I. DEBATES
2.
Tópicos e inocencia sobre las migraciones internacionales.
Blanca Sánchez Alonso
LOS BUENOS TÓPICOS deben mezclar,
en sabia combinación, una realidad con una
obviedad. A ese noble principio corresponden
afirmaciones como "la inmigración es
un reto para la sociedad española", "España
ha pasado de ser un país de emigrantes a un
país de inmigración", "necesitamos una inmigración
ordenada y legal"o "los inmigrantes
vienen a realizar los trabajos que los españoles
no queremos". La imagen, también
tópica, de una sociedad abierta y tolerante
con los inmigrantes queda muchas veces
sepultada por realidades que esconden los
prejuicios de la sociedad española, como
por ejemplo la huida de colegios públicos
con un alto porcentaje de alumnos inmigrantes
o problemas de convivencia en determinadas
situaciones conflictivas. Como
en toda realidad social, existe un divorcio
evidente entre las percepciones sociales
que generan estos tópicos y el conocimiento
científico producido por los especialistas.
Los ciudadanos actúan racionalmente
cuando, en lugar de dedicar tiempo y esfuerzo
a leer y comprender los trabajos especializados,
forman sus opiniones a través
de los medios de comunicación y eligen a
sus políticos en la confianza de que estos sí
tienen la responsabilidad de actuar superando
los tópicos propios de un conocimiento
superficial. Sin embargo, políticos,
funcionarios, medios de comunicación, representantes
de los sindicatos o de las
ONG, entre otros, muestran una alarmante
candidez en su visión y análisis de los movimientos
migratorios. Es aquí donde la responsabilidad
de los especialistas es mayor.
Afortunadamente, ni las migraciones son
un fenómenos nuevo en la historia, ni
España es el único país que experimenta
una presión migratoria creciente, ni hay escasez
de trabajos serios y rigurosos sobre
casi todos los problemas que se plantean en
el análisis de las migraciones. Los trabajos
objeto del presente comentario cumplen a
la perfección este papel formativo y aunque
están dirigidos básicamente a un público
de economistas son, por su vocación de
síntesis, especialmente útiles para los no especialistas.
El libro de Alessandra Venturini
(2004) resulta de lectura obligada para
quien busque una presentación inteligente
y ordenada de los problemas que los
economistas se han planteado a la luz de la
experiencia migratoria de los países de la Europa del Sur en la segunda mitad del siglo
XX. El grueso del trabajo se centra en el
análisis de los temas clásicos en cualquier
estudio de la economía de las migraciones:
la decisión de emigrar, los efectos de la inmigración
en los países receptores y los efectos
de la emigración en los países de origen.
La gran virtud del trabajo de Venturini es la
combinación, en un mismo volumen, del
papel de las economías de los países de la
Europa del Sur en su doble vertiente: como
emigrantes durante el periodo 1950-1973
y como receptores de inmigrantes desde
mediados de la década de 1980.
Desgraciadamente, para la mayoría de
los economistas el largo plazo comienza en
1950. Si se amplía nuestro horizonte temporal
a los dos últimos siglos, lo sorprendente
del último boom migratorio de la década
de 1990 es que ha tenido lugar en un
contexto absolutamente hostil desde el
punto de vista de las políticas migratorias.
Asimismo, el hecho de que el fenómeno
tenga una dimensión verdaderamente global
ha llamado la atención a los especialistas
en economía internacional, que se han
unido a los tradicionales estudios de los
economistas laborales con una dimensión
ciertamente atractiva: la relación entre
movimientos internacionales de mano de
obra y la creciente integración y globalización
de capitales y comercio en la economía
mundial. Timothy J. Hatton y Jeffrey
G.Williamson (en prensa) integran esa dimensión
global de las migraciones en su
trabajo y se proponen el reto de demostrar
que las migraciones mundiales no se pueden
entender atendiendo sólo a la experiencia
de las últimas décadas. El presente
debe ser valorado y analizado en relación
con una historia migratoria que abarca los
dos últimos siglos. Su trabajo supera con
creces el desafío y, en opinión de quien esto
escribe, resulta un libro imprescindible
para economistas, historiadores y científicos
sociales interesados por las migraciones.
Todos aquellos que no leyeron su excelente
volumen sobre la emigración
histórica europea (Hatton y Williamson
1998) pueden ahora ponerse al día, pues
en el libro que nos ocupa se resumen y actualizan
sus principales argumentos sobre
la dimensión histórica de las migraciones.
El análisis de largo plazo muestra cómo
no hay nada nuevo en las migraciones internacionales
ni en sus variables explicativas
fundamentales ni en los motivos que
explican la decisión de emigrar. La gran
novedad de la segunda mitad del siglo XX,
y en concreto de las últimas décadas, es la
consolidación de políticas migratorias restrictivas
en todos los países avanzados. No
es de extrañar, por tanto, que el análisis de
las políticas migratorias haya centrado la
atención de los economistas en los últimos
años. El libro de Venturini incluye un capítulo
sobre políticas migratorias que debería
ser de lectura obligada para los políticos
(de todos los partidos) de la Europa del
Sur que en la última década han desarrollado
una actividad legislativa y reglamentista
frenética. Las regularizaciones extraordinarias
(seis en España, cinco en Italia,
tres en Portugal y dos en Grecia desde mediados
de los años 80) se han convertido
además en una especialidad de la Europa
del Sur. Los economistas han mostrado cómo
la reiteración de amnistías de ilegales o
regularizaciones extraordinarias contribuye
a generar entre los inmigrantes la expectativa
racional de que habrá más, y aumenta
exponencialmente "el valor de la
espera". No se trata del "efecto llamada"
(desgraciada expresión que, lamentablemente,
ha hecho fortuna entre nuestros
políticos) pues los efectos multiplicadores
de la inmigración son muchos y no es, precisamente,
la legislación migratoria el más
relevante.

Entre otros, los trabajos que aquí
se comentan hacen hincapié en uno de los
mecanismos más evidentes de generación
de inmigrantes ilegales a corto y medio plazo
y que está presente en prácticamente
todas las legislaciones migratorias: la reunificación
familiar. Tanto la experiencia británica
desde 1970 como lo sucedido en los
últimos años en los Estados Unidos ponen
de manifiesto cómo la política de reunificación
familiar es el cabo suelto de todas
las políticas migratorias restrictivas: no sólo
tiene un efecto dinámico al aumentar el
stock de inmigrantes residentes, que son la
más poderosa fuerza de atracción, información
y retroalimentación de las corrientes
migratorias futuras, sino que es frecuente
que los miembros de la familia que
se unen legalmente al ya residente terminen
trabajando ilegalmente para contribuir a la
economía familiar.Más novedosa resulta la
hipótesis, planteada en diversos trabajos
recogidos en Hatton y Williamson (en
prensa), de que, dada una serie de variables
constantes que generan la demanda de
emigración desde los países pobres, es la
propia política migratoria de los países receptores
la que, de forma endógena, crea
inmigrantes ilegales.Así, la inmigración ilegal
en los Estados Unidos es el resultado de
tres medidas políticas que se pusieron en
marcha en las décadas de 1960 y 1970: 1)
el fin del programa de braceros mexicanos
en 1964 y el establecimiento de unos límites de visados anuales que penalizaban
fuertemente a los mexicanos; 2) las sanciones
modestas a los empresarios que contrataban
ilegales y, sobre todo, la falta de
medios para hacerlas cumplir, y 3) la oferta
de amnistías ilegales que alienta la entrada
clandestina a la espera de que el proceso se
repita. Una de las lecciones que se extraen
de la lectura de estos trabajos es la conveniencia
de asumir que es nuestra propia legislación
migratoria (y la de todos los países
de la OCDE) la que crea gran parte de
la emigración ilegal. Especialmente provocadora
es la idea de que todos los países de
la OCDE son conscientes de que aceptan
(y van a seguir aceptando en el futuro) inmigrantes
no deseados; el problema debe
replantearse de manera realista: cuál es el
nivel de ilegales con el que las sociedades
avanzadas están dispuestas a convivir y qué
es lo que los poderes públicos pueden hacer
para compensar a los más perjudicados
por esa existencia de ilegales. En ese sentido,
para aquellos lectores con prisa es muy
recomendable la lectura del trabajo más
breve de Williamson (2004).
Con todo, no es la política migratoria ni
la existencia de ilegales el terreno en el que
se van a plantear los desafíos futuros para
los países avanzados. Como sostienen
Hatton y Williamson (en prensa), el verdadero
reto lo constituyen los inmigrantes legales,
que, por ejemplo en el caso de
España, son cuatro veces más numerosos
que los ilegales. Es, por tanto, un problema
cuatro veces más importante.
En todos los países avanzados han aumentado
en la última década las actitudes
contrarias a la inmigración, y las últimas encuestas
(por ejemplo el Internacional Social Survey llevado a cabo en 24 países en 1995
o los eurobarómetros más recientes) muestran
un porcentaje creciente de ciudadanos
que consideran excesivo y preocupante el
número de inmigrantes que ya reside en el
país de destino.
El imperialismo de la economía sobre
otras disciplinas ha producido trabajos excelentes
que, desde el punto de vista de la
economía política, integran variables sociales,
culturales, de comportamiento político
y electoral que explican la percepción social
de la inmigración. La creciente actitud
hostil hacia los inmigrantes que reflejan las
encuestas de los países avanzados responde
a tres tipos de preocupaciones básicas:
efectos de los inmigrantes sobre el mercado
de trabajo (empleo y salarios), uso (y
abuso) por parte de los inmigrantes de
bienes y servicios propios del Estado del
bienestar lo que supone una carga fiscal
para la sociedad que además recae con más
fuerza en los trabajadores nacionales por
su mayor nivel de renta y, por ultimo, preocupaciones
centradas en la convivencia social
y la homogeneidad cultural que llevan
al rechazo de inmigrantes, en ocasiones
con tintes racistas. A priori, las preocupaciones
de las ciudadanos parecen estar en
franca contradicción con lo que los académicos
sabemos sobre la inmigración: sus
efectos sobre el mercado de trabajo (competencia
en el empleo y caída de salarios)
y sobre el Estado del bienestar son pequeños
y, sobre todo, tienden a diluirse en el
largo plazo a medida que los inmigrantes
se asimilan a la sociedad receptora, alcanzan
sus niveles medios de renta y adoptan
sus patrones de comportamiento social y
demográfico. La discusión pública se centra
en muchas ocasiones en insistir en lo
erróneo de esas percepciones populares
que, se dice, parten de la ignorancia de la
mayoría de los ciudadanos acerca de lo que
economistas, sociólogos, demógrafos e historiadores
saben acerca de las migraciones.
Sin embargo, la contradicción entre las
percepciones sociales y el acervo de conocimiento
científico acerca de los efectos de
la inmigración es más aparente que real.
Por ejemplo, el que los inmigrantes tengan
efectos pequeños en la reducción de los salarios
reales de los trabajadores de las sociedades
de acogida no significa que la caída
en los salarios no exista: pequeño no es
igual que cero. De la misma manera, no
tiene la misma visión de los inmigrantes un
trabajador altamente cualificado que un
trabajador no especializado, ni el que vive
en un barrio con alta concentración de inmigrantes.
Así pues, lo que la teoría económica
predice y las actitudes y opiniones sociales
sobre la inmigración no resulta tan
contradictorio, y a ello dedican Hatton y
Williamson la última parte de su nuevo libro.
Desde Heckscher-Ohlin a Robert
Mundell, pasando por el modelo de Roy
de selección positiva o negativa de emigrantes,
o Stolper-Samuelson, la teoria económica
predice bastante bien quienes son
los beneficiados y quienes los perjudicados
en las sociedades receptoras por la creciente
llegada de inmigrantes, y en este sentido
se pueden trazar interesante paralelismos
entre los efectos de la inmigración y los de
una mayor liberalización del comercio.
Plantear el debate en términos de "ganadores"
y "perdedores" puede parecer simplista,
pero induce, sin duda, a la reflexión, especialmente
cuando el análisis académico
insiste en que el reto de las sociedades
avanzadas en el futuro es cómo compensar
a los "perdedores". Las variables culturales
y los prejuicios sociales también encuentran
su engarce en los modelos económicos.
Es de sobra conocido que las actitudes
intolerantes y racistas tienden a aumentar
cuando el ciclo económico es recesivo. La
experiencia de los trabajadores extranjeros
en Alemania a partir de 1973, recogida en
el libro de Venturini, es un buen ejemplo.
No es que la sociedad receptora se vuelva
repentinamente intolerante y hostil a los
extranjeros, sino que la percepción social
cambia cuando se deterioran las condiciones
económicas. El lector pensará que termino
este comentario con una obviedad,
pero en ocasiones éstas son necesarias para
terminar con la candidez de muchas creencias.
Tal y como enseña la lectura de los
trabajos aquí comentados, son muchos los
ejemplos de otros países a lo largo de la historia,
y muchos (y muy buenos) los trabajos
realizados sobre migraciones internacionales
como para que nos dejemos sorprender
en el futuro.