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Foto del libro Is the Market Moral? de Rebecca M. Blank y William McGurn

I.   DEBATES

4.
Capital espiritual y crecimiento.

Miguel Ángel Galindo Martín

EN EL ANÁLISIS DE LOS TEMAS económicos en general, y del crecimiento económico en particular, se han venido incorporando distintos tipos de capital. Si en un primer momento el capital físico era considerado fundamental, incluyendo la discusión de si el capital público podría ser tan eficiente como el privado para alcanzar los objetivos económicos, más tarde también cobró importancia el capital humano, que incluía básicamente los aspectos relacionados con la formación de los individuos.Más adelante, en tercer lugar, los economistas incluyeron en sus estudios el concepto de capital social, que había sido desarrollado por los sociólogos, lo que supone aceptar el hecho de que las relaciones humanas y las instituciones tienen efectos sobre la actividad económica y, en este caso, sobre el crecimiento económico. La inclusión de este nuevo factor abría la puerta a la incorporación de los aspectos no cuantitativos en el análisis del crecimiento, que, a pesar de tener una cierta relevancia en las aportaciones clásicas, no la tenía tanto en el análisis económico moderno, debido sobre todo a la escasez de datos estadísticos fiables para este tipo de variables. Y mientras algunos economistas relevantes, como es el caso de Arrow y Solow, discuten la idoneidad de incluir este tipo de capital en los análisis económicos, ya que, desde su punto de vista, no es fácil de cuantificar y en todo caso podría incluirse dentro de una concepción amplia del capital humano, surge con cierta fuerza un nuevo tipo de capital, el denominado espiritual, en el que, como su propio nombre indica, se centra la atención en la importancia que tiene la religión en la actividad económica.

A pesar de que algunos autores clásicos, como es el caso de Adam Smith, hacían referencia al papel de la religión en sus escritos, los economistas no prestaron demasiada atención a esta variable hasta finales del siglo pasado, ya que, desde su punto de vista, poco tenía que aportar respecto al comercio, a la formación de los precios o a las decisiones de inversión. Siguiendo a Zinbarg (2001) y a Goodchild (2002), esta circunstancia surgiría tras la asimilación, por parte de los estudiosos de la economía, de las ideas de Francis Bacon sobre el comportamiento natural. Aquéllos se animaron a emplear en sus análisis los métodos defendidos por los estudiosos de la naturaleza, es decir, básicamente estadísticas, y de forma paulatina los mercados se fueron secularizando.

El debate surgido tras la aparición del libro de Weber La Ética protestante y el espíritu del capitalismo supuso considerar a la religión como un factor que podría explicar el desarrollo económico de las sociedades. Diversos trabajos se publicaron para corroborar o criticar su tesis, pero, como ya se ha dicho, no sería hasta finales del siglo pasado, cuando los teóricos empezaron a incluir la variable religión en sus modelos y estimaciones.

En términos generales, aparece una abundante literatura en este campo, que podríamos dividir en dos grandes grupos. El primero de ellos trata de demostrar que la tesis de Weber no es correcta y el catolicismo también favorece el desarrollo del capitalismo. El segundo señala que dicha religión no rechaza el capitalismo, sino que puede añadir una serie de valores que permitan eliminar o reducir los efectos derivados de los fallos que presenta el capitalismo. Desde esta nueva perspectiva, el desarrollo de los mercados sería positivo, o al menos neutral, y no negativo, como defienden algunas teologías que aparecieron a lo largo del siglo XX. Unas lo criticaban porque los mercados tenían éxito debido a que se basaban en lo peor de la persona, en concreto, en la avaricia; otras, como la de la Liberación, insistían en la opresión que generan sobre los pobres; finalmente, las de algunos jesuítas que indican que no permiten el desarrollo de la virtud. En este sentido, como indica Long (2000), los economistas consideran conveniente tener en cuenta la teología, pero no se ponen de acuerdo sobre qué principios hay que aplicar, ya que están divididos respecto al modelo a seguir, esto es, el liberalismo, el socialismo, etcétera.

Foto del cuadro La Adoración de los Magos, Peter Paul Rubens (1577-1640). Ofrecimiento de oro, mirra e incienso de los Reyes de Oriente al Niño Jesús

Precisamente, el libro que es objeto de este comentario se suma a ese resurgimiento por el interés del papel que tiene la religión en la actividad económica, encuadrándose en el segundo grupo de publicaciones. Se han recogido las posturas de dos cristianos, una protestante y el otro católico, sobre el papel de la religión en la economía, siendo el denominador común en ambos casos los efectos derivados del mercado. En términos generales, Blank, que ha sido educada dentro del protestantismo, señala que los mercados no son ni buenos ni malos, sino ambas cosas, y que la iglesia no debe estar ni a favor ni en contra del mercado. Su función es la de defender la vida. Sólo en el caso de que el comportamiento del mercado no concuerde con este interés, generando miseria, desigualdades, etc., la iglesia debe desarrollar actuaciones e instituciones sociales que resuelvan el problema. Sin embargo, éste se complica cuando no existe una alternativa válida al mercado en una sociedad compleja como la que vivimos, y dicho mercado se fundamenta en la actuación individual que busca su propio interés, lo que está en contra de los principios cristianos. En este ámbito es en el que debe actuar la religión reduciendo los efectos perniciosos del mercado que no sean social o moralmente aceptables.

Ello da lugar a la necesidad de la intervención del sector público que mantenga al mercado dentro de los límites socialmente deseables, de acuerdo con la ideología cristiana, alcanzando lo que denomina "economía virtuosa", esto es, aquella en la que las normas de comportamiento individual y las estructuras públicas y privadas que rodean al mercado ayudan a los más necesitados de acuerdo con el mandato cristiano.

Por su parte, McGurn, educado en la tradición católica, considera que los mercados son morales, ya que crean las circunstancias necesarias para que los individuos actúen con libertad y alcancen la suficiente dignidad y respeto. En este sentido, sigue la idea defendida por Novak (1993) de que existe una necesidad moral de los mercados.

Teniendo en cuenta este hecho y aceptando el planteamiento de Blank, según el cual se debe atender las necesidades de los pobres, McGurn afirma que el mayor peligro para ellos es precisamente que no existan mercados. Desde su punto de vista, el capitalismo no supone la explotación de los trabajadores, como se afirma en algunas ocasiones, sino que, por el contrario, permite a los individuos expresar y ex pansionar su creatividad, inteligencia y habilidades, siendo compatible con las ideas religiosas sobre expandir la bondad divina sobre la Tierra. No resulta, por tanto, necesaria la intervención pública, tal como defiende Blank, ya que el propio mercado tiene la capacidad de hacer frente a los problemas que se presenten. A esta postura habría que sumar la de Shenfield (2004), según la cual la economía de mercado, a pesar de ser capaz de adoptar diferentes moralidades, en términos generales siempre está a favor de la virtud. Ello se debe básicamente a la existencia de un marco legal en la sociedad. El socialismo, por el contrario, como tendremos ocasión de señalar más adelante, conduce a una sociedad menos igualitaria que el capitalismo.

McGurn afirma que los teólogos y los economistas se necesitan entre sí, como también lo hace Long (2000), según dijimos anteriormente. Los primeros deben conocer cómo funciona realmente la economía para que sus planteamientos en ese campo puedan aceptarse, y los economistas deben recordar que su actividad está dedicada a favorecer los derechos humanos, y no al contrario. Y, en este ámbito, el sector público no resulta eficiente. Lo que se necesita es que se forme el suficiente capital para que pueda expansionarse la actividad económica. No es cuestión de crear ni de aportar dinero a través de ayudas estatales o internacionales, lo importante es emplearlo de una manera adecuada, como la formación de capital, para conseguir una adecuada actividad económica que reduzca la pobreza. Y esto lo sabe hacer mejor la actividad privada que la pública.

Desde su punto de vista, el socialismo no tiene éxito a la hora de alcanzar sus objetivos debido, fundamentalmente, a su concepción equivocada de la naturaleza humana. En este sentido, más contundente es la postura de David Marsland (2004) que considera al socialismo como una postura totalmente destructiva desde el punto de vista moral y como una forma de gobierno inherentemente inmoral, ya que destruye el mercado y otras formas y medios de expresión de la individualidad humana.

Pero en este debate conviene insistir en el papel de la religión. En el caso de Blank, ya lo hemos indicado, debe crear un entorno crítico respecto a las injusticias derivadas del capitalismo, en el que la iglesia debe defender y enseñar los valores relacionados tanto con los intereses comunitarios como con los individuales y que no pueden ser aportados por el mercado, que busca su propio interés.

Por su parte, McGurn hace hincapié en el papel que tiene la cultura, y dentro de ella la religión es un elemento importante, como una alternativa al gobierno a la hora de mejorar la eficiencia de los mercados. Desde su punto de vista, la cultura no sólo es la que determina el ámbito en el que debe operar el mercado y lo que no debe hacer, sino que también establece el contexto en el que opera, proporcionando las instituciones y los valores sin los que el mercado no podría subsistir.

En concreto, en este ámbito la religión tiene mucho que hacer. Ya Tocqueville afirmaba que era la "primera institución de América", puesto que, desde su perspectiva, frenaba los impulsos individualistas y evitaba que imperase el egoísmo. Además, es difícil que una determinada legislación se imponga fácilmente en una sociedad en la que no existe un cierto grado de cultura, por lo que, desde su punto de vista, el establecimiento de leyes por parte de un gobierno, como defiende Blank, no sería eficiente sin la existencia de dicha cultura. En este sentido, McGurn alcanza la misma conclusión que Landes (2000: 471), quien señalaba que la cultura es "el factor determinante por excelencia", pero, a diferencia de McGurn, no contemplaba dentro de ese entorno a la religión como elemento esencial, sustituyéndolo por la transmisión de conocimiento, ya que más que aceptar dogmas hay que saber escuchar y mirar.

Ahora bien, ya concedamos mucha o poca importancia a la religión, lo cierto es que tiene efectos sobre el comportamiento humano, e indirectamente, a través de éste, sobre la actividad económica. Lo esencial del libro objeto de este comentario es que existe interés en mostrar la posibilidad de incluir los aspectos religiosos en el análisis económico y que se ha dado un vuelco a la concepción cristiana sobre el mercado. Éste ya no es considerado como algo inmoral cuyo desarrollo se fundamenta en los aspectos peores de la naturaleza humana, como es la avaricia. Por el contrario, el mercado puede ser moral o neutral en este campo, pero incluye dentro de él ciertos valores que permite el desarrollo de los individuos. Aceptados estos aspectos, la polémica se centra en el papel del sector público, siendo este libro también un buen ejemplo de esa controversia. Aceptar su papel significa hacer hincapié en el hecho de que los individuos actuamos basándonos sobre todo en nuestro propio interés. Y los intentos de tratar de limitar ese egoísmo y de buscar una mejor distribución de los recursos nos podría conducir a situaciones no deseables. Y es aquí precisamente dónde tiene gran importancia el debate: la generación de una serie de valores sociales dentro del mercado para que se gane eficiencia sin la necesidad de una gran intervención por parte del sector público.