V. UN MAESTRO
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UN LIBRO
22.
Velarde sobre Schumpeter:
Historia del
análisis económico.
Juan Velarde Fuertes
NOS RECUERDA FABIÁN ESTAPÉ, en una
nota en una edición reciente de la obra de
Schumpeter Diez economistas, que éste solía
decir que la ciencia económica es como un
autobús con plazas limitadas. Hasta el final
del trayecto, que es la gloria, tienen asiento
muy pocos. La mayor parte, unos antes
y otros después, han de apearse para que
suban otros. Todos estos grandes, gloriosos,
escasísimos, economistas tienen una obra
central. Recuerdo que en Fortune se dibujó
a los seis primeros, históricamente, de
entre ellos con su obra esencial en la mano.
Fuentes Quintana y yo lo reprodujimos
en nuestro libro para el bachillerato
Política Económica (Doncel, 1ª edición,
1959). Allí se encontraban Smith, con La
riqueza de las naciones; Ricardo, con los
Principios de Economía Política y tributación;
Malthus, con su Ensayo sobre la población;
Stuart Mill con sus Principios de Economía
Política; Marx con El capital y, finalmente,
Alfredo Marshall, con los Principios de
Economía. Medio siglo después, evidentemente
es necesario, por lo menos, ampliar
esta relación con otros dos colosos. Uno
es Keynes, y su obra central será para siempre la Teoría general de la ocupación, el
interés y el dinero. El otro es Schumpeter.
Aquí probablemente puede surgir alguna
controversia. Habrá quien prefiera Capitalismo,
socialismo y democracia; otros se
irán a la Teoría del desarrollo económico;
otros a su apasionante Business Cycles. Yo
considero que lo que debe llevar en la
mano, como obra representativa, porque
en ella también reúne la inmensa mayor
parte de sus otros puntos de vista, es esa
sinfonía incompleta de su Historia del análisis
económico.
Recuerdo que la compré recién casado,
por consejo de Fuentes Quintana, en 1956, en la edición de la Oxford University
Press de 1954. Literalmente me
fascinó. Estaba entonces preparando la cátedra
de Estructura Económica de la
Universidad de Barcelona. Para escapar,
por motivos obvios, de tentaciones empiristas
que a nada conducían, había yo trabajado
la edición inglesa, traducción de R.
Aris para George Allen and Unwin, en
1954, de la famosa e inicial obra schumpeteriana,
Epochen der Dogmen- and Methodengeschichte.
También había leído, en una excelente
traducción de Fabián Estapé de
1955, Diez grandes economistas: de Marx a
Keynes. La empleé muchísimo para mi
“Memoria sobre el concepto de la asignatura”.
Cuando se publicó la versión de
Manuel Sacristán en 1971, con la colaboración
de Narcís Serra y García Durán, siguiendo
un viejo consejo de mi maestro
Valentín Andrés Álvarez, abandoné el manoseado
ejemplar en inglés, porque así, como
éste me había dicho, me aprovechaba
de las externalidades del idioma propio,
siempre superiores a las de la versión original
si la traducción era digna, y ésta lo era.
Conservé después esa versión inglesa en
mi despacho de la Facultad de Economía,
en Somosaguas, que me servía de almacén
de libros y revistas que consultaba escasamente.
Allí estaba esta edición al lado de El
capital en la versión de Pedroso, para
Aguilar, con su roja encuadernación. Mikel
Buesa me aconsejó que, como no utilizaba
prácticamente ninguno de aquellos volúmenes,
debía cederlos a la Biblioteca de la
Facultad. Así lo hice. Haberme desprendido
de esos dos que acabo de citar confieso
que me ha dolido, porque mucho los había
empleado para mis anteriores trabajos.
Un día recibí una llamada telefónica de
Manuel Sacristán con cierta preocupación.
Alguien había criticado a la editorial su decisión
de que “competición” fuese análogo
a “competencia” y a “concurrencia”. Como
tenía el original inglés delante, comprobé
que la versión era buena y le envié a Sacristán
un dictamen mío muy favorable.
Quizá de algo habrá servido, porque en las
ediciones posteriores, y también en ésta de
ahora, no se ha cambiado nada en la versión
en español.
Algunas partes de este libro las he estudiado
siempre con especial fruición, entre
otras cosas porque Schumpeter, entre otras
muchas buenas cualidades, tenía la de escribir
muy bien. Solía decir las cosas con
profundidad y, mil veces, con galanura. Es
imposible mejorar aquella cita de la página
768 al referirse al socialismo de cátedra:
Los ‘socialistas de cátedra’ alemanes
cumplieron, sin duda, el ideal de los políticos
y logros progresistas, el ideal del
profesor que predica la reforma y denuncia
los intereses que se le oponen.
Lujo Brentano se dirigía a su clase como
quien lleva a cabo una asamblea política,
y la clase respondía con aplausos y protestas.
Adolf Wagner gritaba y pataleaba,
y lanzaba puñetazos contra opositores
imaginarios, por lo menos hasta que la letargia
de la edad le aplacó los ánimos.
Otros eran menos fogosos y eficaces, pero
no menos predicadores de intención.
Clases así no tienen por qué ser flojas en
cuanto a la instrucción técnica que imparten,
pero en general lo son...
Estudiantes en número creciente terminaban
la Universidad e ingresaban en
puestos de trabajo destinados a economistas
con una preparación realmente lamentable,
y algunos de los mejores abandonaron
la Universidad con repugnancia.
O, si se quiere, al estudiar el impacto
que queda sobre Ricardo y los ricardianos,
creo que dice mucho más que una simple
glosa de sus doctrinas, en las páginas 470-
471: “¿Qué decir de su aportación a la
economía científica? Creo que la más importante
fue, con mucho, el talento impagable
de jefe. Ricardo refrescó e irritó, sacudió
en cualquier caso. Los frutos de su
razonamiento intrigaron a todos los que no
vieron el mecanismo que he intentado caracterizar.
Su enseñanza se asentó en los
niveles sociales medios y superiores como
lo nuevo, comparado con lo cual todo lo
demás era inferior, viejo, ajado... La teoría
económica no es una reserva de recetas políticas,
sino una caja de herramientas analíticas,
por utilizar la feliz expresión de la señora
Joan Robinson... La construcción de
una máquina analítica como la descrita implicaba
que los varios elementos que componen
la economía general se hundirían en
una unidad sistemática que no había existido
hasta entonces. Entre los elementos
mismos no hay ninguno respecto del cual
se pueda atribuir con certeza a Ricardo
prioridad de publicación... Realmente,
creo que su originalidad subjetiva fue altísima...
Sin embargo, objetivamente todas
las ideas de los
Principles se encuentran
sueltas ya antes, de modo que no podemos
atribuir a Ricardo más que la síntesis efectiva”.
Por cierto, la pretensión de Torrens
de prioridad en relación con el teorema de
los costes comparativos, por errata se dice
que se cita en la nota 7, y en realidad es en
la 11, y eso en todas las ediciones en español.
No tiene mayor importancia; queda
para otra próxima edición.
Es necesario señalar –por supuesto que
también esto es subjetivo– algunas otras
maravillas. Para mi lo es la síntesis de la escuela
austriaca y alguna de sus derivaciones
de las páginas 806-811. Es refrescante
su crítica a Marshall (págs. 798-803). Los
españoles no podemos olvidar nunca, para
no caer en un patrioterismo carente de
sentido científico, aquello de la nota 23 de
la pág. 183: “El señor Larraz habla de una
escuela española –la ‘escuela de Salamanca’–
de economistas en el siglo XVI. Algo
justificado está el hablar así. Pero el núcleo
de esa escuela constaba de escolásticos tardíos,
varios de los más destacados españoles,
sin duda; y su enseñanza no tenía nada
de específicamente español; el resto de los
economistas españoles del siglo XVI no
formaron escuela, aunque la mayoría de
ellos fueran también clérigos”.
Schumpeter recuerda precisamente en
esta obra (pág. 812) aquello de Böhm-
Bawerk: “La ciencia progresa mediante la
muerte de los viejos profesores”. Eso es verdad
para la mayoría, pero unos pocos –esos
ocho que he citado al principio, muy especialmente,
y Schumpeter es uno de ellos–
no morirán afortunadamente nunca.
Esta edición está enriquecida, respecto
a la primera española, con dos aportaciones
de sendos profesores importantes: una
introducción muy oportuna de Aurelio
Martínez Estévez, y otra de imprescindible
lectura de ese schumpeteriano impagable
que es Fabián Estapé.