I. DEBATES
2.
Balance de las reformas de las
economías latinoamericanas:
Argentina.
I. Visiones
sobre la crisis argentina
Javier A. González Fraga
Este libro de Aldo Ferrer es un clásico,
editado por primera vez hace más
de 40 años, y con más de 100.000 ejemplares
vendidos. Fue editado por segunda
vez en 1973 y nuevamente en el 2004, y
en cada edición se actualizó la última parte
de acuerdo con agitada evolución de la
economía argentina. Sobre el autor podría
decirse que es un auténtico y muy consistente
representante de la escuela estructuralista,
donde han militado Celso Furtado
y Helio de Jaguaribe, y se siente la influencia
del Raúl Prebisch de la CEPAL,
enfrentado desde siempre con la visión
neoliberal monetarista.
Aquella primera edición de 1963 reflejaba
la sensación de frustración que teníamos
los argentinos por la falta de un proyecto
de desarrollo industrial vigoroso,
como el que caracterizaba a nuestro vecino
Brasil. Aquel era un libro esperanzado,
casi ingenuo por el énfasis en lo técnicoteórico,
que se concentraba fundamentalmente
en la necesidad de lograr una integración
nacional y regional alrededor de
un proyecto industrial que superase al modelo
agroexportador que se había derrumbado
con la crisis de 1930. La situación
económica de la Argentina de entonces se
caracterizaba por un nivel bajo de crecimiento,
cierto aislamiento internacional, y
el atraso tecnológico consecuente. Pero
no había llegado todavía la etapa de los
ciclos de euforias y colapsos financieros.
En la segunda edición, de 1973, Aldo
Ferrer incorpora la descripción de la Argentina
a la que redefine como semiindustrial dependiente, donde lo económico se
enlaza sutilmente con las estructuras de
poder y aparece toda la temática de la dependencia.
Ésta ya es la visión apasionada
de quien ha participado activamente en
política como ministro de Economía de la
Nación, entre otras muchas responsabilidades.
Pero las ideas de Ferrer no fueron
las que se impusieron en aquellos tumultuosos
años 70, sino las de los que defendían
políticas que hoy etiquetaríamos como
neoliberalismo financiero, que en su
versión autóctona rigió por las siguientes
tres décadas.
La tercera edición es el racconto, seguramente
definitivo, de esta historia, en el
que, con más contundencia que en las anteriores
ediciones, Aldo Ferrer describe los
males generados por esos 30 años de hegemonía
neoliberal, hasta su colapso aparentemente
definitivo en 2001.
Pero el libro es mucho más que una
descripción de lo que nos ha sucedido en
estas últimas décadas. El trabajo comienza
con la descripción de la situación económica
y social de una colonia española
"olvidada" por carecer de oro, plata, azúcar
o café, que fueron los determinantes
del desarrollo regional en los siglos XVI y
XVII. Finalmente, en esa época, el atractivo
de Buenos Aires era únicamente su
ventaja potencial como puerto sobre el
Atlántico para llegar a las minas del
Potosí, y, posteriormente, la tentación del
contrabando para superar el aislamiento a
la que lo sometía el monopolio del abastecimiento
desde Lima.
Después, en la segunda parte, Ferrer
describe la evolución de Buenos Aires,
conjuntamente con el surgimiento de las estancias a partir de la apropiación de tierras
y ganados. En la Argentina este proceso
estuvo muy ligado a las concesiones
otorgadas primero por la Corona, y posteriormente
por influencias, amistades o méritos
militares antes que por la disposición
a trabajar las tierras "conquistadas", como
se hizo en los Estados Unidos, como lo destaca
el autor más adelante.
En la tercera parte del libro Ferrer describe la Argentina que, a comienzos del siglo
pasado, el Diccionario Enciclopédico
Larousse definió como el país que, por sus
riquezas y capacidad de sus habitantes, estaba
destinado a rivalizar con los Estados
Unidos por el liderazgo mundial. Ferrer señala
a la excesiva concentración de la riqueza
y a la rígida estratificación social, heredados
de la situación colonial, como las
causas del fracaso de aquella ilusión. El estanciero
no es un farmer, sino más bien un
rentista que le cobra al inmigrante, que es
su arrendatario. Es interesante y muy original
su argumentación sobre el interés de
las clases dirigentes, fundamentalmente terratenientes
exportadores, en mantener la
moneda devaluada, la inflación alta y los
impuestos bajos, para consolidar sus ventajas
económicas.
La cuarta parte del libro está dedicada
al período que va desde la crisis del 30 hasta
el golpe militar del 76. Este período, que
primero Ferrer llamó la industrialización
no integrada y posteriormente dependiente,
tiene dos mitades bien diferentes. En la
primera, que incluye algunos años del gobierno
del General Perón, se aprecia un relativo
reordenamiento post crisis, que se
destaca por la positiva influencia del economista
y funcionario Raúl Prebisch, del
cual justamente Aldo Ferrer fue discípulo y
amigo. En esos difíciles años para todo el
mundo, la economía argentina se desenvuelve
relativamente bien. Pero, a partir de
1950, los problemas inflacionarios se agudizan,
y con ellos los desequilibrios fiscales
y externos. Por entonces, el poder económico
se traslada a los sectores vinculados a
las finanzas, a la industria sobreprotegida y
a los proveedores del Estado. Y consecuentemente
se agudizan el atraso agropecuario
y los desequilibrios regionales.
En esta parte, y en la siguiente, que cubre
el final del siglo, Ferrer introduce dos
conceptos que no aparecían en las ediciones
anteriores, y que resultan claves para
entender su mensaje final: el de globalización
y el de densidad nacional.
Ferrer sostiene que la globalización tiene
una influencia muy superior a la real
internacionalización de las economías, a
través de su peso en la información y en
las finanzas.Y, por lo tanto, determina una
estructura de poder y una influencia en las
expectativas que poca relación tiene con
el peso de la economía realmente globalizada.
También define Ferrer a la densidad
nacional como una medida de consistencia
o cohesión interna económica y social,
que es fundamental para lograr que un
proyecto nacional sea compartido y exitoso.
Sostiene que solamente una sociedad sin grandes fracturas ni exclusión de segmentos
importantes puede tener continuidad
en las reglas de juego y protagonizar
un proceso de crecimiento exitoso.
Como ya fuera expresado, los últimos
30 años fueron dominados por la versión
autóctona del pensamiento neoliberal,
que sirvió para impulsar el enriquecimiento
a través de la especulación financiera
y provocar la mayor sucesión de crisis
bancarias, fiscales y externas de
nuestra historia. En estos años, el PIB per
cápita estuvo estancado, pero en ese lapso
la relación entre el 10% más rico y el
más pobre pasó de 8 veces a más de 40
veces. Como consecuencia de esto, desapareció
la gran clase media que caracterizó
a la Argentina, y apareció la pobreza,
con su enorme carga de marginalidad y
exclusión.
Este interesante libro finaliza en los
primeros años de la recuperación reciente
concluye con un mensaje esperanzado,
pero prudente: solamente una sociedad
unida alrededor de un proyecto que considere
los intereses nacionales permitirá
superar muy paulatinamente la frustración
acumulada en el siglo pasado.
En suma, un libro que mantiene la actualidad,
y sigue siendo de consulta obligatoria
para quienes deseen encontrar
una explicación del fracaso argentino. Su
principal virtud, en comparación con
otros textos sobre la misma temática, es
la capacidad de integrar el análisis histórico
con la explicación económica, sin desatender
lo social y lo político.
Las otras dos obras que cubre esta reseña
son de mucha menor entidad que la
de Aldo Ferrer, tanto por el alcance del
tema como por la profundidad pretendida
por los autores. En el libro de Elio
Rodolfo Parisí y Ángel Rodríguez Kauth,
Claves de la Argentina del Siglo XXI, se publican
ensayos de los autores elaborados a
partir de la crisis de 2001.
En los mismos se cubren las cuestiones
socio-psicológicas que surgieron como
consecuencia de los cambios económicos
y políticos que detonó primero la
gran recesión de 1998, después el colapso
político del gobierno del Presidente de la
Rúa y, finalmente, los ajustes económicos
que produce el abandono de la convertibilidad
cambiaria.
El libro tiene el acierto de describir la
bronca creciente que imperó en la parte
más vulnerable de la sociedad, a partir de
un desequilibrio económico insoslayable
durante la "década menemista" y su posterior
identificación en el "movimiento piquetero".
Este pasaje parte de la exclusión
del "no trabajador", que se transforma en
protagonista en diciembre de 2001, al voltear
un gobierno constitucional y erigirse
en "alguien" identificado como piquetero.
Este proceso de autoidentificación genera
el surgimiento de una conciencia y de una
solidaridad, en toda la sociedad, que es
bastante infrecuente, y está muy bien relatada
en algunos capítulos de esta recolección
de artículos de los autores.
También son interesantes, y desde ya
muy discutibles, algunos atributos asignados
a la sociedad argentina por su comportamiento
en esos años. La hipocresía,
la queja permanente, la mentira o la
trampa tienen su explicación, según los
autores, en ese contexto tan difícil de la
caída de la convertibilidad, después de la
"fiesta consumista" de los noventa.
Coinciden las autores con Aldo Ferrer
al insistir en la necesidad de construir una
identidad nacional, como paso previo a
una maduración más permanente en la
tarea de construcción de una nación más
justa y solidaria.
En el trabajo de Fabián Repetto y
Guillermo V. Alonso, La Economía Política
de la Política Social Argentina: una mirada
desde la desregulación y la descentralización,
la temática es esencialmente la política de
desregulación y descentralización en áreas
sociales llevada a cabo por la administración
del Presidente Carlos Menem. El informe,
de 56 páginas, está incluido en la
Serie Políticas Sociales de la CEPAL.
En la primera parte del trabajo se describe
la matriz socio política que permite
el planteo por parte del Presidente
Menem de las políticas de transformación
del área social. Se destacan las condiciones
favorables que heredó ese presidente
a partir de las tendencias al debilitamiento
de las mismas durante el proceso militar,
agravadas por la hiperinflación del gobierno
del Dr. Raúl Alfonsín.
La sociedad, temerosa del colapso
económico, aceptó casi sin cuestionamientos,
el desmantelamiento de las regulaciones
que protegían los derechos de
los trabajadores, la mayoría elaboradas
durante los gobiernos justicialistas de décadas
anteriores.
En este proceso existieron razones de
mercado, que estaban verdaderamente
basadas en la necesidad de lograr una mayor
competitividad, especialmente a partir
del abandono de la política monetaria
y cambiaria que implicó la convertibilidad,
que se tradujo en un elevado atraso
cambiario.
Lo realmente creativo del trabajo de
Repetto y Alonso es la explicación de las
concesiones o "pagos compensatorios"
que el gobierno de esa época decide para
seguir contando con el apoyo, o por lo
menos el silencio, de los principales dirigentes
sindicales vinculados al peronismo.
Pero igualmente llamativa es la afirmación
de que el objetivo final para la administración
Menem no era la modernización
del aparato productivo en una
economía abierta, sino la consolidación
de una estructura de poder. La prueba de
ello, sostienen los autores, es la incorrecta
implementación de muchas de estas reformas,
que impidieron el cumplimiento
de los servicios sociales desregulados y/o
descentralizados. Esto se debió a la subsistencia
de una serie de superposiciones
burocráticas, imperfecciones, ambigüedades
y reformas inconclusas, que impidieron
que las provincias, o los organismos
privados o mixtos creados, pudieran llevar
a cabo las tareas que antes recaían en
el Estado.
Esta inacción desnuda era, según Repetto
y Alonso, la verdadera motivación que
perseguía la coalición de poder del gobierno
del presidente Menem. No era el
propósito principal de estas políticas producir
una mejor oferta en materia de
educación, salud, vivienda o alimentación
para los sectores más necesitados, sino
complacer a los líderes sindicales ofreciéndoles
el control de las obras sociales,
y sus cuantiosas presupuestos. De esta
manera, los sindicalistas acompañarían
otras reformas, como la constitucional de
1994, de gran interés para los planes políticos
de Menem. Sin duda, una propuesta
muy audaz, pero muy bien desarrollada
en el informe.
II. Entre la ideología, la historia y la ficción
Alberto Benegas Lynch (hijo)
Como es sabido, el lenguaje resulta
indispensable para pensar y para trasmitir
pensamientos. Cada concepto se traduce
en un símbolo que, a su vez, permite construir
silogismos y llegar a conclusiones. El
lenguaje resulta de una convención, puesto
que no hay correspondencia entre enunciados
compuestos por signos y las propiedades
y atributos de las cosas y los procesos
que conforman la realidad, de lo cual
no se sigue que el lenguaje resulte arbitrario.
Si fuera así, no habría modo de comunicarse.
Este orden espontáneo del lenguaje
está inmerso en una secuencia evolutiva.
Nos resulta muy difícil entender el castellano antiguo, el inglés o cualquier otro idioma
o dialecto de épocas lejanas precisamente
por su carácter evolutivo (salvo las lenguas
muertas). En este sentido, los diccionarios
son libros de historia, las palabras mutan
de significado, aparecen nuevas y desaparecen
otras según sea la riqueza intelectual y
la fertilidad cultural de los usuarios.

Ideología es una palabreja que conviene
analizarla con cuidado. En estas líneas la
utilizaré según su acepción mas generalizada.
No me refiero a la definición inocente
del diccionario en cuanto a conjunto de
ideas. Tampoco me refiero a la concepción
marxista de falsa conciencia de clase.
Aludo a una trama conceptual cerrada, inexpugnable,
pétrea, imposible de modificar.
Esto es, una visión fundamentalista y anticientífica,
puesto que el conocimiento se
basa en corroboraciones siempre provisorias
abiertas a posibles refutaciones en el
contexto de un azaroso camino de prueba
y error, en la esperanza de incorporar alguna
porción adicional de territorio en el que
sostenernos en el inmenso mar de ignorancia
en el que estamos ubicados los humanos.
Para alejarnos de las ideologías, es menester
operar en sistemas en donde las puertas
y ventanas se encuentren abiertas de
par en par al efecto de posibilitar la entrada
de la mayor dosis de oxígeno que resulte
posible. Los aparatos estatales asfixiantes,
basados en la presunción del conocimiento
de ingenieros sociales que pretenden moldear
a los seres humanos como si se tratara
de autómatas, responden a concepciones
ideológicas de la naturaleza descripta. Por
el contrario, la sociedad abierta y el espíritu
liberal son la anti-ideología por antonomasia.
Son procesos siempre inacabados y
en permanente estado de ebullición que
mantienen despejadas las avenidas creativas
para que cada uno pueda usar y disponer
de lo suyo del modo que lo considere
pertinente, y sólo se recurre a la fuerza de
carácter defensivo en caso de que se produzcan
lesiones a derechos de terceros. En
cambio, el planificador de vidas y haciendas
ajenas no sólo falta el respeto de los
planificados, sino que basa su acción en un
espejismo que consiste en suponer que su
coordinación coactiva resulta posible si
dispone de ordenadores con la suficiente
capacidad de memoria para almacenar datos.
No se percata de que la información
no se encuentra disponible ex ante.
El lector puede hacer una conjetura
respecto de lo que hará el mes que viene,
la semana que viene o durante el día de
mañana, pero, llegado el momento, al cambiar
las circunstancias,modificará sus prioridades.
Si nosotros mismos no sabemos
que haremos en las siguientes horas, mal
podríamos imponer la coordinación de millones
de arreglos contractuales, en los que
incluso ex post la información se encuentra
dispersa y presenta dificultades para su debida
articulación, puesto que se trata de lo
que Michael Polanyi denominó "conocimiento
tácito". A todo esto se agrega la dificultad
de que, al afectar los derechos de
propiedad –tal como enseñó Ludwig von
Mises–, se afectan los precios y, por ende,
el cálculo económico, la evaluación de proyectos
y la propia contabilidad pierden significación
en la medida en que se desdibujan
los antedichos indicadores y señales en
el mercado.
Éste es el caso del libro de Aldo Ferrer
La Economía Argentina. Desde sus orígenes hasta
principios del siglo XXI (México: Fondo de
Cultura Económica, 1963/2004, tercera
edición aumentada y actualizada). En general,
su obra se asemeja más a un ejercicio
de ideología militante que a un texto
de historia. Ejemplificaré mas delante en
torno a esta observación, pero es de interés
señalar que el libro también incluye
alguna descripción compatible con la historiografía
rigurosa, lamentablemente entremezclada
con referencias que pueden
catalogarse más bien como de un género
estrechamente emparentado con la ficción,
lo cual naturalmente se aleja de la
disciplina histórica que en el libro de marras
por momentos parece contrafactual.

La rigurosidad y la seriedad del autor
se pone de manifiesto, por ejemplo, cuando
escribe que "[...] el orden colonial fue
hostil a la emergencia del espíritu capitalista
y configuró estructuras productivas en
las cuales prevaleció el subdesarrollo"
(p.59). Sorpresiva manifestación en verdad,
ya que se contradice con prácticamente
todo lo escrito en el libro, puesto que patrocina
un régimen colonial cerrado y antiliberal
tal como también lo enfatiza en
otro de sus libros que lleva el sugestivo título
de Vivir con lo nuestro (Fondo de
Cultura Económica, 2002). Este libro está
construido sobre un andamiaje más bien
xenófobo y tal como lo intentó aplicar
cuando fue ministro de economía de facto
en la época militar, a través de la imposición
del Banco Nacional de Desarrollo para
poder manipular a su arbitrio la economía
(manejar las "palancas del desarrollo"
tal como era afecto a describir la andanada
de sus regimentaciones, como si las relaciones
interindividuales fueran un aparato
que debe domarse), lo cual produjo
uno de los tantos descalabros mayúsculos
en la sufrida economía argentina.
Aquella manifestación de sensatez que
dejamos consignada queda anulada por
sus incursiones en la ficción y en la ideología.
El primer caso se pone de relieve,
por ejemplo, en el título y el contenido de
la Quinta Parte (pp.289-359): "La hegemonía
neoliberal (1976-2001)". Dejemos
de lado la etiqueta de neoliberal, ya que se
trata de un concepto vacío y fabricado para
apuntar con un indisimulado disimulo
al liberalismo y a la consecuente sociedad
abierta, puesto que ningún intelectual de
peso se autotitula hoy con esa denominación
atrabiliaria. En todo caso, a gobiernos
que aumentaron sideralmente el gasto público,
el endeudamiento estatal, el déficit
fiscal y la presión tributaria, en el contexto
de la ausencia mas completa de la división
horizontal de poderes y la inexistencia
de todo contralor republicano, no se
los puede tildar –con algún viso de rigor–
de liberales, y menos hegemónicos.
A esta curiosa interpretación, el autor
agrega un no menos curioso apartado del
género de la ficción en la Sexta Parte, que
titula "Derrumbe del modelo neoliberal"
(p.367), en la que sugiere que las crisis inauditas
de la economía argentina resulta
que son consecuencia de la libertad de los
mercados, la competencia y marcos institucionales
civilizados de respeto a los derechos
de propiedad, en lugar de atribuirlos
a la acción demoledora de aparatos
estatales hipertrofiados y de gobernantes
megalómanos que usaron vidas y haciendas
ajenas del modo más desaprensivo que
pueda concebirse. Pero el autor no se amedrenta
y termina su libro recomendando
"una política fiscal y monetaria activa"
(p.370), que en el léxico de la profesión
implica que las estructuras de fuerza, que
teóricamente, y según las mejores tradiciones
argentinas, se han constituido con
poderes limitados para proteger los derechos
de todos, redistribuirán coactivamente
ingresos a través de herramientas tributarias,
y la banca central manipulará la
base monetaria, la tasa de interés y el tipo
de cambio. Es decir, insistir en la misma
política que lamentablemente ha dominado
el escenario argentino durante los últimos
sesenta años.
Vamos a la ideología, esto es a los sistemas
cerrados e inexpugnables, vinculados
en su raíz con lo que el premio Nobel
en Economía Friedrich A. Hayek ha bautizado
como racionalismo constructivista: la
pretensión de diseñar la sociedad en lugar
de descubrir órdenes que responden a la
naturaleza de las cosas. La pretensión de
desconocer el significado y la trascendencia
de lo que Adam Smith bautizó como
"la mano invisible" o, en otro plano de
análisis, lo que modernamente explica
Israel Kirzner en cuanto a las falacias de
los modelos de equilibrio y competencia
perfecta que se traducen en la ausencia de
competencia, puesto que allí donde se supone
"conocimiento perfecto" no hay posibilidad
de arbitrajes ni de actividad empresarial.
Uno de los tantos ejemplos de racionalismo
constructivista, o ideología en el sentido
antes definido, puede comprobarse
en el grado en que se aparta el autor del
texto comentado respecto de uno de los
pocos puntos en que –según Milton Friedman–
los economistas profesionales estamos
más de acuerdo. Se trata de las ventajas
de comprar barato y de mejor calidad
del exterior cuando esta situación no se
presenta dentro de las fronteras de un país.
Así, el doctor Ferrer patrocina la sustitución
de importaciones recomendando que
cuando disminuyen las exportaciones, se
deben "adoptar medidas de tipo compensatorio
(financiamiento del déficit fiscal y
de parte de la inversión privada mediante
la creación de medios de pago ), que permitirá
mantener los niveles de la demanda
global mediante la expansión de los gastos
de consumo del sector público [...]
Alternativamente, pueden restringirse
compulsivamente las importaciones por la
aplicación del control de cambios y el
otorgamiento de divisas para importar sólo
a las personas autorizadas, o por el aumento
de los derechos de aduana, o por la
fijación de cuotas de importación, o por la
prohibición lisa y llana de ciertas importaciones
o, finalmente, por una combinación
de varios de estos sistemas" (pp.205-6).
Bajo esta lupa, y con este criterio, pretende
describir la historia argentina en la obra
a que nos venimos refiriendo.
Con el doctor Ferrer somos colegas en
la Academia Nacional de Ciencias Económicas,
aunque el no asiste a las reuniones
y seminarios. El motivo de dichas inasistencias
se debe a lo que le expresó a dos
de los distinguidos miembros de la corporación
en el sentido de que la Academia se
parece a "un club de neoliberales". No es
procedente insistir con el invento inexistente
del neoliberalismo al que ya hemos
aludido, sólo apuntamos que en la
Academia –tal como corresponde a los
ámbitos de estudio y de investigación– se
presentan muy diversas manifestaciones
de las distintas corrientes de pensamiento
y se examinan muy diversos andariveles.
Así se observan criterios que provienen de
la Escuela del Public Choice, Rational
Expectations, Law & Economics, Escuela
de Chicago, Escuela Austriaca, Escuela de
Lausana, Escuela de Cambridge, especialistas
en econometría, en teoría de los juegos,
estudiosos de asimetrías, costes de
transacción, aplicaciones de la economía a
campos tradicionalmente ajenos a esta disciplina,
aspectos epistemológicos sugeridos
por Vernon L. Smith, académicos que
no se identifican con ninguna de las líneas
de investigación mencionadas y los más
que toman aportes de distintas vertientes,
pero todos están atentos a las nuevas contribuciones
que corren la frontera de la
ciencia. Aparentemente, el doctor Ferrer
prefiere mantenerse al margen de estos
debates pluralistas, donde con tanto provecho
se confrontan teorías rivales y elige
repetir lo que ha venido diciendo en las
pasadas décadas, porque, a diferencia de lo
que ha ocurrido en otros casos de actitudes
que revelan cierta capacidad para la
acrobacia y la pirueta descarnadamente
oportunista, hay que reconocerle al autor
de esta peculiar historia de la economía
argentina que siempre se ha mantenido
incólume en su mensaje editorial.
Hace ocho años, en una de mis cátedras
en la Universidad de Buenos Aires,
había vencido el término estipulado en un
concurso que gané como profesor titular
y, consecuentemente, se constituyó un tribunal
para considerar la dirección de la
cátedra en cuestión. Sabia de antemano
que presidiría el jurado el doctor Aldo
Ferrer, lo cual significaba un primer paso
en un preanunciado cambio de rumbo, debido
a lo cual cinco colegas, también titulares,
me sugirieron no presentarme al referido
concurso con la intención de
renovar mi designación. Sin embargo, lo
hice a sabiendas del resultado, como un
gesto de consideración a mis alumnos y ex
alumnos de aquella cátedra.
Tal como parecía anunciado, finalmente
me ubicaron en una posición respecto
de otros candidatos que aseguraba
mi eliminación, enmascarando el tránsito
de la mejor manera que les fue posible
hacerlo. De todos modos, en aquella ocasión
tuve el inmenso placer de articular
una larga exposición sobre distintos aspectos
técnicos que mi circunstancial audiencia
cautiva tuvo que escuchar pacientemente.
Pero lo relevante es que en no
pocas cátedras de esa Universidad se recomienda
el texto al que nos hemos referido
en estas breves líneas y algunos otros
de tenor equivalente. Estudiantes que no
han tenido la oportunidad de explorar
otras avenidas, egresan con una serie de
prejuicios y una manifiesta incapacidad
para analizar los fenómenos más destacados
de la economía mundial. En algunos
casos, cuando han tenido la posibilidad de
encarar estudios de posgrado en donde se
abren otros horizontes, los alumnos reiteradamente
expresan enorme gratitud, pero,
lamentablemente, el tiempo perdido
no se recupera.
Merced a los espacios de sociedad
abierta que aún perduran en la Argentina
contemporánea y que Aldo Ferrer tanto
combate, puede, con justificado derecho,
continuar pregonando sus recetas y sus
personales descripciones de diversos hechos
económicos. El futuro dirá si prevalecerá
la filosofía de los ingenieros sociales
o si la Argentina retornará a políticas
que convirtieron a ese país en uno de los
más admirados del orbe, consecuente con
los consejos alberdianos que se abandonaron
a partir de las maquinaciones fascistas
de los años treinta, que se acentuaron
grandemente a partir de la década siguiente,
todo lo cual es naturalmente ignorado
en la obra a que nos hemos referido
aquí escuetamente.