II. RESEÑAS
13.
¿Existe la libertad
de elección?.
José Miguel Sánchez Molinero
AUNQUE LA ECONOMÍA es, básicamente,
"lo que hacen los economistas", es probable
que la mayoría de la profesión esté de
acuerdo en lo siguiente: la teoría de la decisión
constituye el "núcleo duro" del análisis
económico. Naturalmente, hablar de las decisiones
humanas es hablar de la libertad:
no hay teoría de la decisión si no nos tomamos
en serio la idea de que, realmente, somos
"agentes libres". Pero ¿qué significa ser
libre? ¿Existe la libertad de elección?
Muchos economistas podrían pensar
que estas cuestiones están más o menos resueltas;
que sabemos todo lo que hay que
saber sobre la libertad humana, y que un
debate en torno a este tema tendría que
ser necesariamente un debate esotérico, interesante
tal vez para los filósofos, que suelen
tener mucho tiempo para estas cosas,
pero no para los economistas. Desde luego,
el típico economista cuyos intereses se
centran en cuestiones tales como el efecto
de una subida del salario mínimo sobre la
tasa de empleo de los jóvenes, la relación
entre el saldo de la balanza de pagos y la
inflación o los efectos de la subida del precio
del petróleo sobre la tasa de crecimiento
de la economía, no tiene por qué desvivirse
meditando sobre el significado de la
libertad.
Pero ya se sabe que la economía moderna
se caracteriza por su imperialismo. En
las últimas décadas hemos asistido a una
auténtica proliferación de estudios relacionados
con cuestiones tales como el significado
del altruismo, el origen –y los límites–
de la cooperación entre los seres humanos,
la influencia de los valores en el funcionamiento
de la sociedad, etc.Aunque se trata
de una temática muy variada, todos estos
estudios tienen algo en común: un nexo
muy claro con la teoría de la evolución. Y
es de suponer que la gente que se preocupa
por este tipo de cosas no puede ignorar
por completo el tema de la libertad. En realidad,
cualquiera que esté dispuesto a reflexionar
un poco sobre la cuestión se puede dar cuenta de que existe un auténtico abismo
entre la idea de "libertad de elección",
tan querida por los economistas, y los argumentos
evolutivos más o menos estandarizados;
y no me estoy refiriendo aquí a cualquier
tipo de argumento que pudiera
llamarse "evolutivo", sino a los argumentos
basados en el darwinismo "fundamentalista".
Cualquier persona que sea consciente
de este problema estará sin duda interesada
en el libro de Daniel Dennett.
Para el darwinismo "fundamentalista" la
especie humana es una especie animal como
otra cualquiera. El animal humano,
como cualquier otro, es concebido como
una organización de genes que se asocian
para garantizarse mutuamente la supervivencia.
Estas "organizaciones" constituyen
entidades estables, ya que los genes no
pueden sobrevivir por sí solos. Se podría
decir –metafóricamente hablando– que
ningún gen tiene incentivos para romper
las reglas de la asociación, a la vista de las
conductas de los demás genes. La conducta
del gen es "localmente óptima", pero no
es óptima en un sentido absoluto: si, por
alguna razón, las circunstancias cambiaran
y algunos genes dejaran de atenerse a las
reglas de la asociación –por ejemplo, si el
organismo se viese invadido por células
mutantes–, la conducta óptima para cada
gen podría cambiar y el organismo podría
llegar a desintegrarse, que es lo que ocurre
cuando uno se muere.
De acuerdo con este enfoque, la mente
humana no es más que un ordenador sumamente
complejo: un ordenador dotado
de una infinidad de programas, cada uno
de los cuales desarrolla una rutina que sirve
para dar una respuesta estandarizada a
una clase particular de estímulos provenientes
del mundo exterior. El cerebro humano
dispone de un programa que le permite
efectuar una primera selección entre
la infinidad de señales que le llegan de fuera,
y luego utiliza distintos programas para
procesar estas señales y articular las respuestas
a ellas. Cuando las señales del exterior
cambian, el cerebro simplemente
cambia de programa; es decir, sustituye un
"yo" por otro. Todo esto son procesos biológicos
en los que no se puede decir que el
sujeto decida nada. En realidad, no hay
ningún sujeto. El "yo" como tal no existe;
solamente existe una colección de "yoes".
Y el cerebro selecciona uno u otro de
acuerdo con unas reglas biológicas estrictamente
predeterminadas.
Uno tiende a pensar –seguramente condicionado
por una tradición que ve el alma humana como el centro de todas nuestras
decisiones– que si es verdad que nuestras
mentes funcionan de esa manera, no tiene
ningún sentido hablar de libertad ni, por
supuesto, de responsabilidad moral. Y, desde
luego, en tales circunstancias, uno preferiría
no tener que oír sermones sobre la
igualdad, la justicia y todas esas "grandes
causas" a las tan aficionados suelen ser los
sujetos bienpensantes.
El punto de vista expresado en el párrafo
anterior no sería, tal vez, recomendable
para alguien que quisiera estar a tono
con las modas filosóficas y con las opiniones
dominantes en los círculos académicos
actuales. Por supuesto, en estos círculos, la
creencia en un alma espiritual, sujeto de la
libertad humana, no es más que una superstición.
Por eso, cualquier persona bienpensante
debería leer el libro de Dennett.
La tesis básica de Freedom Evolves es que ni
la libertad de decisión ni la responsabilidad
moral están reñidas con el determinismo
genético-ambiental.
La clave de esta tesis está en el concepto
de libertad: para Dennett la libertad no
es más que la ausencia de coacción. Un perro
"elige libremente" entre dos montones
de comida después de haberlos olisqueado.
Exactamente lo mismo que yo "elijo libremente"
si voy a gastarme cien euros en
unas entradas para un espectáculo o voy a
destinar esa cantidad a una causa benéfica.
En ninguno de estos casos existe coacción.
Y, con respecto a la responsabilidad moral,
Dennett diría que somos responsables de
lo que hacemos en la medida en que somos
conscientes de nuestros propios deseos
y de que actuamos según nuestros deseos.
Para Dennett, la responsabilidad
moral no tiene nada que ver con el mecanismo
causal –biológico– que supuestamente
determina todos nuestros deseos y
todas nuestras acciones.
Si uno está dispuesto a aceptar todo esto,
puede dejarse llevar tranquilamente por
Dennett en su brillante análisis de la "evolución
de la libertad". Este análisis explora
cómo la selección natural va generando seres
cada vez más complejos y más "libres".
El proceso empieza con la aparición de las
células eucariotas –Dennett habla de la
"revolución eucariótica"– y pasa por los seres
unicelulares y los multicelulares, hasta
llegar a los seres humanos y, por último, a
los "memes", que son las unidades más elementales
de la cultura humana. Se supone
que estos "memes" son ideas, imágenes,
emociones, etc. –es decir, creaciones del cerebro
humano– dotadas de una gran fuerza, en el sentido de que "se agarran" a
nuestros cerebros como si fueran virus y
"se reproducen" cuando pasan de un cerebro
a otro a través del lenguaje –cualquier
tipo de lenguaje. Se supone también que
los "memes" desarrollan una vida propia y
acaban convirtiéndose en sujetos de un
nuevo proceso de selección natural. De este
modo, la evolución de la cultura –de los
"memes"– y nuestra propia evolución como
seres vivos devienen procesos interdependientes;
con lo cual la evolución de la
libertad humana queda ligada a la evolución
de la cultura.
Dennett es tal vez la figura más representativa
entre los llamados "compatibilistas",
es decir, los seguidores de la corriente
filosófica que defiende la compatibilidad
entre la libertad de elección y el determinismo
genético-ambiental. Pero no ignora
por completo los argumentos de los "incompatibilistas".
De hecho, Dennett dedica
una crítica muy detallada a la obra de
Robert Kane (The Significance of Free Will,
1996), al parecer el único "incompatibilista"
digno de ser tenido en cuenta. En dicha
obra, Kane relaciona la libertad humana con
el "indeterminismo cuántico" de la mente.
Aun a riesgo de caer en una simplificación
excesiva, yo resumiría el punto de vista
de Kane en los términos siguientes: la
mente humana decide "libremente" en la
medida en que la programación del cerebro
contiene elementos de azar. En otras
palabras, para Kane, el cerebro no está programado
de tal modo que en cada momento
tenga que ir en una dirección específica.
Se supone que en algunas ocasiones
los programas cerebrales se quedan sin saber
qué hacer y entonces interviene el azar
¿Quiere esto decir que "el azar" es el verdadero
sujeto de las decisiones "libres"?
Si realmente fuera así –si el azar fuera
el responsable último de las decisiones supuestamente
libres–, yo diría adiós al concepto
de libertad, y no me preocuparía
demasiado de las diferencias entre "incompatibilistas"
y "compatibilistas". Naturalmente,
también diría adiós al concepto de responsabilidad
moral y a la idea de que nosotros
los humanos podemos influir con nuestras
voluntades sobre el mundo que nos rodea;
y no me importaría mucho que el mundo
fuese "determinista" o "indeterminista" –según
se reconozca o no se reconozca que el
azar puede desempeñar un papel activo en
la historia del universo.
Si yo estuviera de
acuerdo con las ideas básicas de Dennett,
me olvidaría de sus disquisiciones sobre el
determinismo y la causalidad –las discusiones sobre el lenguaje pueden resultar
tremendamente aburridas– y afirmaría tajantemente
que no somos más que autómatas,
aunque a veces soñemos que somos
otra cosa.
El problema, a mi modo de ver, de una
concepción de la libertad como la de
Dennett está en el rechazo que parece producir
la mera idea de una realidad mental
distinta del cuerpo físico. Me refiero naturalmente
al alma, que es lo que nos permite
rebelarnos contra los dictados de nuestros
genes y del medio ambiente. Desde
luego, la idea del alma no es muy popular
hoy día en los círculos académicos respetables.
Pero sigue siendo la hipótesis más razonable
–yo diría que la única razonable–
para alguien que quiera seguir pensando
que la moral tiene algún sentido. Una persona
que acepte las tesis de Dennett tendría
que admitir –a menos que su programación
genética le impida hacerlo– que las
peroratas sobre la justicia, la igualdad, el
deber que todos tenemos de defender el
medio ambiente, etc., no son más que un
montón de palabras sin sentido; o tal vez
una forma sutil de manipulación.