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V.   UN MAESTRO - UN LIBRO

Foto de Joseph A. Shumpeter. Su libro: Historia del análisis económico, publicado sobre la base del manuscrito por Elizabeth Boody Shumpeter, versión española de Manuel Sacristán con la colaboración de José A. García Durán y Narcís Serra, prólogo de Fabián Estapé.

22.
Velarde sobre Schumpeter: Historia del análisis económico.

Juan Velarde Fuertes

NOS RECUERDA FABIÁN ESTAPÉ, en una nota en una edición reciente de la obra de Schumpeter Diez economistas, que éste solía decir que la ciencia económica es como un autobús con plazas limitadas. Hasta el final del trayecto, que es la gloria, tienen asiento muy pocos. La mayor parte, unos antes y otros después, han de apearse para que suban otros. Todos estos grandes, gloriosos, escasísimos, economistas tienen una obra central. Recuerdo que en Fortune se dibujó a los seis primeros, históricamente, de entre ellos con su obra esencial en la mano. Fuentes Quintana y yo lo reprodujimos en nuestro libro para el bachillerato Política Económica (Doncel, 1ª edición, 1959). Allí se encontraban Smith, con La riqueza de las naciones; Ricardo, con los Principios de Economía Política y tributación; Malthus, con su Ensayo sobre la población; Stuart Mill con sus Principios de Economía Política; Marx con El capital y, finalmente, Alfredo Marshall, con los Principios de Economía. Medio siglo después, evidentemente es necesario, por lo menos, ampliar esta relación con otros dos colosos. Uno es Keynes, y su obra central será para siempre la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero. El otro es Schumpeter. Aquí probablemente puede surgir alguna controversia. Habrá quien prefiera Capitalismo, socialismo y democracia; otros se irán a la Teoría del desarrollo económico; otros a su apasionante Business Cycles. Yo considero que lo que debe llevar en la mano, como obra representativa, porque en ella también reúne la inmensa mayor parte de sus otros puntos de vista, es esa sinfonía incompleta de su Historia del análisis económico.

Recuerdo que la compré recién casado, por consejo de Fuentes Quintana, en 1956, en la edición de la Oxford University Press de 1954. Literalmente me fascinó. Estaba entonces preparando la cátedra de Estructura Económica de la Universidad de Barcelona. Para escapar, por motivos obvios, de tentaciones empiristas que a nada conducían, había yo trabajado la edición inglesa, traducción de R. Aris para George Allen and Unwin, en 1954, de la famosa e inicial obra schumpeteriana, Epochen der Dogmen- and Methodengeschichte. También había leído, en una excelente traducción de Fabián Estapé de 1955, Diez grandes economistas: de Marx a Keynes. La empleé muchísimo para mi “Memoria sobre el concepto de la asignatura”. Cuando se publicó la versión de Manuel Sacristán en 1971, con la colaboración de Narcís Serra y García Durán, siguiendo un viejo consejo de mi maestro Valentín Andrés Álvarez, abandoné el manoseado ejemplar en inglés, porque así, como éste me había dicho, me aprovechaba de las externalidades del idioma propio, siempre superiores a las de la versión original si la traducción era digna, y ésta lo era. Conservé después esa versión inglesa en mi despacho de la Facultad de Economía, en Somosaguas, que me servía de almacén de libros y revistas que consultaba escasamente. Allí estaba esta edición al lado de El capital en la versión de Pedroso, para Aguilar, con su roja encuadernación. Mikel Buesa me aconsejó que, como no utilizaba prácticamente ninguno de aquellos volúmenes, debía cederlos a la Biblioteca de la Facultad. Así lo hice. Haberme desprendido de esos dos que acabo de citar confieso que me ha dolido, porque mucho los había empleado para mis anteriores trabajos.

Un día recibí una llamada telefónica de Manuel Sacristán con cierta preocupación. Alguien había criticado a la editorial su decisión de que “competición” fuese análogo a “competencia” y a “concurrencia”. Como tenía el original inglés delante, comprobé que la versión era buena y le envié a Sacristán un dictamen mío muy favorable. Quizá de algo habrá servido, porque en las ediciones posteriores, y también en ésta de ahora, no se ha cambiado nada en la versión en español.

Algunas partes de este libro las he estudiado siempre con especial fruición, entre otras cosas porque Schumpeter, entre otras muchas buenas cualidades, tenía la de escribir muy bien. Solía decir las cosas con profundidad y, mil veces, con galanura. Es imposible mejorar aquella cita de la página 768 al referirse al socialismo de cátedra:

Los ‘socialistas de cátedra’ alemanes cumplieron, sin duda, el ideal de los políticos y logros progresistas, el ideal del profesor que predica la reforma y denuncia los intereses que se le oponen. Lujo Brentano se dirigía a su clase como quien lleva a cabo una asamblea política, y la clase respondía con aplausos y protestas. Adolf Wagner gritaba y pataleaba, y lanzaba puñetazos contra opositores imaginarios, por lo menos hasta que la letargia de la edad le aplacó los ánimos. Otros eran menos fogosos y eficaces, pero no menos predicadores de intención. Clases así no tienen por qué ser flojas en cuanto a la instrucción técnica que imparten, pero en general lo son... Estudiantes en número creciente terminaban la Universidad e ingresaban en puestos de trabajo destinados a economistas con una preparación realmente lamentable, y algunos de los mejores abandonaron la Universidad con repugnancia.

O, si se quiere, al estudiar el impacto que queda sobre Ricardo y los ricardianos, creo que dice mucho más que una simple glosa de sus doctrinas, en las páginas 470- 471: “¿Qué decir de su aportación a la economía científica? Creo que la más importante fue, con mucho, el talento impagable de jefe. Ricardo refrescó e irritó, sacudió en cualquier caso. Los frutos de su razonamiento intrigaron a todos los que no vieron el mecanismo que he intentado caracterizar. Su enseñanza se asentó en los niveles sociales medios y superiores como lo nuevo, comparado con lo cual todo lo demás era inferior, viejo, ajado... La teoría económica no es una reserva de recetas políticas, sino una caja de herramientas analíticas, por utilizar la feliz expresión de la señora Joan Robinson... La construcción de una máquina analítica como la descrita implicaba que los varios elementos que componen la economía general se hundirían en una unidad sistemática que no había existido hasta entonces. Entre los elementos mismos no hay ninguno respecto del cual se pueda atribuir con certeza a Ricardo prioridad de publicación... Realmente, creo que su originalidad subjetiva fue altísima... Sin embargo, objetivamente todas las ideas de los Principles se encuentran sueltas ya antes, de modo que no podemos atribuir a Ricardo más que la síntesis efectiva”. Por cierto, la pretensión de Torrens de prioridad en relación con el teorema de los costes comparativos, por errata se dice que se cita en la nota 7, y en realidad es en la 11, y eso en todas las ediciones en español. No tiene mayor importancia; queda para otra próxima edición.

Es necesario señalar –por supuesto que también esto es subjetivo– algunas otras maravillas. Para mi lo es la síntesis de la escuela austriaca y alguna de sus derivaciones de las páginas 806-811. Es refrescante su crítica a Marshall (págs. 798-803). Los españoles no podemos olvidar nunca, para no caer en un patrioterismo carente de sentido científico, aquello de la nota 23 de la pág. 183: “El señor Larraz habla de una escuela española –la ‘escuela de Salamanca’– de economistas en el siglo XVI. Algo justificado está el hablar así. Pero el núcleo de esa escuela constaba de escolásticos tardíos, varios de los más destacados españoles, sin duda; y su enseñanza no tenía nada de específicamente español; el resto de los economistas españoles del siglo XVI no formaron escuela, aunque la mayoría de ellos fueran también clérigos”.

Schumpeter recuerda precisamente en esta obra (pág. 812) aquello de Böhm- Bawerk: “La ciencia progresa mediante la muerte de los viejos profesores”. Eso es verdad para la mayoría, pero unos pocos –esos ocho que he citado al principio, muy especialmente, y Schumpeter es uno de ellos– no morirán afortunadamente nunca.

Esta edición está enriquecida, respecto a la primera española, con dos aportaciones de sendos profesores importantes: una introducción muy oportuna de Aurelio Martínez Estévez, y otra de imprescindible lectura de ese schumpeteriano impagable que es Fabián Estapé.