
las próximas décadas. Y digo décadas porque
los tres trabajos que aquí se comentan
coinciden en que los procesos de cambio
estructural (como el conseguido por Estados
Unidos) llevan muchos años de inversión
en capital humano, en bienes de equipo,
en nuevas tecnologías y en mejorar la
flexibilidad de los mercados y su regulación,
y después un largo período de espera
hasta que empiezan a surtir efectos.
Esto es lo que ha ocurrido en Estados
Unidos, donde tras varios años de enormes
inversiones en las nuevas tecnologías, no se
han apreciado resultados explícitos hasta
pasada más de media década. De ahí que el
Nobel Robert Solow dijera: "el gran esfuerzo
que se ha realizado en desarrollar las inversiones
en las tecnologías de la información
y la comunicación se nota en todas partes,
menos en las estadísticas" (de la productividad).
Al final salieron a la luz e hicieron
que el crecimiento de Estados
Unidos se despegara notablemente de la
Unión Europea (UE) durante una década.
Los tres análisis coinciden también en
que lograr cambiar el actual rumbo de la
productividad española va a ser una tarea
enormemente difícil y va a llevar mucho
tiempo, y en que se necesitan unas políticas
sostenidas a largo plazo, que excedan
el corto período del ciclo político, es decir,
que sean políticas de Estado y no sólo de
un partido o un gobierno concreto, y que,
por lo tanto, deben llevarse a cabo mediante
una toma de conciencia del problema
tanto pública como privada.
2. Diferencias en cuanto a la medición
de la productividad y a los factores que
determinan su evolución.
En el libro coordinado por Julio
Segura, en el que colaboran Juan Francisco
Jimeno, Rocío Sánchez Mangas, Elena
Huergo y Lourdes Moreno, se hace, por un
lado, un análisis de la productividad desde
una perspectiva macroeconómica y, por
otro, un análisis micro-económico de la
productividad empresarial industrial y
manufacturera. Los resultados del análisis
macro muestran que, a partir de mediados
de los años noventa, se observa una desaceleración
tanto de la productividad del
trabajo (PT) como de la productividad total
de los factores (PTF) que no puede
atribuirse enteramente a problemas derivados
de la medición de la productividad
asociados a efectos de composición de los
cambios sectoriales y ocupacionales del
empleo, o de los deflactores de precios, o
de las elasticidades de la producción.
Por ejemplo, el aumento del peso de
sectores de bajo crecimiento de la PT (construcción)
en detrimento de las manufacturas
apenas explica, al año, el 0,10% de la desaceleración
de la productividad, mientras
que el importante aumento de los trabajadores
jóvenes con estudios más elevados
(terciarios) sólo aporta la mitad de crecimiento
de la PT que debería aportar. Por
lo tanto, más bien se debe a otros factores
de carácter estructural, ya que dicha desaceleración
se observa en casi todos los
sectores de actividad. Es decir, el problema
se encuentra fundamentalmente en la reducción
de la eficiencia de los factores de
producción.
Dado que la productividad agregada es
el resultante de la productividad de las
empresas, en el análisis micro se muestra
los siguientes resultados:
– La evolución sectorial de la productividad
viene explicada en mucha mayor medida
por la evolución de la PTF que por el
grado de intensidad de capital de los procesos
productivos, aunque la mayor desaceleración
en la industria que en los servicios
se debe a que, en estos últimos, la
reducción de la relación capital/trabajo ha
sido menor.
– El principal factor determinante de la
PT y de la PTF son las actividades tecnológicas,
con independencia de la metodología
utilizada, es decir, las empresas que realizan
actividades de I+D muestran mejores
crecimientos de la productividad que las que
no las llevan a cabo. Dado que la mayoría
de las empresas españolas son PYME, este
efecto es mayor, ya que el tamaño influye
en si se realizan o no. La presión de la competencia
ayuda a aumentar dichas actividades,
así las empresas exportadoras suelen
tener un mayor nivel de PT que las que no
lo son.
– La dinámica empresarial tiene poco
peso explicativo, ya que tanto las empresas
salientes como las entrantes tienden a tener
menor PT que las establecidas. Las empresas
que salen lo hacen por su menor nivel
de PT, mientras que las que entran, aunque
empiezan con menor nivel que las establecidas,
al cabo de unos años las igualan
o las superan con lo que, a largo plazo, el
nivel de la PT mejora cuanto mayor es el
número de entrantes. Este efecto es mayor
en las fases recesivas que en las expansivas.
– El nivel de las actividades tecnológicas
es la principal fuerza impulsora de la
PT y de la PTF. Las empresas que consiguen
materializar su actividad de I+D en
innovaciones, tanto de proceso como de
producto, son las que muestran mayores
tasas de crecimiento de la PTF, y la calidad
del trabajo empleado aumenta la propensión
a realizar actividades tecnológicas, así
como su financiación pública y la competencia,
aunque los efectos de esta última
son menos nítidos.
En el libro coordinado por Francisco
Pérez García en colaboración con Joaquín
Maudos, José Manuel Pastor y Lorenzo
Serrano, se realiza un análisis diferente, basado
en mayor medida en los cambios estructurales.
Reconocen los autores que la
brecha de la productividad por hora trabajada
española respecto a la estadounidense
y la europea se ha ampliado desde 1995,
superando los 20 puntos porcentuales, y
que más de la mitad de las diferencias de
renta por habitante con la Unión Europea
(UE) y Estados Unidos se debe actualmente
a la menor productividad española por
hora trabajada. El resto se puede atribuir a
la intensidad con la que se emplea el factor
trabajo, es decir, al número de horas trabajadas,
al nivel de ocupación y a la tasa de
actividad.
El número de horas trabajadas en España
es superior al europeo y algo inferior al
de Estados Unidos. Esto explica que, cuando
se mide la productividad por persona
empleada, en lugar de por hora trabajada,
España se aproxime más a la UE, pero se
aleje de Estados Unidos. Las horas trabajadas
se han reducido en España, aunque menos
que en el resto de la UE. La tasa de ocupación
sí ha tenido efectos positivos sobre
la convergencia de renta por habitante con
la UE, ya que ha aumentado más rápidamente
que en esta última. Finalmente, la
tasa de actividad, aun siendo más baja que
en la UE y en Estados Unidos, ha aumentado
más rápidamente que en ambos, debido
a la creciente incorporación de las mujeres
al trabajo y la mejora de los niveles
de educación de la población en edad de
trabajar.
También la PTF española, que indica el
nivel de eficiencia productiva, es baja y su
trayectoria también es divergente con las
de la UE y Estados Unidos. Estos dos bajos
niveles relativos españoles de PT y de PTF
indican que el crecimiento español está más
basado en la transpiración (la acumulación
de factores) que en la inspiración (el progreso
técnico) si se compara con el de los
países más avanzados.
En las décadas anteriores no sucedió lo
mismo, ya que la productividad mejoró
gracias al proceso de sustitución de actividades
tradicionales, sobre todo agrícolas pero
también algunas industriales, por otras más
modernas, en las que se adaptaron tecnologías
más eficientes desarrolladas en otras economías
más avanzadas y transferidas a través
de la importación o la inversión extranjera.
Estos efectos no han desaparecido totalmente,
pero son decrecientes. Además, mientras
que el peso de la industria ha perdido casi
10 puntos porcentuales en el PIB y el empleo
en los últimos veinte años, se han desarrollado
actividades que no llevan aparejada
difusión tecnológica, como la construcción y
ciertos servicios intensivos en mano de obra
poco cualificada, como la hostelería, el servicio
doméstico y los cuidados personales.
Esto explica la mayor contribución del
empleo y la menor contribución del capital
físico, y sobre todo de la PTF, al crecimiento
español, mientras que en otras economías
europeas más avanzadas ocurría lo
contrario: aumentaba la aportación del progreso
técnico al crecimiento gracias a la expansión
de nuevas actividades industriales
y terciarias altamente productivas. Con
ello, hoy las ganancias de la PTF de la UE
duplican sobradamente a las españolas, pese
a que el crecimiento español es superior
en más de un punto porcentual al de la
Unión Europea.
Por otro lado, el peso de los activos relacionados
con el sector de la construcción,
no sólo viviendas sino también locales
comerciales, naves e infraestructuras públicas,
supera el 70% de la inversión total,
contribuyendo a los servicios productivos
del capital en un porcentaje muy superior
al de los países más avanzados. En estos últimos,
el crecimiento se ha basado más en
la inversión en activos físicos diferentes
(maquinaria y equipos, y TIC) y en actividades
que están utilizando con mucha
mayor intensidad otros capitales intangibles,
como el capital humano y tecnológico
(la formación y el I+D+i)
Todo ello hace que el retraso español
en estas actividades sea mucho mayor de lo
que indican sus niveles de renta por habitante
o sus dotaciones de infraestructuras, y
que la distancia en capital tecnológico respecto
a la media de la UE sea del 50%. La
razón está en que el cambio estructural en
la especialización de la economía española,
que permitiría mejorar su productividad,
no se está recorriendo a suficiente velocidad
y que su maduración está todavía lejos de
producirse. La estructura productiva española
está orientada hacia actividades maduras,
en las que la productividad es menor
y avanza más lentamente, y su especialización
manufacturera se ha encontrado con
nuevos competidores tanto en los mercados
internacionales como en el interior.
Mientras que en otros países la parte
sustancial de las ganancias de productividad
se explica por las mejoras intra-sectoriales,
es decir, por avances de productividad
en cada una de las actividades, en
España, por el contrario, la productividad
dentro de los sectores ha sido débil o ha
estado estancada en los últimos años. El
crecimiento del empleo y del capital no ha
ido acompañado de la expansión de la
producción esperada. Por el lado de la demanda,
por la orientación de los sectores
productivos hacia mercados de productos
y de países maduros, de demanda estable o
débil. Por el lado de la oferta, por la orientación
de la inversión hacia los activos de
la construcción en lugar de hacia las mejoras
tecnológicas y de capital humano.
El libro de Juan Antonio Maroto y Juan
Ramón Cuadrado coincide, en líneas generales,
con los análisis anteriores y añade un
análisis por sectores productivos, por regiones
y por factores de producción de la
productividad española. Su estudio sectorial
muestra que los dos grandes sectores
con mayores niveles de productividad son
la industria manufacturera y, especialmente,
las actividades energéticas. El sector
servicios, especialmente el de mercado, tiene
una productividad cercana a la media
agregada, mientras que la construcción y
el sector primario se mantienen por debajo
de los tres cuartos de dicha media.
En términos de tasas de crecimiento, la
agricultura y las manufacturas, gracias al
continuado proceso de reestructuración
que experimentan, son los sectores donde
la PT ha crecido más, muy por encima deexisla
media nacional. Los servicios, por el
contrario, muestran tasas de crecimiento
inapreciables, debido, en buena parte, al
comportamiento de los no destinados a la
venta, así como a sus peculiares características
de funcionamiento y de medición de
la producción. A pesar del bajo crecimiento
de la PT del sector terciario, éste contribuye
algo a la productividad agregada.

Su estudio regional muestra un doble
proceso. Por un lado, una cierta convergencia
de PT, con respecto a la media nacional,
de algunas regiones menos desarrolladas
y con bajos niveles de PT, tales
como Galicia, Extremadura, y Castilla y
León. Esta convergencia es debida a que
estaban muy especializadas en el sector
primario, y este se ha reducido notablemente
y ha mejorado mucho su eficiencia
en los últimos años. Otras regiones de bajos
niveles de PT, como Andalucía, no han
conseguido, sin embargo, mejorar su convergencia
en los últimos años.
Por otro, las regiones con mayores niveles
de PT siguen creciendo por encima
de la media y se van destacando cada vez
más del resto, como son los casos de
Madrid, Navarra, País Vasco y Cataluña.
En el caso de Madrid, por el peso tan elevado
de los servicios, tanto del Estado como,
y sobre todo, de las grandes empresas
nacionales y extranjeras que tienen su base
en la capital. En el caso de las otras tres,
dicha divergencia se debe al mayor peso
relativo de la industria manufacturera.
Su análisis sobre los factores determinantes
del bajo nivel y crecimiento de la
productividad española muestra lo siguiente:
– La productividad del capital arroja
dos tendencias muy interesantes. Por una
parte, el crecimiento de la acumulación
del capital desde 1980 hasta 2002 ha sido
mucho más rápido que el de la población,
con lo que la dotación o intensidad de capital
por habitante se ha multiplicado por
dos (desde 2003, la masiva entrada de inmigrantes
ha reducido este múltiplo). Por
otro lado, la productividad aparente del
capital ha experimentado fluctuaciones
muy notables entre ambas fechas, especialmente
durante la fuerte recesión del
1992 y 1993, con lo que el nivel ha caído
ligeramente.
– La contribución del capital humano
a la productividad ha crecido de forma
constante en la década de los años noventa,
y lo ha seguido haciendo entre 2000 y
2005, lo que podría estar reflejando un tipo
de progreso técnico intensivo en mano
de obra cualificada capaz de mejorar la
PTF en el futuro.
– La productividad del capital tecnológico
muestra una curiosa paradoja: a pesar
de su bajo nivel, la I+D empresarial crece
por encima de la de los países avanzados,
pero con efectos prácticamente nulos en la
PTF. La explicación radica en el bajo nivel
de partida de esta inversión empresarial,
que crece muy rápido pero que todavía
tiene poco impacto.
– La influencia en la productividad del
tamaño de las empresas muestra que en la
industria son las empresas más grandes las
que tienden a tener una productividad más
elevada, mientras que son las medianas las
que tienden a tener la productividad más
elevada en los servicios.
3. Diferencias en cuanto a las recomendaciones
de política económica para
mejorar la productividad.
El libro coordinado por Segura, así como
el de Maroto y Cuadrado, dedican un
capítulo cada uno a recomendaciones de
política económica para aumentar el nivel
de productividad, mientras que el coordinado
por Pérez García y otros se centra en
la falta de competitividad de la economía
española. Segura defiende la necesidad, en
primer lugar, de políticas tecnológicas para
que las empresas mejoren su nivel técnico,
y por tanto la PT y la PTF que dependen
fundamentalmente de ellas. Más
aún cuando ha sido el sector público el que
más esfuerzo ha realizado en este sentido
en los últimos años ya que instrumenta las
facilidades financieras a las empresas, y
buena parte de los centros de investigación
son públicos, como las universidades y las
oficinas de transferencia de resultados de
investigación (OTRI).
Lamentablemente, el Estado no puede
cambiar mediante políticas públicas la deficiencia
estructural más acusada de cara a
la productividad, que es la especialización
de la economía española, demasiado concentrada
en actividades tradicionales intensivas
en mano de obra y en empresas pequeñas
y medianas. Y además existe una
excesiva separación entre las actividades
de investigación básica y sus aplicaciones
industriales. Para ello, cree que conviene
desarrollar centros tecnológicos especializados
donde se lleve a cabo investigación
encargada por las empresas, se ofrezcan
servicios de consultoría y asesoría tecnológica,
y se facilite la relación de las empresas con
los centros públicos de investigación
y la información sobre el acceso a las
ayudas públicas. También recomienda que
se haga una evaluación rigurosa de las OTRI
y del sistema de desgravaciones fiscales a
los gastos de I+D, del que las PYME españolas
hacen muy poco uso, así como de las
ayudas directas (muy complejas) que tienden
a sustituir a la financiación privada
que en todo caso iba a utilizar la empresa;
finalmente, la política de compras públicas
debe ser planificada y comunicada con mucha
antelación para dar tiempo a que las
empresas puedan organizarse.
En segundo lugar, es partidario de introducir
mejoras en el sistema educativo
para conseguir un mayor número de trabajadores
de segundo grado, agilizando los
sistemas de formación profesional reglada
y aumentando la formación dentro de las
empresas, con un mejor diseño de los contratos
destinados a la formación. En cuanto
a la educación universitaria un primer
problema es que el gasto por alumno es un
60% inferior al de los otros países de la
UE, lo que impide ofrecer una educación
de mayor calidad. Además, el proceso de
adaptación de Bolonia a España no va a
mejorar esta situación, sino que la puede
empeorar, ya que la maestría se va a poder
obtener con un año menos de estudios.
Finalmente, el sistema de selección del
profesorado puede mejorarse desvinculando
la habilitación del número de plazas
existentes y evaluando los méritos de una
manera más científica y objetiva.
Estima muy importante hacer una serie
de reformas en el mercado de trabajo,
tanto en la contratación temporal (acercándola
a la indefinida, eliminando la discriminación
salarial mediante negociación
colectiva y acercando más los costes de
despido de la indefinida a la temporal) como
reformando el sistema de negociación
colectiva en el que habría solamente dos
niveles –el de rama, sector o nacional y el
de empresa–, eliminando la negociación en
cascada, congelando la ultra actividad y
dando mayores incentivos a la contratación
a tiempo parcial.
Finalmente, recomienda reformar los
sistemas de pensiones y salud, así como
evaluar mejor las políticas públicas y diseñar
reformas que hagan que los organismos
supervisores y reguladores tengan
más independencia.
El estudio de Maroto y Cuadrado también
propone una serie de políticas para
mejorar la productividad española, aunque
advirtiendo previamente que no existe una piedra filosofal,
sino multitud de
políticas privadas y públicas, y que es un
proceso de muy largo plazo. En primer lugar,
apoyar la innovación y difusión tecnológica,
especialmente en los sectores de
media y baja tecnología y en las PYME
que conforman la gran mayoría del sector
privado español. El programa Ingenio 2010
es muy positivo, aunque sus objetivos son
muy ambiciosos, ya que espera que el gasto
en I+D llegue al 2% del PIB en 2010
(ahora es del 1,5%). Pero el problema en
España no es tanto el nivel y el esfuerzo
del gasto público en I+D, que se ha acelerado
con el programa Ingenio, como el bajo
porcentaje de la inversión privada, que sólo
alcanza el 48% del total frente al 65% en la
UE. El programa Ingenio tiene como objetivo
que llegue al 55% en 2010.
No se trata de gastar más, sino de que
existan los incentivos para que haya más
innovación empresarial y más productos
nuevos. Los incentivos públicos fiscales actuales
son utilizados sólo por el 15% de las
empresas, los créditos han sido poco relevantes
y las ayudas directas no han llegado
a ser eficaces. Por ello, hay que mejorarlos,
hay que incorporar más investigadores a
las empresas o a centros especializados que
formen muchas PYME para que salgan
más baratos, hay que concentrar el gasto
público sólo en aquellas actividades que
puedan tener externalidades positivas y hay
que coordinar el gasto de las comunidades
autónomas.
En segundo lugar, recomienda una mayor
inversión en actividades directamente
productivas, ya que el 60% de la inversión
está ligado a la construcción, y no a los bienes
de equipo y maquinaria. Recomienda,
asimismo, invertir en mayor medida en los
sectores relacionados con las TIC, especialmente
en aquellas ramas de la economía
nacional que no estén utilizando todavía
estas tecnologías, que son muchas, ya
que sólo el 36% de los trabajadores españoles
realizan su labor con nuevas tecnologías,
lo que es uno de los porcentajes más
bajos de la UE. Finalmente, recomienda
intentar desarrollarlos en mayor medida
dando mayores incentivos al capital riesgo
y a los business angels.
En tercer lugar, hacer un mayor esfuerzo
inversor en educación y formación. La
inversión en conocimiento en España está
muy por debajo de la media de la UE y la
parte de educación es la mitad. Aunque los
niveles de escolarización son aceptables
(salvo los preescolares), los resultados son
pobres, como demuestra el Informe PISA.
Hay que invertir más en la calidad de la
educación universitaria, en mejorar la escolarización
secundaria y, sobre todo, en la
formación profesional, que no se adecua a
las necesidades del mercado y presta poca
importancia al uso de la informática, la
expresión y la comunicación oral y la capacidad
de trabajar bajo presión, y no se
realiza en las empresas; finalmente, que los
educadores en todos los niveles de la educación
enseñen cómo ser emprendedor y
crear empresas.
En cuarto lugar, en el mercado de trabajo
recomiendan reducir el peso de la contratación
laboral subiendo las cotizaciones
sociales, descentralizar la negociación colectiva
y, flexibilizando más su aplicación,
reducir la protección a los trabajadores indefinidos,
aumentar la movilidad laboral
geográfica y la contratación a tiempo parcial,
y dar mayor formación a los desempleados.
Finalmente, aumentar las iniciativas
emprendedoras mediante la reducción de
las barreras de entrada, favorecer la viabilidad
de proyectos, mejorar las habilidades
de la población, reducir el nivel de regulación
de la economía y liberalizar en mayor
medida los servicios no comerciables, para
aumentar su competencia.
El libro coordinado por Francisco
Pérez García y otros hace recomendaciones
de carácter más estructural para mejorar
tanto la baja productividad como la deteriorada
competitividad de la economía
española, que van indisolublemente unidas,
en un momento en el que la competencia
de los países emergentes es mucho mayor
que en el pasado tanto por la ampliación
de la UE como por la globalización, sin
que puedan utilizarse devaluaciones del tipo
de cambio, como antaño. España está
perdiendo cuota de mercado tanto en los
mercados internacionales como en su
mercado doméstico.
Este deterioro competitivo no se puede
arreglar ya reduciendo los costes. Sólo
hay tres opciones. La primera es especializarse
en la producción de bienes y servicios
diferenciados de mayor calidad, tecnología,
precio y margen, pero este proceso sólo se
consigue a largo plazo. La segunda es deslocalizar
la producción mediante la creación
de filiales en países de costes más bajos
y mantener el control de la empresa matriz
sobre los procesos de mayor valor añadido;
esta opción puede alcanzarse a medio plazo.
La tercera, más a corto plazo, consiste en
externalizar aquella parte de la producción
de componentes y procesos en los que
se es menos eficiente, o comprarlos en los
mercados internacionales a menor precio.
Ahora bien, con la segunda y la tercera
opciones no se consiguen los potenciales
resultados positivos cuando las empresas
que lo hacen están especializadas en sectores
maduros y actividades de poco valor
añadido, con empresas de pequeño tamaño
y un empleo de reducido capital humano
y tecnológico, e incluso pueden frenar
su productividad a largo plazo.
Para escoger la primera opción se puede
intentar aumentar el capital humano,
como ha hecho España en los últimos años,
pero si no se cambia la especialización, que
lleva mucho más tiempo, esta última condiciona
los perfiles de los puestos de trabajo,
con lo que las actividades en las que se
puede emplear a estos nuevos trabajadores
cualificados no serían las más adecuadas para
aprovechar su capacidad productiva, y
dicho desajuste debilita la productividad.
Por otro lado, para contratar a estos últimos,
las empresas tienen que despedir o jubilar a
otros trabajadores previamente contratados,
escasamente cualificados y productivos,
lo que, dados los costes de despido actuales,
es muy caro, y mientras dicho ajuste
no se realice la productividad no aumenta.
Al mejorar en estos últimos años notablemente
el empleo y haberse reducido
fuertemente los tipos de interés, lo que ha
permitido que la economía crezca a través
de la demanda interna, estos problemas no
se han afrontado, salvo que se han podido
hacer ajustes de plantilla en muchas empresas
y mejoras en su capital humano.
La única forma de conseguir aumentar
realmente la productividad es intentar llevar
a cabo un cambio estructural que permita
el cambio de especialización productiva.
Para ello, hay que conseguir una doble reorientación
de la inversión material (más
bienes de equipo y maquinaria y menos cemento
y ladrillos) y, sobre todo, de la inmaterial,
reforzando la cualificación de los
trabajadores y directivos en sus competencias
tecnológicas, comerciales y de gestión.
En resumen, estos tres libros son de lectura
obligada para toda persona que tenga
interés por el futuro de la economía española.