II. RESEÑAS
18.
Historia de las trabajadoras
españolas
Tomás Martínez Vara

El libro que se comenta lleva dos
presentaciones, una del presidente de la
Fundación Francisco Largo Caballero,
Antón Saracíbar, para quien la obra es un
homenaje a las mujeres que han hecho posible en España la igualdad de género, y la
otra de la Fundación BBVA. Está asimismo
prologado por el ministro de Trabajo y
Asuntos Sociales Jesús Caldera y tiene una
extensa introducción, que en realidad es un
buen resumen del libro, de Josefina Cuesta
Bustillo, catedrática de Historia Contemporánea
de la Universidad de Salamanca y
autoridad reconocida en el tema. Pero la
obra pretende ser además un homenaje
gráfico a la mujer trabajadora en general.
De ahí que la publicación se haya realizado
en formato típico de los libros de fotografía,
con gran cuidado en todos sus detalles.
Pese a la antigüedad de la mayoría de
las instantáneas reproducidas (se pueden ver
mujeres arando, recogiendo aceitunas, ordeñando,
trabajando en talleres y fábricas,
cosiendo, lavando o barriendo, impartiendo
clase), su calidad, sin embargo, es excelente.
La información que contienen muchas
de estas fotos es extraordinaria; sorprende
que el autor las utilice sólo a título ilustrativo
y estético.
Si lo dicho hasta ahora justifica, en no
pequeña medida, la resonancia alcanzada
por la obra (se ha presentado con éxito en
numerosos foros), también explica, en parte,
las virtudes, que no son pocas, y algunos
de sus problemas, que también existen. El
texto de L. A. Cabrera arranca en 1839,
fecha del primer daguerrotipo en España y
momento de colapso de los modos tradicionales
de vida; y concluye en 1983, año
en el que gobierno socialista instauró el
Instituto de la Mujer (Ley 16/83 de 24 de
octubre) como órgano encargado de velar
legalmente por la igualdad entre mujeres y
hombres. Durante ese siglo y medio que
transcurre entre ambas fechas se produjeron
la lucha de las mujeres por la igualdad
de sexos y la progresiva conquista de los
derechos fundamentales en todos los ámbitos
de la vida; con la democracia habría
acabado de madurar el fruto largamente
esperado: al fin las mujeres españolas, como
las inglesas, francesas o estadounidenses,
eran ya ciudadanas. Desde entonces, la
igualdad formal de género es un hecho
que nadie cuestiona; otra cosa muy distinta
es la realidad. El recorrido de esta "revolución
silenciosa", (la expresión es de A.G.
Posada), fue arduo y discontinuo; hubo momentos
de avance (I República), y hasta de
gran avance (II República), pero los hubo
también de enorme retroceso (franquismo).
La dinámica de este proceso constituye el
eje interpretativo de la cuidada exposición
de L. A. Cabrera. Resulta de gran utilidad
para el lector no familiarizado con la historiografía
la contextualización histórica
que el autor realiza en cada uno de los seis
capítulos de la obra.

La relación de dominación subyace,
claro está, a lo largo de todo el período, pero,
como construcción histórica que es, varía
según las diferentes coyunturas, adaptándose
–y contribuyendo ella misma– a las
alteraciones en las coordenadas sociales,
económicas o culturales de cada momento
concreto. Para comprender e interpretar correctamente
los cambios se necesitan tres
operaciones: detectar cuándo y por qué estos surgen, determinar los elementos que
intervienen en ellos y desentrañar sus interacciones.
Frente a este enfoque, que se puede
etiquetar como explicativo, el autor ha
optado, sin duda pensando en el público
general al que va destinada la obra, por
otro más descriptivo, donde, frente a la interpretación,
explicación y atribución de
causalidad, prima la generalidad, sin que
falten los tópicos heredados. Como lector,
me hubiera gustado que el autor, en algún
lugar de la obra, hubiera explicitado la metodología
aplicada y los criterios seguidos a
la hora de diferenciar etapas y seleccionar
los muchos textos historiográficos y de la
época que reproduce, pero que rara vez
comenta. Una mirada al largo trayecto ya
recorrido por la historia de las mujeres, aquí
y fuera, y a los diferentes debates mantenidos,
habría sido, igualmente, de gran ayuda
para el lector no avezado, siempre proclive
a interpretar las relaciones de desigualdad
según esquemas dicotómicos. Como ha recordado
M. Nash, estas visiones simplistas
oscurecen más que iluminan la complejidad
de problemas históricos tales como el
acceso al mercado laboral o la educación.
No es casual que sea precisamente en estos
dos campos donde los enfoques de género,
con sus fundadas críticas, más han contribuido
–y lo siguen haciendo– al avance del
conocimiento de las relaciones económicas
y sociales en los siglos XIX y XX. Gracias
a los cada vez más numerosos estudios
concretos, en los que sus autores (E. Camps, G. Núñez, P. Perez Fuentes,M.Arbaiza, C.
Borderías,M. Llonch, L. Gálvez y C. Sarasúa
entre otros) han podido cruzar fuentes
censales, patronales y otras de carácter local
y también cualitativo, ha ido aflorando
todo el empleo invisible, tan abundante
tanto en la época protoindustrial como en
la industrial. Hoy podemos asegurar con
toda certeza que en España la actividad femenina
fue mucho mayor de la registrada
en los recuentos estadísticos y censos oficiales
en todos los sectores y períodos, lo
que debería hacernos reflexionar sobre la
consistencia e idoneidad de muchos de los
cálculos (tasas de actividad y ocupación,
productividad comparada por sectores,
etc.) convencionalmente aceptados, y sobre
el riesgo que comporta trazar –o tomar
en préstamo, como hace el autor– modelos
explicativos generales para contextos cambiantes
tan complejos y diferenciados. En
todo caso, los datos nos advierten de una
progresiva incorporación de la mujer al
trabajo asalariado, si bien se desconoce aún
bajo qué niveles técnicos se contrató, en
qué tipos de oficio se ocuparon, con qué
cualificación accedieron y si hubo escaleras
promocionales.

Para la mayoría de las mujeres, la jornada
laboral era larga e intensa (hasta principios
del siglo XX no se abre paso una legislación
laboral con fuerte contenido de
género), pero la remuneración, en cambio,
fue baja y siempre inferior a la percibida por
hombre. ¿Por qué semejante diferencia?
Desde el enfoque de genero, la discriminación
tiene lugar fuera del mercado; no es
fruto de opciones personales, sino que nace
dentro de un contexto familiar marcado
por la interacción entre tradición y marco
institucional; a la mujer se la educa desde
niña con vistas a la actividad doméstica, lo
que origina una profunda desigualdad de
partida, resultando de ello prácticas laborales
discriminatorias que impedían cualquier
expectativa de promoción y mejora
salarial, al menos en situación de igualdad.
Los estudios de caso sobre la familia, la
educación o las trayectorias laborales en las
empresas confirman lo atinado de estos supuestos.
En cualquier caso, y para acabar, no hay
duda de que el trabajo es coherente con el
objetivo divulgativo que se propone. Pero,
en nuestra opinión, y siempre desde el
punto de vista historiográfico, sus méritos
no van mucho más allá, lo que no hubiera
sucedido de haber aprovechado la ya relevante
bibliografía existente. Sin duda, el
lector de la obra podrá disfrutar del extraordinario
repertorio de fotos que pocas
veces tendrá a su alcance. Sin embargo,
quizá no sea exagerado afirmar que ese es
el mayor acierto del libro.