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I.   DEBATES

4.
Dos opiniones sobre El fin de la pobreza de Sachs.

I. De la macroeconomía del ajuste al riesgo del arbitrismo humanista

José Antonio Alonso

Libro: "El fin de la pobreza"

La Conferencia del Milenio de Naciones Unidas, en el año 2000, convirtió la lucha contra la pobreza en uno de los temas centrales de la agenda internacional. Cerca de 190 países suscribieron entonces una declaración en la que se comprometían a hacer realidad, en un plazo determinado, una serie de objetivos –los llamados objetivos de desarrollo del milenio– muy centralmente relacionados con la superación de la pobreza en el mundo. Esa llamada de atención llegó también, aunque en modo insuficiente, al ámbito de la reflexión económica, dando lugar a una revitalización de los estudios sobre el desarrollo y la pobreza. Un tema que, por lo demás, no ha sido demasiado tratado en la investigación económica. Mirado en perspectiva, llama la atención que, siendo la economía una ciencia dedicada a explicar el progreso material de las sociedades, dedique tan poca atención al análisis de las carencias que el sistema genera.

Jeffrey D. Sachs

Entre las publicaciones que se han dedicado a este tema más recientemente, una de las que más eco ha tenido es la que ahora se presenta. Un libro orientado a defender la idea de que, por primera vez en la historia, estamos en condiciones de vencer la pobreza en el mundo. Este deliberado y expreso sentido de "misión" constituye uno de los primeros atractivos del libro. ¿Quién se resiste a leer un estudio cuyo promisorio título insinúa el camino para hacer de la pobreza una reliquia histórica? La segunda razón para leer el libro está asociada a la trayectoria de su autor: uno de los economistas más relevantes del panorama internacional, que, tras asociar su nombre a alguna de las más sonadas operaciones de estabilización y ajuste tanto de América Latina (Bolivia) como de Europa del Este (Polonia y Rusia), apareció encabezando la Macroeconomic and Health Commission, creada a instancias de la Organización Mundial de la Salud, y posteriormente el UN Millenium Project, promovido por la Secretaría General de Naciones Unidas. Un economista de larga trayectoria académica, que dirigió el Instituto de Desarrollo de la Universidad de Harvard y que ahora encabeza el Instituto de la Tierra, de la Universidad de Columbia. Un estudioso que ganó su reputación en el ámbito de la macroeconomía y de las finanzas públicas, pero que ahora abandona el gusto por la modelización matemática para acercarse al desarrollo con un lenguaje deliberadamente accesible para todos.

Por la cantidad de información que proporciona, la diversidad de temas que trata y lo bien estructurado que está, el libro no defrauda al lector interesado. Mezcla de crónica personal, de interpretación de los problemas del desarrollo y de esfuerzo prescriptivo, el libro ofrece un recorrido temático de notable amplitud, en el que se abordan desde las operaciones de ajuste estructural a la reforma de las economías socialistas, desde el diagnóstico de los problemas de salud que padece África a la caracterización de la trampa de la pobreza que afecta a las áreas rurales y a los suburbios del mundo en desarrollo y desde los costes que supone alcanzar los objetivos de desarrollo del milenio a las tareas que debieran afrontar los donantes. Un amplio panorama enriquecido con datos e informaciones relevantes, algunos de ellos obtenidos de primera mano.

Aun cuando el desarrollo argumental del libro se estructura en dieciocho capítulos, cabría dividir su contenido en dos grandes bloques, diferenciados tanto por su temática como por su propósito. El primer bloque está dirigido a dar cuenta de las operaciones de ajuste económico en que estuvo implicado el autor: algunas en las que asumió un papel protagonista (Bolivia, Polonia y Rusia), otras que siguió más indirectamente (India y China). Se trata de una parte interesante del libro por la información de primera mano que proporciona, pero que aparece lastrada por una visión excesivamente parcial y personalista de los hechos. Un defecto que por momentos traslada la cargante sensación de una asimétrica distribución de méritos que hace que todos los aciertos se deban a la pericia o perspicacia del autor, mientras las limitaciones o no se mencionan o son de responsabilidad incierta.

En todo caso, de la lectura de estos capítulos emergen tres conclusiones de interés. La primera alude a la discutible profesionalidad con que actuó el FMI en estas operaciones. No es un diagnóstico nuevo: Stiglitz se encargó de denunciar el exceso de doctrinarismo (sectarismo, cabría decir), las ocultas motivaciones y la limitada competencia demostrada por el FMI en su labor de asistencia a los países en desarrollo. Ahora es otro autor reputado y poco sospechoso de radical el que nos confirma ese juicio, ofreciendo nombres, lugares y circunstancias. De hecho, uno extrae la conclusión de que no sólo el FMI carecía de la capacidad para generar un diagnóstico y una terapia adecuadas para las economías en crisis de los años ochenta, sino que además sus recomendaciones respondían a intereses bien definidos e identificables, asociados a la Banca y al Tesoro estadounidenses. Lo que cuestiona su papel como institución de gobierno multilateral.

Niño pobre entre basuras

La segunda conclusión alude a la interesada ceguera que los donantes han manifestado en relación con el tratamiento de la deuda externa del mundo en desarrollo. La rigidez frente a este problema, negándose a operaciones de condonación en circunstancias bien definidas, se ha demostrado, al cabo, como una de las causas del fracaso al que se abocaron alguna de las operaciones de reforma. Al tiempo que el éxito de otras (como el caso de Polonia) se explica, en parte al menos, por el discriminatorio trato de favor que el país recibió de los acreedores, motivado por razones de interés geoestratégico fáciles de comprender. Un tratamiento que, sin embargo, le fue negado a otros países de África o de Latinoamérica. Quién asuma las responsabilidades de semejante ceguera es algo que está todavía por dirimir.

Por último, la tercera conclusión se refiere a la insistencia con que el autor pondera el papel que la geografía tiene en la determinación de las posibilidades de desarrollo de los pueblos. Se trata de una tesis muy querida para Sachs, que desarrolló analíticamente en varios trabajos elaborados con otros colegas de la Universidad de Harvard. Su radical planteamiento inicial rezumaba un incómodo determinismo geográfico, lo que propició un sonoro debate en el que participaron diversos analistas del desarrollo. Frente a la tesis de Sachs se erigieron aquellos que, como Rodrik, insistieron en la precedencia de las instituciones y de los marcos normativos –respecto a la geografía– en la explicación del desarrollo. El cruce de estudios y de resultados empíricos de signo diverso ayudó a atemperar los primeros planteamientos más radicales, hasta situar –entiendo yo– a los obstáculos geográficos en el nivel de un factor más entre los posibles condicionantes del desarrollo. En el recorrido que Sachs hace en el presente libro vuelve una y otra vez sobre este tema para explicar los problemas que afrontan los países objeto de análisis y, muy particularmente, los cerrados al mar y localizados en el entorno de los trópicos.

La segunda parte del libro tiene un tono más prescriptivo y pretende recoger las medidas que donantes y receptores deben poner en marcha para garantizar la superación de la pobreza. Se trata de la parte más interesante del libro, la más rica en contenidos y la más novedosa. No en vano recoge alguna de las conclusiones más centrales de las dos importantes comisiones de Naciones Unidas que el propio Sachs presidió: la Macroeconomic and Health Commission y la UN Millenium Project.

No es extraño, por tanto, que sea excelente el capítulo que Sachs dedica a analizar los problemas de salud que padece el mundo en desarrollo, particularmente África ("The voiceless dying"), recogiendo buena parte de las conclusiones de la Macroeconomic and Health Commission. Y son también muy sugerentes los capítulos que el libro dedica al análisis de las causas de la pobreza, que rememoran (sin citarlos) los trabajos de los pioneros del desarrollo, como Nurkse, Myrdal o Rosestein Rodan; el orientado al análisis de experiencias exitosas, tanto a nivel agregado de la comunidad internacional como en el ámbito de las iniciativas locales, o el que dedica a analizar los costes que comportaría poner en marcha un proceso de desarrollo autosostenido. El libro recoge, por lo demás, una buena colección de propuestas para vencer la pobreza, la mayor parte en línea con las que se derivan del informe Investing in Development, que emanó de los trabajos del UN Millenium Project. Unas propuestas que obligan a operar en torno a lo que Sachs denomina los Big Five, a través de un esfuerzo inversor en: i) desarrollo agrario; ii) salud básica; iii) educación; iv) energía, transportes y comunicaciones, y v) agua y saneamientos. Se trata de cinco aspectos que, en opinión de Sachs, operan como desencadenantes de los procesos de desarrollo, con un efecto multiplicador sobre las posibilidades de reducción de la pobreza.

Desde esta perspectiva, resulta también digna de ser subrayada la insistencia con la que Sachs argumenta la necesaria implicación y el respaldo financiero de los donantes. Al tiempo que desmonta los argumentos que los más escépticos suelen ofrecer, muy relacionados con la presencia de despilfarro, de corrupción o de mal gobierno en los países receptores. En sus propias palabras, "el mayor problema hoy no es que los países mal gobernados reciban demasiada ayuda, sino que los bien gobernados obtienen muy poca".

Haciendo balance crítico de esta parte del libro, llama la atención el inadvertido retorno que Sachs hace a la literatura del desarrollo de los años cincuenta. Se trata de una vuelta a los conceptos de "trampa de la pobreza", de "círculo vicioso del ahorro", de "gran empujón", de "complementariedades inversoras", que subyace a la argumentación y a las propuestas de Sachs. Un hecho que resulta tanto más sorprendente si se tiene en cuenta: en primer lugar, la matriz neoclásica de la que parte Sachs; en segundo lugar, el ostracismo al que había sido condenado este tipo de literatura por parte de la corriente dominante de la teoría del crecimiento.

Más allá de estos aspectos de carácter más bien doctrinal, es inquietante la excesiva confianza que Sachs tiene en las medidas relacionadas con la concentración del esfuerzo inversor, como si de ellas derivase obligadamente el desarrollo, sin más mediaciones. De hecho, esos planteamientos dieron lugar en el pasado a megaproyectos inversores en infraestructuras, que al cabo se demostraron de baja rentabilidad social por carecer de la demanda para su adecuado aprovechamiento y de los recursos para su sostenibilidad.

Una segunda deficiencia de esta visión, limitadamente constreñida a las necesidades de ahorro externo de los países en desarrollo, es su desconsideración de los condicionantes que el entorno internacional impone a las posibilidades de desarrollo de los países más pobres. Pareciera que una vez que se dispone de los recursos, el desarrollo surgiese de manera natural, cualesquiera que sean las condiciones propias del sistema de regulación del comercio, de las finanzas o de la transferencia de tecnología a escala internacional. Las reclamaciones del mundo en desarrollo en pos de un Nuevo Orden Económico Internacional, a comienzo de los setenta, evidenciaron la relevancia que estos aspectos internacionales tenían para los países del Sur.

En suma, hubiese sido bueno por parte de Sachs un mayor análisis de lo que ha sido la doctrina y la experiencia del desarrollo en el pasado, para evitar descubrir mediterráneos tres décadas después de haber sido transitados. En este sentido, entre las enseñanzas que se derivan de la experiencia del desarrollo, dos parecen de especial relevancia para lo que aquí se quiere comentar. En primer lugar, que tan importante como operar desde la oferta, aportando recursos a través de la concentración del esfuerzo inversor, es actuar desde la demanda, motivando cambios en las valoraciones y conductas sociales y en las instituciones que las articulan. Y en segundo lugar, que tan importante como motivar procesos de cambio en los países es promover alteraciones en el marco internacional en el que esos países están insertos, ampliando las posibilidades que el comercio, la tecnología o las finanzas internacionales proporcionan a los países en desarrollo. Ni uno ni otro aspecto están debidamente considerados en el trabajo de Sachs: en el primer caso, porque toda la atención se centra en los recursos necesarios para promover los cambios que se sugiere, y en el segundo, porque apenas se presta atención al marco internacional disponible.

Y son estas dos carencias que confirman una impresión que rezuma todo el análisis: la de encontrarnos ante un nuevo arbitrismo de carácter humanitario, tan bien intencionado como simplificador. Una simplificación que deriva de esa excesiva confianza en el saber técnico, en parte descontextualizado, como sustento de una propuesta que tiene mucho de ingeniería social. Nada sugiere que Sachs se haya preocupado por estudiar la literatura del desarrollo y los debates a los que esa doctrina ha dado lugar; y él mismo reconoce que su acercamiento a la realidad del mundo pobre es relativamente reciente. Ninguna de estas carencias le incapacita para un análisis sugerente, pero tal vez le aconseje mayores dosis de prudencia (y de capacidad crítica) en la construcción de alternativas supuestamente redentoras.

II. Nostalgia de Bauer

Carlos Rodríguez Braun

Mujer africana

La economía del crecimiento ha padecido disparates, baraturas marxistas, "conciencias del subdesarrollo" y otras consignas insolventes. Por eso conviene saludar este libro, bien escrito y de carácter divulgativo. Quizá no enseñe mucho a los economistas, pero al menos no intoxicará al público con desvaríos más alarmantes que los que nutren el pensamiento más compartido y respetado.

Jeffrey Sachs, en efecto, se mantiene al margen de las jeremiadas que sostienen que la economía es un juego de suma cero, y que la situación de los pobres no mejora. La cifra de 1.100 millones de personas afectadas por la pobreza extrema en 2001 podrá suscitar legítimamente cualquier opinión, menos una: la de que es superior a los 1.500 millones que había en 1981. Tras la incorrección política de negar que los países pobres lo sean porque los ricos lo son, Sachs es crítico del comunismo, y no concede crédito a ese sistema empobrecedor y criminal. Además, condena el intervencionismo, las nacionalizaciones y el proteccionismo, mientras que alaba el mercado, la globalización y las empresas multinacionales: señala que cuanto mayor es la inversión extranjera, mayor es la prosperidad. No le gustarán estas ideas a Evo Morales –y menos aún los elogios que recibe Sánchez de Lozada, hoy bestia negra del progresismo, en el capítulo 5.

Todo esto está bien, aunque adolece de dos deficiencias. Por un lado, los aciertos que expresa el presente volumen sobre el desarrollo económico, además de sus antecedentes clásicos, ya fueron planteados hace décadas por Peter T. Bauer, a quien Sachs no cita, y cuya obra principal refleja ya en su título –Dissent on Development– la situación de soledad que debió sobrellevar por defender posiciones que con el tiempo probaron ser más sólidas que las teorías antiliberales de raíz marxista o prebischiana. La segunda deficiencia es que Sachs incurre en tópicos e inconsistencias que eludió Bauer.

Cómoda propensión en las llamadas ciencias sociales es la de sostener a la vez una cosa y su contraria. Sachs afirma que la tecnología es importante para el crecimiento, pero a continuación proporciona una explicación institucional para dar cuenta de la riqueza británica: apertura del mercado, iniciativa individual, movilidad social, propiedad privada. Es decir, ni ayuda exterior, ni ONU, ni ninguna ONG, ni ningún objetivo burocrático o político de movilización social. Tesis seductora, pero que sin embargo no aplica a los países pobres. Arguye que algunos de éstos mejoran, aunque otros no, lo que refutaría las ideas del estilo de los "círculos viciosos", pero a continuación emite un diagnóstico contradictorio con los datos que él mismo da: "Las familias y países que están en la cola de la distribución mundial de rentas, en situación de pobreza extrema, tienden a permanecer estancados".

Estos juegos han afectado a autores de más renombre que Sachs, y si se busca una receta para ser considerado sabio y con "visiones plurales", lo mejor es agrupar visiones contradictorias. El no dejar cabo sin atar ni proposición sin neutralizar con su elemento inverso entusiasma a no pocos lectores. Sucedió en el siglo XIX con el gran Stuart Mill y en el XX con el bastante menos grande Berlin (también con Rawls), a quien muchos jalean por su pluralismo, sin percibir que ingeniosos artificios como la libertad positiva y negativa carecen a la postre de más contenido que las teorías de pensadores recelados en tanto que "no plurales" simplemente porque tienen las ideas claras. Por eso es de lamentar que Sachs no cite a Bauer ni a North (ni a un español ilustre en su propio campo: Sala-i- Martín), y que mencione sólo una vez, y desdeñosamente, a Sen. En cambio, declara admiración por Keynes, célebre contradictorio, y por Adam Smith, y subraya los matices en su liberalismo (coincide, seguramente a su pesar, con austriacos contemporáneos), como si dichos matices fueran una novedad y Viner no los hubiese expuesto hace ochenta años; los especialistas han señalado que en más de una discusión Smith, como ironizó uno de ellos hace mucho tiempo, se pareció a aquél hombre que montó en su caballo y partió en direcciones opuestas. Sachs, empeorando al escocés, parece partir en todas las direcciones a la hora de dar cuenta de la riqueza de las naciones, y al final no queda claro si en la superación de la pobreza cuentan más la paz y la justicia que los anticonceptivos.

La retórica animista y colectivista predomina, y así "debemos" acabar con la pobreza, lo que da la espalda otra vez a Bauer, porque eso es lo que los pobres ya hacen, con frecuencia a pesar del Gobierno; y disuelve la libertad y la coacción, como si la solidaridad voluntaria guardase analogías cruciales con categorías políticas como los "objetivos del milenio". Persiste en distorsiones de ese tenor, como cuando aduce que el Plan Marshall reconstruyó Europa, lo que encaja con el principal mensaje del libro, también contradictorio con los datos: no hay forma de salir de la pobreza sin la "ayuda" exterior. "Las economías, como las personas, son sistemas complejos". No es así, las economías son complejas, pero no son como las personas. Y, aunque le habría gustado a Quesnay, los problemas económicos no son iguales a los de un enfermo necesitado de un "médico" –equívoca caracterización con la que Sachs identifica a los economistas, empezando por el más grande galeno: él mismo.

Niños pobres

Todo esto gustará a los políticos, instrumentos beneficiosos e imprescindibles para subir por la "escalera del desarrollo", nueva versión del take-off rostowiano. El mercado es apenas un medio, y no el primordial; Sach evoca la dudosa teoría clásica de los estadios: antes de nada vienen las infraestructuras y el capital humano, y después el comercio y el mercado como motores del desarrollo. Pero su análisis institucional deja que desear, como en su explicación de los orígenes de la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión; e ingenuamente keynesiano es su alborozo ante la "libertad de maniobra" de los bancos centrales.

Es acertado, naturalmente, bucear en muchas causas y no limitarse a una sola, por ejemplo: los africanos son pobres porque sus gobiernos son corruptos. También fueron y son corruptos los gobiernos europeos, y no por ello han acabado con la prosperidad. Pero es cuestionable la visión simplista de Sachs de la política como agente unidireccional, linealmente representador de la colectividad, y exclusivamente plausible: "La proporción de gasto público sobre el PIB en varias categorías (sanidad, educación, infraestructuras) da una idea de la intensidad del esfuerzo que está realizando un país para reducir la pobreza". Resulta cuestionable aludir al "cambio climático producido por el hombre y originado en el mundo rico", lo que carece de aval científico, aunque se ajusta a lo que quieren oír políticos, burócratas y grupos de presión. Disfrutarán todos ellos con el cántico a la condonación de las deudas, con los usuales argumentos sobre los fallos del mercado, con el trade plus aid en vez del trade not aid, con la idea de que los países pobres "son demasiado pobres para resolver sus problemas", y con recomendaciones que van desde las confusas, y peligrosas para la libertad, de buscar un "cierto equilibrio entre filantropía e impuestos", hasta las melosas como la de terminar con la pobreza con un "pacto global". Resbalando por esa pendiente se acaba en el insulto de comparar el terrorismo con el Sida, o en el ridículo de llamar a Kofi Annan "el mejor estadista del mundo".

Un ejemplo final de superficialidad es su crítica al Index of Economic Freedom, por la que es reprobado en la última edición del mismo. Sachs lo desprecia alegando que no existe correlación entre la posición de un país en dicha clasificación y su tasa de crecimiento, pero el Index no lo afirma, y su tesis es distinta y doble: relaciona el nivel de la libertad económica y el nivel de la prosperidad, y aún más estrechamente los cambios hacia la libertad económica y las tasas de crecimiento. Jeffrey Sachs es doctor por Harvard y catedrático en Columbia. Pero incluso Homero dormitaba.