I. DEBATES
4.
Capital espiritual y crecimiento.
Miguel Ángel Galindo Martín
EN EL ANÁLISIS DE LOS TEMAS económicos
en general, y del crecimiento económico
en particular, se han venido incorporando
distintos tipos de capital. Si en un
primer momento el capital físico era considerado
fundamental, incluyendo la discusión
de si el capital público podría ser tan
eficiente como el privado para alcanzar los
objetivos económicos, más tarde también
cobró importancia el capital humano, que
incluía básicamente los aspectos relacionados
con la formación de los individuos.Más
adelante, en tercer lugar, los economistas
incluyeron en sus estudios el concepto de
capital social, que había sido desarrollado
por los sociólogos, lo que supone aceptar el
hecho de que las relaciones humanas y las
instituciones tienen efectos sobre la actividad
económica y, en este caso, sobre el crecimiento
económico. La inclusión de este
nuevo factor abría la puerta a la incorporación
de los aspectos no cuantitativos en el
análisis del crecimiento, que, a pesar de tener
una cierta relevancia en las aportaciones
clásicas, no la tenía tanto en el análisis
económico moderno, debido sobre todo a
la escasez de datos estadísticos fiables para
este tipo de variables. Y mientras algunos
economistas relevantes, como es el caso de
Arrow y Solow, discuten la idoneidad de
incluir este tipo de capital en los análisis
económicos, ya que, desde su punto de vista,
no es fácil de cuantificar y en todo caso
podría incluirse dentro de una concepción
amplia del capital humano, surge con cierta
fuerza un nuevo tipo de capital, el denominado
espiritual, en el que, como su propio
nombre indica, se centra la atención en
la importancia que tiene la religión en la
actividad económica.
A pesar de que algunos autores clásicos,
como es el caso de Adam Smith, hacían
referencia al papel de la religión en
sus escritos, los economistas no prestaron
demasiada atención a esta variable hasta
finales del siglo pasado, ya que, desde su
punto de vista, poco tenía que aportar
respecto al comercio, a la formación de
los precios o a las decisiones de inversión.
Siguiendo a Zinbarg (2001) y a Goodchild
(2002), esta circunstancia surgiría
tras la asimilación, por parte de los estudiosos
de la economía, de las ideas de
Francis Bacon sobre el comportamiento
natural. Aquéllos se animaron a emplear
en sus análisis los métodos defendidos
por los estudiosos de la naturaleza, es decir,
básicamente estadísticas, y de forma
paulatina los mercados se fueron secularizando.
El debate surgido tras la aparición del libro
de Weber La Ética protestante y el espíritu del capitalismo supuso considerar a la religión
como un factor que podría explicar
el desarrollo económico de las sociedades.
Diversos trabajos se publicaron para corroborar
o criticar su tesis, pero, como ya se ha
dicho, no sería hasta finales del siglo pasado,
cuando los teóricos empezaron a incluir
la variable religión en sus modelos y estimaciones.
En términos generales, aparece una
abundante literatura en este campo, que
podríamos dividir en dos grandes grupos.
El primero de ellos trata de demostrar
que la tesis de Weber no es correcta y el
catolicismo también favorece el desarrollo
del capitalismo. El segundo señala que
dicha religión no rechaza el capitalismo,
sino que puede añadir una serie de valores
que permitan eliminar o reducir los
efectos derivados de los fallos que presenta
el capitalismo. Desde esta nueva
perspectiva, el desarrollo de los mercados sería positivo, o al menos neutral, y no negativo,
como defienden algunas teologías
que aparecieron a lo largo del siglo XX.
Unas lo criticaban porque los mercados
tenían éxito debido a que se basaban en
lo peor de la persona, en concreto, en la
avaricia; otras, como la de la Liberación,
insistían en la opresión que generan sobre
los pobres; finalmente, las de algunos jesuítas
que indican que no permiten el desarrollo
de la virtud. En este sentido, como
indica Long (2000), los economistas consideran
conveniente tener en cuenta la
teología, pero no se ponen de acuerdo sobre
qué principios hay que aplicar, ya que
están divididos respecto al modelo a seguir,
esto es, el liberalismo, el socialismo,
etcétera.

Precisamente, el libro que es objeto de
este comentario se suma a ese resurgimiento
por el interés del papel que tiene
la religión en la actividad económica, encuadrándose
en el segundo grupo de publicaciones.
Se han recogido las posturas
de dos cristianos, una protestante y el otro
católico, sobre el papel de la religión en la
economía, siendo el denominador común
en ambos casos los efectos derivados del
mercado. En términos generales, Blank,
que ha sido educada dentro del protestantismo,
señala que los mercados no son
ni buenos ni malos, sino ambas cosas, y
que la iglesia no debe estar ni a favor ni
en contra del mercado. Su función es la
de defender la vida. Sólo en el caso de
que el comportamiento del mercado no
concuerde con este interés, generando
miseria, desigualdades, etc., la iglesia debe
desarrollar actuaciones e instituciones
sociales que resuelvan el problema. Sin
embargo, éste se complica cuando no existe
una alternativa válida al mercado en
una sociedad compleja como la que vivimos,
y dicho mercado se fundamenta en la
actuación individual que busca su propio
interés, lo que está en contra de los principios
cristianos. En este ámbito es en el que
debe actuar la religión reduciendo los
efectos perniciosos del mercado que no
sean social o moralmente aceptables.
Ello da lugar a la necesidad de la intervención
del sector público que mantenga
al mercado dentro de los límites socialmente
deseables, de acuerdo con la ideología
cristiana, alcanzando lo que denomina
"economía virtuosa", esto es, aquella en
la que las normas de comportamiento individual
y las estructuras públicas y privadas
que rodean al mercado ayudan a los
más necesitados de acuerdo con el mandato
cristiano.
Por su parte, McGurn, educado en la
tradición católica, considera que los mercados
son morales, ya que crean las circunstancias
necesarias para que los individuos
actúen con libertad y alcancen la
suficiente dignidad y respeto. En este sentido,
sigue la idea defendida por Novak
(1993) de que existe una necesidad moral
de los mercados.
Teniendo en cuenta este hecho y aceptando
el planteamiento de Blank, según el
cual se debe atender las necesidades de los
pobres, McGurn afirma que el mayor peligro
para ellos es precisamente que no
existan mercados. Desde su punto de vista,
el capitalismo no supone la explotación
de los trabajadores, como se afirma en algunas
ocasiones, sino que, por el contrario,
permite a los individuos expresar y ex pansionar su creatividad, inteligencia y habilidades,
siendo compatible con las ideas
religiosas sobre expandir la bondad divina
sobre la Tierra. No resulta, por tanto, necesaria
la intervención pública, tal como
defiende Blank, ya que el propio mercado
tiene la capacidad de hacer frente a los
problemas que se presenten. A esta postura
habría que sumar la de Shenfield
(2004), según la cual la economía de mercado,
a pesar de ser capaz de adoptar diferentes
moralidades, en términos generales
siempre está a favor de la virtud. Ello se
debe básicamente a la existencia de un
marco legal en la sociedad. El socialismo,
por el contrario, como tendremos ocasión
de señalar más adelante, conduce a una
sociedad menos igualitaria que el capitalismo.
McGurn afirma que los teólogos y los
economistas se necesitan entre sí, como
también lo hace Long (2000), según dijimos
anteriormente. Los primeros deben
conocer cómo funciona realmente la economía
para que sus planteamientos en ese
campo puedan aceptarse, y los economistas
deben recordar que su actividad está
dedicada a favorecer los derechos humanos,
y no al contrario. Y, en este ámbito, el
sector público no resulta eficiente. Lo que
se necesita es que se forme el suficiente
capital para que pueda expansionarse la
actividad económica. No es cuestión de
crear ni de aportar dinero a través de ayudas
estatales o internacionales, lo importante
es emplearlo de una manera adecuada,
como la formación de capital, para
conseguir una adecuada actividad económica
que reduzca la pobreza. Y esto lo sabe
hacer mejor la actividad privada que la
pública.
Desde su punto de vista, el socialismo
no tiene éxito a la hora de alcanzar sus objetivos
debido, fundamentalmente, a su
concepción equivocada de la naturaleza
humana. En este sentido, más contundente
es la postura de David Marsland (2004)
que considera al socialismo como una postura
totalmente destructiva desde el punto
de vista moral y como una forma de gobierno
inherentemente inmoral, ya que
destruye el mercado y otras formas y medios
de expresión de la individualidad humana.
Pero en este debate conviene insistir en
el papel de la religión. En el caso de Blank,
ya lo hemos indicado, debe crear un entorno
crítico respecto a las injusticias derivadas
del capitalismo, en el que la iglesia
debe defender y enseñar los valores relacionados
tanto con los intereses comunitarios
como con los individuales y que no
pueden ser aportados por el mercado, que
busca su propio interés.
Por su parte, McGurn hace hincapié en
el papel que tiene la cultura, y dentro de
ella la religión es un elemento importante,
como una alternativa al gobierno a la hora
de mejorar la eficiencia de los mercados.
Desde su punto de vista, la cultura no sólo
es la que determina el ámbito en el que
debe operar el mercado y lo que no debe
hacer, sino que también establece el contexto
en el que opera, proporcionando las
instituciones y los valores sin los que el
mercado no podría subsistir.
En concreto, en este ámbito la religión
tiene mucho que hacer. Ya Tocqueville
afirmaba que era la "primera institución de
América", puesto que, desde su perspectiva,
frenaba los impulsos individualistas y
evitaba que imperase el egoísmo. Además,
es difícil que una determinada legislación
se imponga fácilmente en una sociedad en
la que no existe un cierto grado de cultura,
por lo que, desde su punto de vista, el
establecimiento de leyes por parte de un
gobierno, como defiende Blank, no sería
eficiente sin la existencia de dicha cultura.
En este sentido, McGurn alcanza la
misma conclusión que Landes (2000: 471),
quien señalaba que la cultura es "el factor
determinante por excelencia", pero, a diferencia
de McGurn, no contemplaba dentro
de ese entorno a la religión como elemento
esencial, sustituyéndolo por la transmisión
de conocimiento, ya que más que
aceptar dogmas hay que saber escuchar y
mirar.
Ahora bien, ya concedamos mucha o
poca importancia a la religión, lo cierto es
que tiene efectos sobre el comportamiento
humano, e indirectamente, a través de
éste, sobre la actividad económica. Lo
esencial del libro objeto de este comentario
es que existe interés en mostrar la posibilidad
de incluir los aspectos religiosos
en el análisis económico y que se ha dado
un vuelco a la concepción cristiana sobre
el mercado. Éste ya no es considerado como
algo inmoral cuyo desarrollo se fundamenta
en los aspectos peores de la naturaleza
humana, como es la avaricia. Por
el contrario, el mercado puede ser moral
o neutral en este campo, pero incluye
dentro de él ciertos valores que permite
el desarrollo de los individuos. Aceptados
estos aspectos, la polémica se centra en el
papel del sector público, siendo este libro
también un buen ejemplo de esa controversia.
Aceptar su papel significa hacer
hincapié en el hecho de que los individuos
actuamos basándonos sobre todo en
nuestro propio interés. Y los intentos de
tratar de limitar ese egoísmo y de buscar
una mejor distribución de los recursos
nos podría conducir a situaciones no deseables.
Y es aquí precisamente dónde tiene
gran importancia el debate: la generación
de una serie de valores sociales
dentro del mercado para que se gane eficiencia
sin la necesidad de una gran intervención
por parte del sector público.