Libros de Economía y Empresa - Fundación Caja Duero

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I.   DEBATES

5.
Leer y entender a Adam Smith (A modo de réplica a Victoriano Martín).

Vicent Llombart

Portada de la revista número 1

Adam Smith sigue vivo, goza de buena salud y reside en Chicago, exclamaba George Stigler en 1977 con motivo del bicentenario de la publicación de la Riqueza de las Naciones (Winch, 1997: 385). La alegórica residencia en Chicago sería pronto disputada, más en el terreno geográfico que en el ideológico, desde Londres por el flamante Adam Smith Institute, una fundación que pronto adoptó el sobrenombre de The Free- Market Think Tank. Más tarde lo sería desde Edimburgo. En los años 80 los gobiernos conservadores de Margaret Thatcher y Ronald Reagan se proclamaron fervientes seguidores de las doctrinas económicas de Smith, creando una onda expansiva de entusiasmo smithiano-neoliberal. Entonces fue cuando concluyó su canonización como santo patrón del capitalismo de libre mercado. No sólo el nombre de Smith alcanzó gran celebridad, sino que su propia efigie circuló con profusión en corbatas, camisetas, insignias, medallas, bustos y otros artilugios. Nunca la figura de Adam Smith había estado tan presente.

En el mundo académico-científico se desarrolló asimismo una atención creciente por sus ideas y una proliferación de artículos, libros, revistas y otras publicaciones tan intensa que resulta difícil abarcar. Se han distinguido diversas líneas de interpretación de Smith –economista liberal, economista moral, filósofo moral, analista económico sin filosofía ni moral, ilustrado en su contexto...– aunque ninguna sea necesariamente de derechas ni de izquierdas, ni de centro. Existen además notables posiciones cruzadas y tornadizas: ciertas interpretaciones neomarxistas coinciden en parte con las neoliberales, y en otros casos simpatizantes smithianos de ideologías diversas abjuran espectacularmente de Smith, como ocurre con el miembro de la Escuela austriaca Murray Rothbard (1995) y con Salim Rashid (1998).

En tales condiciones, un artículo sobre las "Lecturas de Adam Smith desde la izquierda" no carecía de interés. El título parecía indicar que venía a contrarrestar las abundantes lecturas desde el lado contrario. Sin embargo, en el artículo de Martín sólo se encuentra una reseña descriptiva
de dos libros: el de James Alvey, sobre el optimismo o pesimismo de Smith, un texto sin nuevas aportaciones y que no parece una "lectura de izquierdas", y el de Samuel Fleischacker, de mayor entidad, y que ofrece una interpretación más filosófica que de "izquierdas", dirigida principalmente contra las interpretaciones económicas. Al principio se menciona el libro de Emma Rothschild (2001) sobre Adam Smith, Condorcet y la Ilustración, un estudio profundo, elegante y radicalmente iconoclasta con las interpretaciones conser vadoras y también con algunas no conservadoras. Pero el artículo no analiza las principales tesis ni las posibles implicaciones del libro.

Tras el leve comentario de Rothschild, Martín pone a mi persona como ejemplo "entre nosotros" de interpretación errónea de Adam Smith. Afirma que en un libro sobre Campomanes (Llombart 1992: 163), al hablar del libre comercio de cereales en el siglo XVIII, me equivoco con Smith cuando reproduzco la frase de que "una libertad ilimitada en materia de exportación [de cereales] puede ser muy peligrosa". El amigo Martín concluye que "seguramente" un problema de traducción impidió entender a Smith y me condujo a confundir una situación excepcional en el comercio de cereales, referida a países pequeños, con una norma de carácter general.(*) De sus palabras se deduce que esa norma es la política de laissez-faire para los cereales, al menos para la exportación. Confío en que la aclaración de nuestras discrepancias ayude a conocer mejor las ideas y el talante de Smith.

La cuestión del comercio de cereales fue uno de los estímulos principales para la naciente economía política durante la segunda mitad del siglo XVIII. El trigo y los otros granos constituían la principal actividad productiva y, al mismo tiempo, el medio vital de subsistencia para la mayoría de la población. Smith introdujo la polémica cuestión en la Riqueza de las Naciones por medio de una larga digresión sobre el comercio y las leyes de cereales de gran difusión en la época. Era un firme partidario del libre comercio en un "sistema de libertad natural" donde todos los agentes pudieran actuar sin restricciones, temores ni opresiones. Pero simultáneamente expuso con toda crudeza los obstáculos reales existentes: los problemas de transporte, la caza de brujas contra los comerciantes, los pánicos sobre acaparamientos, los fanatismos religiosos, las instituciones opresivas, las repercusiones de las reglamentaciones de unos países sobre los otros, etc. Ante tales dificultades, insalvables a corto plazo, como acababa de mostrar la política liberalizadora de Turgot en Francia, decretada en 1774 e impugnada con la violenta Guerra de las Harinas en 1775, la propuesta de Smith no es en absoluto la de un ilimitado laissez-faire al estilo fisiócrata, sino la de unas leyes de cereales moderadas y al mismo tiempo intervencionistas.

La libre exportación de cereales podía agravar la escasez y la carestía en aquellas condiciones y conducir a la miseria, al hambre y a la rebelión. Una ilimitada libertad era muy peligrosa para los países pequeños y débiles, pero también podía ser arriesgada para los grandes y poderosos en los casos de urgente necesidad creada por la escasez. Por ello, propone Smith mantener el sistema regulador de precios de referencia, en el que se prohibía la exportación cuando los precios interiores alcanzasen un nivel máximo establecido.

Esa y no otra era la norma general de Smith. En los párrafos finales de la digresión –los textos hay que leerlos hasta el final para poder entenderlos bien– analiza el estatuto legal de Gran Bretaña, un Estado grande, rico y poderoso.Y no duda en proponer el mantenimiento de las regulaciones vigentes que establecían altos derechos a la importación, primas a la exportación hasta un límite y prohibición estricta de exportación cuando el precio del trigo alcanzase los 44 chelines. Smith concluía con una frase sobre la ley de cereales británica, bien representativa de su talante:

Pero, con todas sus imperfecciones, podemos decir de ella lo que se decía de las leyes de Solón, que aunque no fuese en sí misma la mejor, sí lo era con arreglo a los intereses, prejuicios y humores que aquellos tiempos imponían. (Smith 1776: 483)

Adam Smith nunca recomendó una total libertad de exportación de cereales para su época. No fue jamás un doctrinario del laissez-faire para ningún tipo de país. Algunos comentaristas, sin leer y entender bien el conjunto de sus palabras, caen en el tópico infundado del ilimitado liberalismo económico. Tales interpretaciones, contrarias a la letra y al espíritu del texto, sirven a veces de alimento a las lecturas conservadoras poco preocupadas por los matices y que tratan de domesticar el pensamiento progresivo, atemperado y no arrogante de Adam Smith.

Cuanto más se leen y mejor se digieren en su contexto los escritos de Smith, menos resulta ser un profeta del libre mercado o un apóstol del comercio libre de cereales. Leer y entender bien al gran ilustrado escocés es el mejor antídoto contra las apropiaciones interesadas, las desvirtuaciones de diverso signo y las confusiones contingentes, como la que acabamos de referir. Por lo demás, leer a Smith es asimismo un instructivo placer y una fuente de ideas recomendable para todos.