I. DEBATES
1.
Lecturas de Adam Smith desde la izquierda.
Victoriano Martín Martín
A LA LUZ DE LA INFLACIÓN de monografías
aparecidas los últimos años sobre la
obra de Adam Smith parece especialmente
cierta la proposición de Gordon Tullock
que asegura que "una de las más inmutables
de las inmutables leyes económicas es
que toda sentencia en la Riqueza de las Naciones con el tiempo se convertirá en un libro"
(Streissler, 2004: 479).
La abundancia de monografías pone de
manifiesto ante todo la importancia y el
interés por el economista más importante
de la historia, y cuando digo economista
ello no implica que Adam Smith no deba
ser considerado también como filósofo
moral. Todo esto invita a realizar una lectura
detenida de lo que realmente escribió
Adam Smith, así como a asegurarse del contexto
en que lo hizo. Sería saludable también
para la buena memoria del padre de
nuestra disciplina renunciar a interpretaciones
de lo que él quiso decir, porque,
afortunada o desafortunadamente, a estas
alturas sólo podemos conocer lo que nos
dejó escrito. La exégesis y la hermenéutica
se adaptan mejor a los textos sagrados. La
mejor muestra de las convicciones de los
autores del pasado la encontramos en sus
escritos, y el respeto y la piedad por los
muertos aconseja no violentarlos, no vaya
ser que se revuelvan en sus tumbas y sus
almas comiencen a vagar errantes en busca
de un nuevo lugar en la historia. Ello viene
a cuento porque en los últimos años han
aparecido una serie de obras, de gran rigor
académico todas ellas, que invitan a una
revisión de las interpretaciones que los comentaristas
convencionales nos han ofrecido
de Adam Smtih1. Sin duda, el libro que
ha causado mayor revulsivo ha sido el de
Emma Rothschild (2001). Este provocador
libro está lleno de sugerencias y decididamente
nos invita a una nueva lectura
de Adam Smith, y tal vez uno de sus méritos
importantes haya sido rescatar al padre
de la Economía Política de algunos estereotipos
al uso, y buena prueba de ello es
el debate que ha provocado y que sigue
abierto después de cuatro años de su publicación2.
Tiene razón Emma Rothschild al poner de manifiesto que Adam Smith no
es un doctrinario defensor del laissez-faire,
ya que el propio Adam Smith reconoce
que los resultados de procesos espontáneos
no son siempre socialmente beneficiosos.
Pero esto no excluye que no existan algunos
aspectos controvertidos en Economic Sentiments. La interpretación de la mano invisible
no parece que sea la más adecuada,
la idea de orden sin propósito y la ley de las
consecuencias no queridas sin duda parecen
fundamentales en el pensamiento de
Adam Smith. Hay otro aspecto igualmente
controvertido. No se entiende el modelo
smithiano si no se contempla la importancia
que él daba a la organización social y a
las instituciones para asegurar el crecimiento
económico. Es cierto que critica con dureza
a la sociedad y al gobierno de su época
a la luz de las funciones que encomienda
al Estado, acordes con su "sistema de libertad
natural". Su crítica a las regulaciones,
reliquias del feudalismo, y a la intervención
pública asestan un duro golpe a la política
mercantilista. Adam Smith rechaza
todo aquello que constituye una "violación
del sistema de libertad natural y de la justicia".
Sería conveniente leer despacio la
obra de Adam Smith y repasar el artículo
de J. Viner, "Adam Smith and laissez-faire".
Dicho esto, en efecto, el conjunto del
sistema comercial de Gran Bretaña es objeto
de un violento ataque en la Riqueza de las Naciones. Pero no es menos cierto que
no es éste el objeto de la obra. Y nos parece
más arriesgado todavía intentar fundamentarlo
en un texto en que Adam Smith
se queja de los problemas que le había acarreado
la oración fúnebre que pronunció
con motivo de la muerte de su amigo David
Hume:
"una simple, y como yo pensaba inofensiva
hoja de papel, que escribí con motivo
de la muerte de nuestro antiguo amigo
David Hume, me acarreó diez veces más
problemas que los violentos ataques
que había realizado al conjunto del sistema
comercial de Gran Bretaña3."
Pero también entre nosotros tiene lugar
alguna interpretación controvertida
de las explicaciones de Adam Smith. Mi
buen amigo Vicente Llombart, al referirse
al "Mercado de granos, libre comercio y
economía política en la Europa del siglo
XVIII", afirma, citando a Adam Smith, que
"una libertad ilimitada en materia de exportación
puede ser muy peligrosa" (Llombart,
1992: 163), cuando en realidad lo
que dice Adam Smith es que:
" la total libertad de exportación sería mucho
menos peligrosa en grandes estados
en los que el producto es mucho mayor,
y la oferta, por tanto, no se ve muy afectada
por cualquier cantidad de grano
que se exporte4 (Smith 1976: 535)."
Seguramente que la traducción ha jugado
una mala pasada, convirtiendo una situación
excepcional referida a países pequeños
en una norma de carácter general.
A continuación vamos a realizar algunos
comentarios sobre las obras objeto de
este trabajo. Comenzaremos por la obra de
James E. Alvey5, que comienza afirmando
que Adam Smith presenta dos concepciones
opuestas en sus obras fundamentales, la Theory of Moral Sentiments (TMS) y An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (WN). Alvey responsabiliza parcialmente
a Adam Smith de las interpretaciones
profundamente diferentes del contenido
de su obra. Nuestro autor, apoyándose
en la teoría de los cuatro estadios, presente
en la obra de Adam Smith, que como es sabido
explica que "las sociedades experimentan
un desarrollo a través de estadios
sucesivos que se basan en diferentes modos
de subsistencia" (Meek, 1981: 6), se interesa
por la evolución de las afirmaciones de
Adam Smith sobre la sociedad comercial, la
etapa cuarta y más avanzada de una economía.
Una hipótesis muy arriesgada, que expone
al principio, recorre toda la obra del
Alvey, esto es, que "en la obra de Adam
Smith existe una teleología inmanente y
una teleología histórica que puede ser descubierta
tanto en los fines dados por la
naturaleza como en los medios para satisfacerlos".
Coloca las interpretaciones divergentes
de la concepción de la sociedad de
Adam Smith "en dos amplias categorías:
optimismo y pesimismo". En el caso optimista,
Smith "arguye que existe teleología
tanto en la construcción de la constitución
humana como en la historia humana". La
sociedad comercial, en su versión de libre
comercio, proporciona las condiciones en
que pueden ser satisfechos los fines de la
naturaleza. Se trataría de una sociedad comercial,
resultado del proceso teleológico
que propiciaría una humanidad floreciente,
esto es, "el mejor régimen o telos humano
(…); este régimen es inevitable y, una vez
establecido, permanente: éste es el telos (fin)
de la historia". En el caso pesimista, dice
Alvey que Smith muestra, en mucha menor
extensión, las grandes diferencias de todas
las sociedades comerciales conocidas y
concebibles, y concluye que está claro que
la sociedad comercial no puede propiciar la
humanidad floreciente: "no es el telos humano
(…) Es más, Smith indica que la sociedad
comercial ni es inevitable, ni permanente:
no es el telos de la historia". Según
Alvey, en esta versión Smith parece ser un
pesimista sobre la naturaleza de la sociedad
comercial (Alvey, 2003: 1-2).
Una vez que Alvey nos presenta sus hipótesis,
procede a la organización de los
materiales pertinentes de las obras de
Adam Smith, que le proporcionan la evidencia
necesaria para probarlas. La primera
parte, que consta de tres capítulos, intenta
aportar la evidencia para probar el
optimismo smithiano, apoyado por la existencia
de teleología, mientras que los dos
capítulos de la segunda parte constituyen
un esfuerzo por probar lo contrario, el pesimismo
de Adam Smith, que se manifiesta
en su desconfianza en la sociedad comercial
y en la negación de la teleología;
en la tercera parte Alvey intenta dar una
explicación de las discrepancias y contradicciones
de las dos anteriores, así como
una síntesis parcial. Alvey intenta reforzar
sus hipótesis echando mano de fuentes secundarias
entre los comentaristas de Adam
Smith, pero el resultado es más bien pobre
y Alvey no tiene más remedio que valerse
de pasajes específicos al margen del contenido
general de la obra de Smith. El resultado,
como cabía esperar, no es sorprendente
y Alvey nos lo presenta tímidamente,
incluso para el Smith pesimista, pues no
duda en afirmar que "la mayoría necesita
prosperidad y seguridad. La seguridad es el
requisito mínimo. Dado que la sociedad
comercial de libre comercio proporciona
esto mejor que cualquier otra sociedad,
aunque no sea simplemente el mejor régimen, es
el mejor régimen asequible (…) Smith recomienda
la sociedad comercial a pesar de
sus defectos, porque, 1) sus beneficios sobrepasan
a los costes; 2) algunas de sus
desventajas pueden ser mitigadas por el
gobierno, y 3) es mejor que las alternativas" (Alvey, 2003: 294).
Desafortunadamente, para llegar a esta
conclusión es dudoso que se necesitaran
tantas páginas. Es más dudoso todavía que
el razonamiento de Adam Smith se ajuste
al esquema teleológico, entendiendo teleología
como explicación de los fines de las
cosas.
La sociedad comercial avanzada, la
sociedad comercial de libre comercio, no
constituye ningún telos humano, la finalidad
del hombre es mejorar la propia condición
en orden a alcanzar la felicidad, y
parece que la sociedad comercial avanzada
es el mejor marco para conseguirlo.
Parece como si se pasara por alto, al
analizar los diferentes estadios del desarrollo
de los pueblos, la importancia de la organización
social y las instituciones para el
progreso económico, preocupación que no
solamente aparece en WN, sino también
en la TMS.

Tal vez uno de los primeros problemas
de esta obra aparece en el subtítulo A New Problem Concerning the Teleological Basis of Commercial Society. Como señala Monika
Streissler, es posible que Alvey no esté muy
"seguro de lo que estos términos significan"
(Streissler 2004: 480).
Cuando expone el concepto
de teleología y de telos de la
historia al referirse a la causa
final, no queda claro el significado
del término tal y como
lo acuñó C. Wolff en
su obra Philosophia rationalis sive logica (1728) III,
§ 85. Wolff empleaba el
término teleología para
designar la parte de la
filosofía natural que
explica los fines de las
cosas, a diferencia de
la parte de la filosofía
natural que se ocupa
de las causas de las
cosas (Ferrater Mora,
1979). No son
indiferentes las explicaciones
causales y finales.Traducido al
problema que nos ocupa, la finalidad sería
la prosperidad económica, y el medio para
conseguirla sería un marco institucional
adecuado definido por un buen gobierno y
unas buenas leyes. El fin del hombre es alcanzar
la felicidad y la prosperidad y parece
que la mejor forma, el medio más adecuado
para conseguirlo es la sociedad
comercial avanzada.
Finalmente, la mano invisible en Adam
Smith tiene más que ver con la denominada
ley de las consecuencias no queridas
que con la concepción providencialista de
la historia a la que parece apuntar Alvey.
En definitiva, un libro demasiado enrevesado
que arroja poca luz para el entendimiento
de la obra del que sigue siendo, a
pesar de tirios y troyanos, el mejor economista
de todos los tiempos.
Por su parte, el libro de Samuel Fleischacker
intenta colocar a Adam Smith en el
sitio que le corresponde en la historia intelectual
de la economía política después de
"dos siglos de tergiversación (…) especialmente
por los economistas" (Fleischacker,
2004: 84). Intenta rescatarle del círculo de
los radicales doctrinarios del laissez-faire,
una buena intención, aunque tengo mis
dudas acerca de que Adam Smith se sienta
muy a gusto en las nuevas habitaciones,
lejos de su amigo David Hume y de sus
seguidores de la Escuela Clásica de Economía
Política. Tal vez el impulso, resultado
de sacarlo de la derecha, le ha colocado
demasiado lejos a la izquierda. Intenta
también poner de manifiesto las convicciones
del filósofo moral que subyacen a muchas
de las proposiciones de WN.
Samuel Fleischacker es profesor asociado
de Filosofía en la Universidad de Illinois,
Chicago, y su libro es el libro de un filósofo
que intenta "proporcionar una guía para
las muchas cuestiones filosóficas que informan
WN o surgen de sus conclusiones",
y lo hace, como él mismo reconoce, a la
manera de los filósofos.
De la lectura del índice se deduce su
enfoque filosófico. El autor lo ha dividido
en cinco partes y un epílogo, en total doce
capítulos. La primera parte, que consta de
tres capítulos, está dedicada a la metodología;
la segunda, que consta de otros tres capítulos,
se dedica a la naturaleza humana;
la tercera, de un solo capítulo, trata de fundamentos
de economía; la cuarta parte, con
tres capítulos, estudia la justicia; la quinta
parte, con un solo capítulo, tiene por objeto
la política; el epílogo sintetiza las enseñanzas
que nos puede proporcionar AdamSmith en la actualidad. El libro contiene
también extensas notas al final, y un índice
de materias y obras citadas, aunque éstas al
principio. El libro es de gran interés para
todos aquellos que, además de interesados
en la economía, lo estamos también en filosofía
moral y filosofía política de forma
integrada. El autor conoce muy bien el libro
de Emma Rothschild y en él apoya con
frecuencia sus razonamientos.
En las partes primera y segunda se ocupa
de gran cantidad de temas abordados en
la obra de Adam Smith: aspectos tales como
el estilo y las estrategias retóricas, la
epistemología y la filosofía de la ciencia, la
utilización de la evidencia empírica, el papel
de Dios y las explicaciones teológicas
en los escritos de Smith, el interés propio y
la importancia del espectador imparcial,
las mínimas diferencias innatas entre la
gente y la importancia de la educación infantil
en la formación del carácter.
La tercera parte estudia la teoría de los
precios relativos, la distinción entre trabajo
productivo e improductivo, y tal vez la
parte más interesante esté en la discusión
sobre la mano invisible. Parece que queda
descartada la interpretación providencialista,
y en parte se apoya en la argumentación
de Emma Rothschild. Más controvertidas
son las partes cuarta y quinta y el
epílogo, en que aparecen aquellas cuestiones
de carácter más normativo que tienen
que ver con lo que conocemos en la actualidad
como estado de bienestar: la preocupación
moral por los pobres, la educación,
la distribución, etcétera.
Pero volvamos sobre algunas de las
cuestiones más controvertidas. Fleischacker
parte del supuesto de que Adam Smith, antes
que científico social, es un filósofo, pero
que aún no se ha estudiado la relación de
sus escritos filosóficos con su tratado de
economía. En WN no se menciona a TMS.
Piensa nuestro autor que la aparente ausencia
de preocupaciones morales en WN "ha desconcertado
a muchos de sus comentaristas,
…llevando a la gente, equivocadamente, a
suponer que Smith deja de lado sus creencias
morales al escribir WN". Pues bien,
Fleischacker se propone "ayudar a corregir
esta suposición" (Fleischacker, 2004: xv).
Nuestro autor reconoce que "La Riqueza presenta un análisis a gran escala de cómo
funcionan las economías en general,
aceptado como bueno a lo largo del tiempo
y utilizado como libro de texto de análisis
económico por muchas generaciones"
(Fleischacker, 2004: 15). Lo que no aparece
claro es si se entiende el carácter eminentemente
deductivo de la obra de Adam
Smith, que trata de fortalecerse con gran
cantidad de material empírico a base de
ejemplos y contraejemplos.Y dudo que en
el libro de Fleischacker quede claro que las
críticas que Smith realiza al sistema comercial
se hagan a la luz de sus análisis teóricos,
porque lo que sí queda claro es su duda
acerca de si "las polémicas de Adam Smith
son la consecuencia lógica de sus compromisos
teóricos o construye las teorías para
adecuarlas a la polémica" (Fleischacker, 2004:
18). Sí reconoce que la preocupación fundamental
de Smith es la producción, y que
la atención a la distribución surgió después
de su muerte; no obstante afirma que las
concepciones generales del economista escocés
han sido utilizadas, tanto desde la
derecha como desde la izquierda, para
apoyar los programas de distribución de
los gobiernos, aunque esto requiere "una
extrapolación de lo que dijo Adam Smith"
(Fleischacker, 2004: 19). Fleischacker intenta
igualmente resaltar que "Adam Smith
tiene una profunda creencia en la igualdad
humana, lo que tiene importantes implicaciones
tanto para su filosofía moral como
para su economía política; y que Smith jugó
un papel muy diferente del que se le
atribuye en la historia de la justicia distributiva"
(Fleischacker, 2004: xv). Defiende
que muchas proposiciones de WN no son
moralmente neutras, sino que presuponen
que los agentes son capaces de adaptar su
comportamiento a normas de equidad, generosidad,
humanidad y justicia.
Finalmente, Fleischacker reconoce que
los economistas tendemos a argüir con
Adam Smith sobre problemas de hecho, pero
denuncia, y denuncia especialmente a
los economistas, cuando afirma que "pretender
que Smith confirma la idea de que el
propio interés gobierna todas las relaciones
humanas es rigurosamente una mala lectura
de WN. Permítaseme para terminar un breve
comentario al respecto. Cuando los economistas
nos referimos al interés propio
como elemento explicativo fundamental
del comportamiento humano, no estamos
suponiendo que en el corazón humano no
aniden otros sentimientos tan nobles como
la simpatía, la compasión, la capacidad de
ponernos en el lugar del otro, como muy
bien nos enseñó Adam Smith. Lo que
queremos decir es que los individuos responden
a incentivos, y que la estructura
de incentivos condicionada por el marco
institucional determina la evolución de la
economía. Y el marco institucional incluye
el poder coercitivo del estado sancionador
de los excesos del propio interés. El homo oeconomicus no es incompatible con el homo moralis.
1 Por solo citar algunas, veánse Patricia H. WERHANE (1991); Spencer J. PACK (1991); especialmente el libro de Emma ROTHSCHILD (2001); además de los dos libros objeto de este comentario.
2 Ver The European Journal of the History of Economic Thought, vol. 11, no 1, Primavera 2004.
3 Véase Emma ROTHSCHILD, 2001: 241 y Adam SMITH, 1977: 251
4 Adam SMITH dice textualmente: "The unlimited freedom of exportation, however, would be much less dangerous in great stats, in which the growth being much greater, the supply could seldom by much affected by any quantity of corn that was likely to be exported" (WN, IV, v.b, 39).
5 Véase la excelente crítica de Monika Streissler (2004)